A base de esfuerzo y trabajo duro, la fotógrafa arousana ha conseguido cerrar su año de mayor éxito profesional y consolidarse como un referente en las imágenes de bebés; este 2026 da un salto y abrirá su nuevo estudio
03 jun 2026 . Actualizado a las 20:53 h.Elena es de la generación de la pandemia, de los que se vieron empujados a tomar decisiones drásticas para poder vivir de lo que uno quiere. Fue allá por el no tan lejano 2021 cuando la vilanovesa cogió impulso y saltó al vacío: el de arriesgarlo todo por su sueño, el de la fotografía. «Yo creo que tuve suerte en el sentido de que tengo una red familiar que me apoyó y me animó siempre», comenta Elena, que solo tiene palabras de agradecimiento para su círculo y en especial para su pareja, quien más la comprende, escucha y guía.
Fue así como Elena Reigosa Fotografía echó a andar y poco a poco se ha ido consolidando como un referente en la fotografía de recién nacidos, aunque también son de sobra conocidas sus sesiones de maternidad. Para llegar a este punto, la joven ha trabajado muy duro, constándole en muchas ocasiones su propia salud: «He vivido momentos de todo tipo; desde querer tirar la toalla porque no da lo suficiente hasta este último año, que para mí ha sido especial , porque creo que me he consolidado dentro del sector», explica.
Para prueba, su nueva aventura profesional, porque Elena está a punto de abrir su nuevo estudio en Vilanova. Hasta ahora, realizaba las sesiones en su vivienda, que tenía adaptada para atender a sus clientes: «Es un salto de calidad porque el bajo es enorme y me permitirá pasar de un decorado a, por lo menos, cinco», explicaba la joven, que cree que «el local estaba esperando por mí, o eso me dicen», bromea.
Lo crea o no, las casualidades sí existen. La oportunidad llamó a su puerta cuando menos se lo esperaba, con un espacio en avenida Juan Carlos I que parece adaptado como anillo al dedo. Elena abrirá en un archiconocido espacio comercial de Vilanova, que hace unos quince años que está sin actividad y en el que antes había un supermercado: «Van a tener que pasar varias generaciones antes de que la gente lo conozca como «el bajo de Elena», para todos sigue siendo «el de la portuguesa», por el origen de la antigua dueña», bromea la fotógrafa, que está encantada con que así sea y cree que será hasta parte de la esencia de su proyecto.
Las sesiones
Lo cierto es que Elena es la madrina espontánea de una nueva generación de bebés, y está presente en uno de los momentos de mayor intimidad para los padres: durante los 15 primeros días de vida de esos niños. «La gente no lo sabe, pero necesitamos hacer muchos cursos en compañía de matronas y profesionales, que nos enseñan a tratar a los bebés con delicadeza, para poder colocarlos correctamente y que el proceso sea seguro», explica.
La base de las sesiones es, sin duda, la confianza: «Es algo que intento dejar claro antes de las sesiones; las familias tienen que confiar en mí y en mi trabajo, y todo irá bien», explica. De todas las tareas, esta debe de ser la más sencilla, porque la fotógrafa transmite una serenidad y un amor por lo que hace que es difícil no dejarse llevar por su amabilidad y naturalidad. Las sesiones suelen durar sobre una hora, aunque Elena pide paciencia a las familias porque con un bebé tan pequeño nunca se sabe: «Tiene algo de impredecible porque a veces rompen a llorar y hay que calmarlos, o tienen hambre y tenemos que parar», explica.
El trato y contacto con sus clientes es lo más gratificante de su proyecto. «A veces me toca hacer una sesión con excompañeros de instituto y pienso, ¿cómo es posible que pase el tiempo tan rápido?», bromea. Sus sesiones se caracterizan por un remarcado estilo natural, en tonos neutros, cuidando al máximo los detalles: «Creo que es un estilo que me define y que quien viene a mi estudio es porque también le gusta», explica. Elena no está sola, desde hace un tiempo cuenta con el apoyo de Antia, otra joven fotógrafa a la que conoció estudiando y que hoy se ha convertido en pilar fundamental de su proyecto.
Capturar el inicio de la vida es, en esencia, un acto de rebeldía contra el olvido. Un ejercicio de memoria, en el que Elena actúa como una guardiana del legado familiar, creando recuerdos para ser revisados y disfrutados al calor de la sobremesa.