Diez años de luz y refugio para las mujeres de la comarca de O Salnés

Sara Dorado CAMBADOS / LA VOZ

AROUSA

La asociación la forman una treintena de mujeres que se implican de manera altruista
La asociación la forman una treintena de mujeres que se implican de manera altruista Mónica Irago

La asociación Esmar asesora, escucha y acompaña a víctimas de violencia de género

08 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

No son expertas, ni abogadas, ni psicólogas. Sin embargo, la huella que han dejado en O Salnés es profunda. Lo hacen por vocación de servicio. Son mujeres normales y corrientes, que miden su felicidad ayudando a las víctimas de violencia de género a salir del infierno: «Cuando una mujer logra romper con una relación de violencia, o encuentra un trabajo y huye de casa… es una satisfacción personal que contamos como una victoria», explica Rosana Padín, miembro de la directiva y superviviente.

La asociación Esmar Violencia Cero lleva diez años velando por las mujeres de O Salnés. En su local de reunión, estrenado hace apenas un año en el polígono de Sete Pías, se reúnen la treintena de socias para organizar el calendario. Son activas y persistentes; siempre están llamando a puertas, como ellas mismas dicen. Organizan actividades, como la andaina que se celebra hoy en Cambados con la que recaudarán fondos para seguir ayudando. Pero su compromiso va más allá y tiene una importancia vital: «Cuando una mujer acude a nosotras lo primero que le preguntamos es ‘¿qué necesitas?’», explica Soledad Cores, presidenta y veterana.

A veces solo quieren hablar, desahogarse sin sentirse juzgadas; otras buscan consejo legal, por eso colaboran con abogados que las acompañan, y otras veces necesitan recursos económicos: «Hay mujeres que dan el paso tras cuarenta años casadas y, al irse de casa, no tienen nada», apuntan.

El crimen de Moraña

La asociación echó a andar hace una década: «Ojalá no hubiese sido necesario…», lamenta su presidenta. Pero lo fue y lo sigue siendo. «La idea fue de María del Carmen Torres, me lo planteó y no me lo pensé, siempre he sido de ayudar a la gente. Buscamos a cuatro o cinco mujeres más y así empezó todo», explica Sole. Tienen claro cuál fue el choque de realidad que las empujó a actuar: «Fue el crimen de Moraña; marcó un antes y un después para nosotras». Un suceso de violencia vicaria, una clase de agresión que hoy ven en alza: «Tenemos muchos casos en donde los padres usan a los hijos para aterrorizar a las madres. Es matarte en vida», explica Rosana, que lo ha vivido en carne propia.

No hay un perfil de víctima porque «nadie está libre» de sufrirla. Atienden a jóvenes y mayores, casadas y solteras. También a algún hombre, aunque en menor medida: «Si a una mujer le cuesta dar el paso de contarlo, imagínate a ellos con la presión social», explican. ¿Y cómo son los agresores? Gente común y corriente que te cruzas por la calle: «No tiene nada que ver con procedencia, no es una cuestión de raza; es una cuestión de machismo», señalan.

Tampoco hay una respuesta a la pregunta cómo empieza, o a cómo lo detecto: «No es siempre un golpe directo. A veces pienso: ojalá me hubiese dado una bofetada al principio y a lo mejor no hubiese soportado años de otros tipos de maltrato», explica Rosana, quien añade que cuando estás atrapada no piensas ni reflexionas, «no existes».

El apoyo de la familia se convierte en algo fundamental, aunque para ellas también es difícil aceptar lo que está pasando: «Se le quita hierro al asunto; sigue dando vergüenza que alguien de tu entorno sea definido como víctima», explican. Por eso, la escucha es un pilar fundamental en Esmar, porque muchas mujeres van a buscar a alguien con quien hablar: «Ante la familia te justificas por miedo al juicio… nosotras no juzgamos, solo escuchamos, y así es más fácil que se abran», dicen.

Hay quien acude una vez y no vuelve. Quien se queda a ayudar. También quien abandona y regresa cuando lo necesita. Porque el camino que siguen las víctimas no es lineal. A veces dan el paso y denuncian, luego se arrepienten y la retiran: «Vuelven a casa pensando que todo cambió y a los meses ven que sigue igual… si te levanta la mano una vez, lo hará más veces», advierten desde Esmar. Hay que ser muy fuerte mentalmente, tanto víctimas como acompañantes. Pasa factura: «Si fuiste víctima, es revivir episodios de tu historia una y otra vez», explica Padín. Si no la sufriste, el agotamiento mental es constante: «Inviertes tiempo, dinero y salud. Te implicas», dice Sole. La recompensa, no tiene precio.

Ellas han formado una red de apoyo que casi es una familia: «Quedamos para tomar café, para hacer actividades; hicimos un corto, una exposición fotográfica…», ríen Sole y Rosana, demostrando que, de la oscuridad, puede salir luz y que merece la pena seguir luchando por una sociedad mejor.