Rincones que permiten disfrutar de siglos de historia, naturaleza y arte sin apenas salir de casa

Serxio González Souto
serxio gonzález VILAGARCÍA / LA VOZ

AROUSA

Guerreros galaicos, emperadores romanos, reyes, burgueses adinerados, bosques y esculturas en un paseo por Vilagarcía

15 feb 2021 . Actualizado a las 22:52 h.

La evolución de la pandemia en Galicia hace albergar ciertas esperanzas sobre un posible levantamiento del rigor con el que se aplican las medidas de contención frente al coronavirus. En todo caso, suceda lo que suceda a lo largo de los próximos días y semanas, resulta inevitable que esta inédita reclusión dentro de los límites municipales centre la mirada de cada uno en lo que tiene más a mano. Los concellos de O Salnés y el Baixo Ulla están repletos de grandes y pequeñas joyas que rezuman historia y buen gusto, o simplemente encierran una historia que merece la pena ser escuchada, leída y respirada. Espacios naturales, arquitectura, arte. A todos esos rincones van dedicadas las siguientes líneas. Hay mucho en lo que reparar de la misma forma en la que aquella colonia de hombre se la jugaba, en las distancias cortas. Echemos un vistazo a Vilagarcía.

La vilagarcía burguesa

A caballo del XIX y el XX. Probablemente, la mejor manera de dejarse sorprender por el centro de Vilagarcía sea leer con cierta atención los paneles que el Concello ha instalado en lugares clave del casco urbano. Imaginarse en una plaza de Galicia sumergida bajo las aguas de la ría, recorrer la próspera villa comercial de finales del siglo XIX o pisar la cuna prehistórica de la capital arousana apenas requiere prestarles atención a estos reveladores y didácticos mensajes a lo largo de un paseo por un puñado de calles. El edificio que albergó el Hotel Moderno y el Café Universal de Poyán, uno de los locales favoritos de Valle-Inclán, que era muy suyo, está en obras. Al igual que la mansión que Juan García, el banquero que amasó una fortuna en Nueva York, hizo levantar en la Alameda en 1876. También a él se le debe el Salón García. Solo hace falta recorrer las calles Rey Daviña y Valentín Viqueira para ponerse en su lugar.

 Viaje a la prehistoria

Alobre, su bosque y el dinero en el 69 antes de Cristo. Aunque se halla en pleno proceso de musealización, y el paso a varios de sus lugares está cerrado, Alobre es uno de los pocos castros que se encuentran en pleno centro de una ciudad. Un lujo que, por si fuese poco, conlleva la visita a un magnífico bosque en el que sobresalen sus laureles, ahora que todavía no es posible regresar a Cortegada, dotada de la mayor laurisilva del occidente europeo. Habitado entre los siglos IV antes de Cristo y IV de nuestra era, el castro ha deparado multitud de hallazgos. Por citar solo dos, una moneda de la época de Augusto y, sobre todo, un denario del 69 antes de Cristo, de la Roma republicana, cuyas huellas en Galicia son muy escasas.

 Cuando hubo palacios

Las mil ventanas. Antes que una carretera litoral a Vilaxoán y un puerto, en A Comboa se levantaron tres magníficas mansiones. Solo una de ellas, la de la familia González-Garra, está cuidada y habitada, con su lago, entre inquietante y evocador, recuerdo de que en algún momento el mar llegó hasta allí. A su lado, todavía impresionante, la casa a la que los chavales llaman de las mil ventanas. En realidad, un extraordinario edificio que en su estructura refleja la sociedad que asistió al final del siglo XIX y, con él, al de toda una época. El diseño del parque que rodea la mansión de los duques de Medina de las Torres, con el paso del tiempo y las herencias de Terranova, es obra del mismo jardinero que entonces trabajaba para la Casa Real. La propia duquesa fue aya de Alfonso XII. Su hijo, Alfonso XIII, de mal recuerdo en Carril y en Cortegada, se alojó en ella en 1900, de visita en la ría. No es posible visitarla, pero un paseo a Vilaxoán permite calibrar todo lo que fue y lo que puede llegar a ser si algún proyecto de recuperación acaba cuajando.

 Arte en la calle

Ramón Conde, Chaves, Chazo, Lombera. Vilagarcía también se puede pasear a través de sus esculturas. Pronto se cumplirán veinte años desde que los diez metros de A Porta da Luz Salgada de Manolo Chazo reciben a quienes llegan a la ciudad desde Pontevedra. En julio del 2004, Ramón Conde instaló sus manos de bronce fundido en la rotonda de Larsa como homenaje a los voluntarios que acudieron a limpiar las cicatrices negras del Prestige. César Lombera y su recuerdo al drama de la emigración presiden O Cavadelo. A la magnífica Rosa do Mar de Xaquín Chaves, de acero y hormigón armado, es difícil llegar, pero domina la punta de Ferrazo con su doble función como baliza. Granjel dio tres dimensiones a la Constitución en la plaza que lleva su nombre. Y hay que buscarlo, y no deja de ser controvertido, pero la huella de Asorey también está presente a través del busto de Calvo Sotelo, a la sombra de los jardines del Doctor Fleming.

 De sombras y vistas

El placer de andar. Si hay un rincón tranquilo en Vilagarcía, este es sin duda el parque botánico dedicado a Enrique Valdés Bermejo. A un paso de Alobre, conviene tener cuidado mientras no sea posible instalar nuevas escaleras que comuniquen ambos espacios. Acercarse a Lobeira y los restos de su fortaleza medieval permite disfrutar de una excelente vista sobre toda la ría. Pero si lo suyo es caminar, una red de senderos recorre de arriba a abajo el Xiabre. Remontar el río desde el embalse de O Con es relativamente sencillo, también con niños. Merece la pena.

Cambados, mucho más que Fefiñáns y Santa Mariña

Cambados es una de las joyas de la corona en el patrimonio histórico artístico de Galicia, y se puede hablar en términos absolutos porque sus méritos van más allá de la noble plaza de Fefiñáns o del encanto romántico de las ruinas de Santa Mariña. No podía ser menos habiendo sido declarado hace veinte años Bien de Interés Cultural. A la vuelta de la esquina encuentra el caminante uno de esos rincones que obligan a ralentizar el paso para pararse a contemplar: el antiguo casino, que llegó a ser residencia de Valle-Inclán; el patín del pazo de Torrado; el pazo de Bazán, hoy Parador do Albariño; el que fuera hotel Calixto, que señorea la plaza del Concello; la entrañable plaza de las palmeras de Alfredo Brañas y, siguiendo la calle del Hospital, la antigua casa de Fajardo-Salgado y la capilla de Santa Margarita no desmerecen una foto.

Catro Camiños representa un punto de inflexión, en el que la suntuosa piedra da paso al barrio marinero, donde las casas humildes de entonces, hoy restauradas, se erigen orgullosas como testigos de una tradición que ha marcado el ritmo de la vida en los pueblos costeros de Galicia. Al sur, mirando a O Grove, unas ruinas se erigen sobre el mar; la torre de San Sadurniño, que unos hermanan con las Torres de Oeste de Catoira como parte de la red defensiva para prevenir los ataques vikingos y que los últimos estudios sitúan un poco más tarde, en el siglo X. Es el Mont Saint-Michel gallego, donde el paisaje muda en función de las mareas y las mariscadoras encuentran su sustento. Siguiendo el curso de la desembocadura del Umia, todavía queda mucho por andar para los amantes de la naturaleza, de la cultura vitivinícola y de los pájaros, que en esta época llegan desde el norte de Europa para anidar en estas aguas. Cambados: un punto en el mapa al lado de casa con un pequeño universo dentro.

O Grove, un paraíso natural que se aprecia mucho mejor desde las alturas

La Voz

Hace años que O Grove se ha enamorado de sí mismo. No le faltan motivos: la península que cierra la ría de Arousa por el Sur ha sido bendecida por una naturaleza que ha querido ser convertida en atracción turística.

Sobran los lugares en esta localidad para olvidarse del covid-19 disfrutando de una vigorizante marcha. Podemos disfrutar de la energía del mar en A Lanzada, o en Pedras Negras. Si queremos disfrutar de una costa más agreste, basta acercarse a la zona de O Carreiro y darse, de paso, un chapuzón en la historia olvidada de Adro Vello. O disfrutar del inusual paisaje de la Lagoa Bodeira. Los grovenses pueden gozar también de las fenomenales vistas que ofrecen miradores como el de A Siradella o el de Con da Hedra.

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