Anecdotario de las «festas» de O Salnés

José Ramón Alonso de la Torre
J.R. Alonso de la Torre REDACCIÓN / LA VOZ

AROUSA

MARTINA MISER

La normalidad consiste en volver a comer pulpo, callos y almejas en los festejos sabrosos del calendario

12 jul 2021 . Actualizado a las 11:51 h.

Estos días se celebra en Meis la Festa dos Callos. Es un paso más hacia la normalidad y la normalidad en esta comarca, ya se sabe, son las fiestas gastronómicas. Ya sean del mejillón o del longueirón, de la almeja o de la navaja, de la tortilla, el tinto, la empanada o el pulpo. Si hay fiesta gastronómica es señal de que todo está en su sitio y si no, malo.

Cada fiesta tiene su historia y si no, se inventa. La de los callos de Meis tiene su origen, como contaba Rosa Estévez este jueves en La Voz, «en los tratantes de ganado y sus clientes, que durante el siglo pasado tenían en esta pequeña localidad de O Salnés el centro de su mundo. En O Mosteiro se celebró, durante muchísimos años, uno de los mercados de ganado más importantes de la provincia. Después de una intensa mañana, los ganaderos se desplazaban a los bares que había en el entorno de la plaza y comían, con apetito insaciable, los callos que allí les servían. Cuando el mercado inició su declive, los callos fueron la excusa perfecta para reunirse con los amigos. Y de aquellos encuentros acabó surgiendo una fiesta capaz de desafiar la lógica estival».

La verdad es que las fiestas gastronómicas desafían la lógica estival y todas las lógicas. Para empezar, no hay pueblo, aldea ni parroquia sin festejo dedicado a un producto o a un plato. Como casi todas las recetas y materias primas están escogidas, hay que buscarse la vida y encontrar un plato sin «dueño».

Fue precisamente en San Salvador de Meis donde en 1997 se inventaron la Festa do Chourizo ao Viño en honor a San Antonio. La procesión de la imagen acompañada de gaiteros daba paso a la degustación del rico chorizo, que era amenizada por un grupo de música y baile. Para cerrar la jornada, en el descanso de la verbena vespertina, se sorteaba un porquiño. Esta fiesta es primaveral, pero la estación no importa si la comida es buena y si con 38 grados a la sombra hay que comerse un plato de callos, se come y ya está.

Lo del chourizo como plato estrella de una fiesta gastronómica tuvo su momento álgido hace muchos años. Fue en 1992 cuando se inventó en Cesures la Festa dos Ovos con Chourizo. El año anterior, Piñeiro Ares, inefable alcalde cesureño, polemizó con Jesús Villamor, alcalde de Padrón, al organizar unas fiestas de Pascua al tiempo que las populares y ancestrales fiestas de Pascua padronesas. Saltaron chispas y en 1992, Piñeiro dejó el invento pascual y se inventó una movida gastronómica que hizo correr ríos de tinta y dio mucho juego periodístico.

En concreto, unos días antes del domingo festivo de Padrón, organizó quince días de festejos que culminaron con la I Festa dos Ovos con Chourizo, que, además de la degustación gratuita de tan contundente plato, contó con la presencia estelar de Marianico el Corto. Aquella mezcla castiza y cañí provocó críticas, debates, vergüenzas y artículos de fondo, máxime cuando el alcalde Piñeiro ya había irritado a medio Salnés con la contratación festiva de Regina dos Santos, un mito erótico del patriarcado machista cuando nadie hablaba de ese tema.

Como Piñeiro Ares era genio y figura, la Festa dos Ovos con Chourizo no estuvo exenta de polémica. Si el año anterior la pelea había sido con Padrón, en 1992 la disputa fue con Valga. La chispa brotó cuando los feriantes, que costeaban buena parte del programa festivo, instalaron algunas de sus barracas en los muelles dentro de un terreno propiedad del Ayuntamiento de Valga. Una vez llegado a un principio de acuerdo con el concello colindante, los feriantes rompieron el pacto de manera unilateral y, ya que no podían invadir Valga, forzaron una represalia simbólica: la comisión del huevo y el chorizo excluyó del programa de fiestas al grupo de gaitas y danzas de Valga.

Piñeiro Ares era todo un personaje. Lo recuerdo en Fexdega, acompañando a Fernández Albor durante su paseo de inauguración, pero corriendo apresurado para instalarse en el stand de Pontecesures, preparado para dedicarle su último libro a don Xerardo. Otra vez lo vi en la discoteca Chanteclair, cuyo memorable eslogan publicitario era «¿Te trisca la idea?». Aquella noche actuaba Manolo Escobar en la disco, pero no acababa de salir al escenario porque no le pagaban. Ajeno a la polémica, José Piñeiro paseaba por Chanteclair meditabundo y solitario, parecía a la espera de que una idea le triscara. Quizás fue ahí donde maquinó lo de los ovos con chourizo, que se sustanciaron esa primavera.