El salario del conferenciante gallego

En una conferencia, todos cobran en dinero, menos el orador, que recibe un detalle


redacción / la voz

Si es usted fontanera, economista, mecánico o ingeniera recibirá por su trabajo una remuneración en dinero, que es la medida no de todas las cosas, pero sí del pago al esfuerzo. Si arregla un grifo, recibirá a cambio unos euros, si elabora un informe, también cobrará en euros y si habla con un paciente y le explica su estado y lo reconforta o cura, también la pagarán con euros.

Sin embargo, hay un caso en el que el trabajo no se paga o, como mucho, se paga en especias, en detalles, en recuerdos. Les hablo del abnegado conferenciante de provincias, esos señores y señoras que cada tarde imparten una charla sobre nutrición, mitología celta, tradiciones enxebres o cociña galega a lo largo y ancho de la región.

En las casas de cultura de Galicia, a eso de las ocho, es fácil encontrarse con un esforzado conferenciante que se ha hecho un puñado de kilómetros solo para hablar y que carga con apuntes, ordenador, puntero con bluetooth y mucha voluntad y entusiasmo. El conferenciante ha sido invitado por un ayuntamiento, por una asociación cultural, por las amas de casa o los jóvenes intrépidos, por la parroquia, los consumidores o el Casino… Da lo mismo. Allí está él con una americana oscura y una camisa clara, tras tomar una pastilla para fortalecer la voz y procurarse un botellín de agua por si se olvidan los organizadores de que hablar durante hora y media seca la garganta y el alma.

Para que la conferencia sea posible, el electricista y el conserje harán horas extras y las cobrarán y una empresa de sonido habrá puesto micrófonos y bafles que cobrará religiosamente. Si después hay aperitivo, costará un dinero, y si hay cena, también. Porque una de las obligaciones del conferenciante es quedarse a cenar invitado por quienes lo han contratado.

¿Contratado? Bueno, no exactamente. El único trato que ha habido ha sido una llamada telefónica, unos halagos que buscaban sin pudor tocar la vanidad del conferenciante y un acuerdo verbal: “Usted viene, habla y se lo agradeceremos mucho”. El conferenciante, que lleva años hablando de lo humano y lo divino por las casas de cultura de Galicia, no osa solicitar dinero. Solo en un par de ocasiones le pidieron el caché desde una universidad y desde una diputación, que son de las pocas entidades que pagan por conferenciar. Estaba tan poco acostumbrado a cobrar por hablar que cuando escuchó lo del caché, se sintió abrumado y la estupefacción lo abrumó tanto que solo balbuceó un sorprendido: “No sé”. Pero bueno, le pagaron.

En las demás conferencias, nuestro orador no pide dinero porque sabe que si lo hace, le llamarán pesetero y razonarán que es un caradura por pretender cobrar por ser escuchado. La experiencia le ha enseñado que si le apetece, se comprometa y si no, ponga una excusa, pero que no pida dinero. Así que allí está nuestro conferenciante, de pie ante la mesa, hablando con su presentador y con algún directivo, mirando de reojo a la sala para comprobar si viene público o si, además de hablar gratis, lo hará ante media docena de personas. Si es así, resulta descorazonador, pero si se llena, igual se anima el personal y empiezan a hacerle preguntas comprometidas o hay algún atrevido que se dedica a contradecirle, a poner en cuestión sus argumentos e incluso a ridiculizarle.

Evidentemente, conferenciar no es solo viajar unos buenos kilómetros hasta la sala de la charla, jugarse el tipo intelectualmente ante el público y hablar durante hora y media, sino que antes ha habido que dedicar un par de tardes a preparar la conferencia, ha habido un trabajo previo de preparación del power point, el esfuerzo físico pasará factura a la voz y al final, cuando el conferenciante acaba y cree que ya se puede ir a casa, resulta que está invitado a cenar con los organizadores, que insisten de tal manera que es imposible negarse.

Así que es la una de la madrugada y el conferenciante lucha denodadamente contra el sueño, pero la directiva de la asociación no para de hablar de temas locales y personales que en nada interesan a nuestro héroe. Por fin, cuando está a punto de derrumbarse sobre la mesa, el presidente de la organización se pone en pie, anuncia que van a recompensar como se merece la gran labor intelectual y la sabiduría del conferenciante, saca un paquete de una bolsa y se lo entrega al atribulado orador, que ya sabe de qué va la cosa y pone cara transida de emoción cuando desenvuelve el regalo y aparece una diminuta palomita para la herba de namorar, una jarrita más grande, una figura simbólica de regular tamaño o una gran torre de Hércules, todo ello de Sargadelos. Con fingida voz temblorosa, el conferenciante agradece el detalle y se ve obligado a pronunciar otro discurso, esta vez más corto, pues la directiva, animada por el ribeiro, le pide a coro que hable, que hable. Tras los aplausos y las despedidas, que duran un buen rato, el conferenciante regresa a su casa, somnoliento, agotado y más o menos satisfecho con la consideración de su valía, que tiene relación directa con el tamaño de la bonita figurita con la que han pagado sus esfuerzos.

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