Recetas contra la fatiga pandémica

Concentrarse en una allada o en la luz en la ría de Arousa ayuda a superar la angustia covid


redacción / la voz

Durante la pandemia, hemos descubierto que picar cebolla es una manera sencilla de hacer mindfulness. Nos hemos encerrado en la cocina y hemos sentido el placer de preparar un abadejo a la gallega. Lo nunca visto: pelar patatas nos relaja, cortar la cebolla en grades trozos y el ajo en finas láminas nos reconforta, freírlos, mezclarlos con el pimentón, cocer el abadejo y las patatas, echar la salsa por encima… Todo ese proceso es una mezcla de relax y creatividad que nos ha devuelto el placer de las pequeñas cosas. Si, además, realizamos todo el proceso concentrados, disfrutando de cada movimiento, de cada corte, de cada grano de sal, entonces estamos ante una práctica de mindfulness casero muy gratificante.

Dice el escritor Juan José Millás que hacer un sofrito es una actividad zen. Picar por partes, pochar por tandas, dar el toque personal de la sal, del azúcar si se tercia, del puerro en lugar de la cebolla, de escoger entre pimiento verde o rojo… Todo es zen, todo es placentero, todo es concentrarse, crear, reflexionar en torno a la magia de lo pequeño y la gracia de las cosas menudas.

Lo mejor de la comida y de la revolución es hacerlas. El resultado obtenido no importa tanto porque casi nunca se acerca a la perfección. En el caso de la comida, seguramente consigamos algo comestible, aunque no sea delicioso; en el caso de la revolución, la condición humana acabará imponiéndose a la ilusión y a la utopía para estropearlo todo.

Hace muchos años, en 1979, tuve mi momento de gloria. Estudiaba en la Universidad de Salamanca y, tras una huelga tradicional, de esas que los estudiantes hacen todos los meses de febrero para exigir más calidad de la enseñanza, intentamos salir del bucle frustrante de cada año organizando una semana de debates con cierta altura. Acudieron Víctor García de la Concha, que luego fue director de la Real Academia de la Lengua, José Giralt, descendiente de un presidente de la II República, el filósofo y filólogo Agustín García Calvo y otras personalidades e intelectuales de mucho renombre.

Moderé el debate al que acudió García Calvo en el aula Miguel de Unamuno, hoy tan de moda gracias a películas y documentales, y cuando le di la palabra a don Agustín, recordado tanto por su pensamiento y actitud como por su letra del himno de la Comunidad de Madrid, disertó sobre la revolución y su esencia, que no era otra, dijo, que el proceso revolucionario en sí mismo. Es decir, la gracia de cualquier revuelta era hacerla, levantarse contra la realidad establecida con ánimo de cambiarla y vivir un tiempo de exaltación rompedora y acción directa. Pero avisó de que, una vez acabada la revolución, sus resultados serían siempre frustrantes, deprimentes, dolorosos. Se impondría la condición humana y los espabilados se encargarían de que la utopía se convirtiera en sucio realismo.

Los jóvenes revolucionarios que acudíamos a aquellos debates nos quedamos chafados y discrepamos desde nuestra inocencia. Los años, sin embargo, nos han enseñado que García Calvo tenía razón. También la tenían Cervantes o Woody Allen, que, al igual que don Agustín, sostienen en sus escritos que la felicidad está en la acción en sí, no en el resultado.

Para combatir la pandemia, su aislamiento y su dolor, su angustia y su desazón, nada mejor que hacer caso a los clásicos y concentrarnos en los procesos. Lo podemos llamar experiencia zen o acción de mindfulness, da lo mismo, el caso es descubrir la esencial armonía que produce en nuestro interior escuchar música sin pensar, dejándose llevar, contemplar los cambios de luz en la ría de Arousa o en el Val do Salnés como si nuestro universo empezara y acabara en ese paisaje, encerrarnos en la cocina para picar, pochar, amasar, batir, freír, cocer, asar…

Nunca imaginamos que sacar los platos del lavavajillas y colocarlos con orden y concierto en los estantes de la alacena pudiera relajarnos tanto y hacernos olvidar que no podemos viajar, ir a los restaurantes, acudir a los estadios, reunirnos toda la familia, disfrazarnos en Carnaval o tomar un cocido en pandilla. Se trata de resignarnos, reinventarnos y convenir con Cervantes que lo mejor de los viajes no son las posadas, sino los caminos. Recuperar la gracia de lo sencillo y el encanto de los detalles.

Lo mejor del amor es hacerlo, no su culminación. Centrarnos en las emociones y la incertidumbre del preludio, en la intensidad del estímulo, en la devastadora potencia de cada envite más que en la búsqueda del postrer paroxismo es la clave del buen amor. También de la buena vida.

Escribe Woody Allen en sus divertidas memorias, A propósito de nada que la mejor recompensa de escribir es escribir. Nada equilibra ni emociona tanto como el propio proceso de la escritura. El resultado es secundario y el éxito o la calidad de lo escrito, también de lo pintado, o esculpido o musicado, nunca gratificará tanto como esos momentos en los que te dejas absorber por un mundo nuevo que estás creando.

Lo que vale para algo tan elevado como la literatura o la composición musical sirve también para cotidianidades menos trascendentales. Concentrarse en un poema, una allada o una foto de la ría neblinosa nos satisface y tranquiliza. Crear recompensa.

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