Julián García: «O bo deste sector é que se ten un ano de ganancias crece e inviste en I+D+i»

A bordo del Carallada, el mejillonero Julián García trabaja siete bateas familiares

s. g.
A Illa / la voz

Quien guste de pasear por A Illa, en dirección al muelle de O Xufre, podrá encontrarse sobre las doce de la mañana con un puerto que saluda frenético el tramo final de su jornada de trabajo. Cerca de la grúa del lado izquierdo del puerto, donde se descarga el mejillón, el barco verdiblanco de los Carallada brillará movido por las olas mientras Julián García y demás familia arrían los cabos y enjuagan el sudor tras un día de labor en sus bateas.

García es un mariñeiro de corazón muy querido en A Illa. Con una vida dedicada por completo al mar, como bateeiro, a sus 61 años está a punto de colgar el traje de faena y descansar, por fin, tras más de cuarenta años de duro trabajo. «Eu era o máis pequeno de seis irmáns. A familia de meu pai xa se dedicaba ao mar dende sempre; en cambio, a de miña nai, que era do Mosteiro, veu á Arousa a montar unha carnicería, e xa quedaron», cuenta Julián, y añade: «Con quince anos comecei indo ás ameixas, nun barco que xa pertencía á miña familia».

Poco tiempo después, cerca de 1968, la familia de Julián compró su primera batea: «A xente que comezou a ir á batea traballou moito, como o meu irmán Luís, sobre todo porque antes ninguén confiaba en que as bateas puidesen dar cartos e ninguén as quería», explica el mejillonero, que en la actualidad trabaja hasta siete bateas, aunque, precisa, no son suyas: «Son da familia».

El hombre narra cómo entonces salían a faenar en barcos de «tres metros de ancho por oito de longo», y cómo, sobre las cuatro y media de la mañana, partían hacia Fisterra porque «antes requirías de menos permisos».

Julián García mira nostálgico hacia su barco. «As cousas -subraya- cambiaron moito dende que eu empecei nisto». Desde la forma de trabajar hasta los medios disponibles, Julián relata cómo antes el mejillón se recogía a mano, «cuns ganchos», y cómo los motores eran infinitamente más lentos que ahora. «Antes saiamos da casa ás cinco da mañá e non volvíamos ata as dúas da tarde, «mentres que agora traballamos aproximadamente cinco horas, grazas a tecnoloxía dispoñible».

Un puntal para la economía

«O bo que ten este sector é que é moi agradecido. Se o sector ten un bo ano, e gaña cartos, non dubida en investilos, en gastar e en fomentar o I+D+i», cuenta, a lo que añade, entre risas: «Tamén nos gusta moito ir comer churrasco, así que tamén se di que se o sector do mar gaña durante o ano, a comarca enteira vaino notar», en referencia al dinero que esta actividad inyecta en la economía de O Salnés.

El golpe del Hortensia

Corría el año 1984 y Galicia descansaba ajena al temporal que, muy diferente a todos los vividos hasta entonces, iba a sacudir las costas, generando cuantiosas pérdidas. «Eu estaba durmindo cando o meu sogro veu espertarme para ir ata o porto do Cabodeiro e ver como estaba a nosa dorna», recuerda Julián. Al llegar, la lluvia y unos vientos de que alcanzaron los 158 kilómetros por hora hicieron que se refugiaran bajo una chimenea de piedra: «Díxenlle o meu sogro que non me parecía un sitio seguro, así que botamos a andar, e cando percorreramos só vinte metros, a cheminea derrubouse. Puido matarnos», relata.

Julian García guarda nítidos recuerdos de cómo el mar se tragaba las bateas una a una: «Na man dereita da ponte había como unhas duascentas bateas, e só quedaron arriba tres. Nós conseguimos achicar a auga da nosa e salvala». El barco de los Carallada también sufrió algún que otro accidente. En el año 2002 el huracán Flora arrancó los cabos que lo sujetaban al puerto y lanzó el navío contra unas piedras cercanas, que le abrieron un gran boquete. Solo gracias a una importante inversión por parte de la familia pudo cerrarse.

Viviendo entre el mar y la tierra: bateeiro y concejal a partes iguales

Julián García Mouriño, mientras capeaba temporales, tuvo tiempo para preocuparse por el rumbo que estaba tomando el sector marítimo de la ría: «Antes cada un tiraba para o seu, negociaba e vendía a título particular e esa forma de traballar restaba beneficios á comunidade». Por este motivo, la comunidad mariñeira de A Illa comenzó a remar hacia un futuro común y, de tener una sola asociación que gestionase la venta de mejillón, pasó a tener cuatro. Julián García se convirtió en vicepresidente de una de ellas, la Asociación de Mexilloeiros de A Illa, que pasó a integrarse en Opmega, la «asociación de asociacións» de productores que llegó a englobar hasta 2.600 bateas: «Opmega velaba polos intereses das distintas asociacións que había en Galicia, chegou a controlar preto do 50% das bateas, polo que tiña o control case total da produción», explica Julián, quién añade que actualmente la organización «implosionou e só conta co control dunhas 700 bateas». Por su parte, aunque ya no ocupa su vicepresidencia, el mariñeiro arousano explica cómo la Asociación de Mexilloeiros de A Illa, a la que continúa perteneciendo como bateeiro, es una de las más prósperas de la zona, contando con cerca de 160 bateas: «É unha das agrupacións que máis asociados ten».

De forma paralela, y sin abandonar nunca su profesión en la mar, García ejerció durante 18 años como concejal del PSOE, tanto en Vilanova, durante diez años, como en A Illa, tras la segregación, a lo largo de ocho años.De lo que más orgulloso se siente, afirma, es de haber participado, como concejal de urbanismo, en la creación del Plan Xeral de Ordenación Urbana de A Illa, que estableció las condiciones urbanísticas que el paraíso arousano conserva hoy en día.

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