El día en el que las personas de buena voluntad cumplieron el mandato del juez Pando

R. E. VILAGARCÍA / LA VOZ

AROUSA

Martina Miser

Luis Pando fue asesinado en diciembre de 1936; ayer, en los juzgados de Vilagarcía se descubrió una placa que recupera su memoria y su valioso ejemplo

19 abr 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Seis días antes de ser fusilado, el juez Luis Pando escribía una carta de despedida a su familia. No debió de ser un texto fácil de escribir; seguro que no fue un texto fácil de leer para quienes lo recibieron. Y casi noventa años después, sigue siendo un texto que se agarra a la garganta de quien lo pronuncia en voz alta. Advertía el juez en aquellas «dos letras» que las horas de su vida estaban ya limitadas, que afrontaba el momento de la muerte con la «conciencia tranquila y el corazón valiente» y apuntaba: «No es esta la hora de juzgar; dejo al tiempo y a los hombres de buena voluntad para que en su día sepan honrar mi memoria». Ese día parece haber llegado. Este sábado, 18 de abril de 2026, en el edificio judicial de Vilagarcía se destapó una placa en memoria de un servidor de la Justicia, de un hombre que no cometió más delito que haber metido mano a los desmanes de la Falange antes del alzamiento de julio de 1936, y de haberse mantenido fiel, después, a la democracia y a la República, presentando ante las autoridades golpistas la renuncia a su cargo. Su crimen, se dijo ayer, «fue servir a la justicia, a la ciudadanía y a la ley».

No se imaginaba el juez lo que el destino le deparaba. Fue rápidamente detenido, rápidamente juzgado y rápidamente condenado. Y su condena se ejecutó, también, rápidamente. «O que fixeron con Luis Pando foi un aviso a navegantes. Se iso lle pasaba a un xuíz, un sindicalista do porto podía imaxinar o que lle podía pasar a el», dijo ayer el alcalde Alberto Varela, durante un acto de homenaje organizado por Iniciativa Cidadá pola Memoria Histórica y por O Faiado da Memoria, las dos entidades que han impulsado este reconocimiento a la figura del juez.

Es verdad que no fue este el primer homenaje realizado a un hombre calificado como una brújula moral: hace tiempo Vilagarcía lo nombró hijo adoptivo y bautizó una calle con su nombre. Pero recuperar su espacio en la casa de la Justicia y la Ley tenía algo de simbólico cuando hablamos de un hombre que se aferró a esos dos conceptos, dispuesto a defenderlos hasta las últimas consecuencias. Ante personajes de esa talla, siempre surge la pregunta de qué haríamos nosotros si nos enfrentásemos a ese mismo trance. ¿Seríamos capaces de estar a la altura de nuestros principios?. Ojalá nadie, nunca, tenga que volver a contestar a esa pregunta con la muerte. Pero es un deseo vano. Más vano, todavía, si dejamos que la desmemoria campe a sus anchas, que la verdad muera ahogada por el silencio, que la neblina del tiempo coloque en el mismo plano a las víctimas y a sus verdugos.

Dolores Delgado, fiscal de sala de Derechos Humanos y Memoria Democrática, habló de ello en Vilagarcía. El recuerdo de personas como Pando, dijo, «nos debe de proyectar al futuro». Porque es ese recuerdo el que «puede conseguir que no se repitan esos horribles crímenes contra la humanidad». Ante un público lleno de familiares del juez, pero también de profesionales del mundo de la judicatura y la ley, Delgado manifestó su convencimiento de que «el mejor homenaje que desde justicia podemos ofrecer al juez Pando, es que nuestro trabajo sirva para algo. Que tenga resultados». Que el mejor recuerdo, más allá de actos simbólicos como el de ayer, debe brotar «en cada acción de la justicia». Recordó la fiscala, que también fue Ministra de Justicia, que esta «se utilizó como una herramienta de represión» y que ahora le toca ser un «elemento sanador», un arma de democracia que ayude a todas las víctimas que han «luchado solas, recordado solas, mantenido viva la memoria en soledad». Ahora, señaló, hay herramientas legales para librar esa batalla y toca hacerlo. Por las familias de los represaliados, pero también «por todos nosotros, que también necesitamos verdad, justicia, reparación... Y necesitamos recordar».

De esa búsqueda de la verdad habló también Baltasar Garzón. Preside Garzón la Comisión sobre violaciones de los derechos humanos durante la Guerra y la Dictadura. Un nombre que le disgusta porque parece un circunloquio. Como si siguiese costándonos, aún, mirar a nuestra historia a los ojos, afrontar los tremendos daños ocasionados y empezar así, por fin, a curar. Garzón, que siente cierto placer porque en la calle la comisión haya sido rebautizada como «de la verdad», apuntaba ayer que «la memoria no tiene que ver con la ideología. Los derechos humanos van en nuestro ADN. Si no peleamos por ellos, perderemos nuestra humanidad», señaló.

Así que no queda otra más que pelear, pelear para sacar a la luz todo lo que aún permanece en el ángulo oscuro, silencioso y cubierto de polvo. Hacerlo, recuperar historias, figuras, nombres, es fundamental para conseguir deshacernos, como pueblo, de «ese lastre que todavía nos acompaña respecto a esa época tan oscura de la guerra, de la dictadura, que algunos tratan de blanquear». Esa reivindicación de la verdad que realizan entidades como la Iniciativa Cidadá pola Memoria Histórica o O Faiado da Memoria, dijo Garzón, son vitales. Y es vital que el aparato judicial responda poniendo en orden el pasado, colocando la vergüenza del lado de los verdugos, no de las víctimas. «Si no lo hacemos, estaremos siendo cómplices del olvido, y esa es la peor tradición que le podemos hacer a las víctimas», dijo Garzón.

El acto, en el que habló por toda la familia uno de los nietos de Luis Pando, finalizó con una grabación de una canción que los presos de San Simón solían cantar en una isla en la que, ni el miedo, ni la muerte, pudieron quebrar la fe en la libertad.