La derecha vilagarciana no usa «Patrico»

En el resto de España, intentan entender por qué Vox no despunta en Galicia, pero no aciertan


redacción / la voz

Supe lo que era un facha, pero un facha de verdad, no de caricatura, durante un mitin de Alianza Popular en las elecciones de 1977. Sucedió en el pabellón salmantino de La Alamedilla, donde ahora juega el Perfumerías Avenida de baloncesto. Como las gradas bajas estaban llenas, me subí a la parte alta del pabellón sin saber dónde me metía. Lo descubrí en cuanto saludó desde el estrado don Manuel Fraga. Un grupo de alborotadores empezó a gritar y, al instante, aparecieron varios miembros del servicio de orden: eran unos mozos altos, fornidos, guapetones, con el pelo peinado, más bien untado, con gel fijador Patrico y brillantina Nelly. Llevaban en la pechera insignias de Fuerza Nueva y, según me contaron después, habían venido de Valladolid para impedir que los revoltosos reventaran el mitin.

Cuando los vi actuar con unas porras pequeñas que acabaron en un instante con el alboroto, me acerqué a la puerta de salida. Cuando uno de ellos sacó una navaja, escapé del acto espantado. Eran otros tiempos, pero eran los fachas de siempre, es decir, partidarios de la extrema derecha, violentos, radicales y caracterizados por unos modos de vestir y de peinarse que hoy pueden parecer estereotipados e incluso caricaturescos, pero las cosas eran así en 1977, cuando en Valladolid, en Salamanca o en Cáceres la derecha extrema se abrigaba de verde, calzaba de morado, peinaba con gomina y vestía con determinadas prendas que marcaban estilo y procuraban gregarismo y autoestima.

Había entonces en Castilla, en Andalucía, en Madrid o en Extremadura un importante grupo de población que con su comportamiento y provocaba dentera y rechazo. No se trataba de cuestiones ideológicas, sino de una actitud de prepotencia, de exaltación, de continua demostración de pedigrí, superioridad y clase que hacía mucho daño a la derecha y la condenaba al ostracismo y la marginalidad política.

Acostumbrado a personajes así, al llegar a Vilagarcía me sorprendió algo a lo que no estaba habituado: aquí era prácticamente imposible distinguir la ideología a partir de la imagen. Es cierto, las apariencias engañan, pero es que en Vilagarcía no había ni apariencias. Costaba bastante que la ideología política se manifestara y hasta que no mantenías una charla tranquila y demorada no empezabas a distinguir matices y opciones.

Recuerdo haber recorrido el rural durante las campañas electorales y los días de votación, haber conocido en cada aldea a los comisarios parroquiales del PP o del PSOE y, la verdad, no se distinguían por el atuendo ni por el estilo. Siempre había alguna excepción pero aquí era imposible ver como en Badajoz o Sevilla a esos cortijanos con abrigos austríacos, parkas almohadilladas de color verde, botas de montar, pantalones de pana recia y una apariencia tan característica que parecía que de un momento a otro iban a cazar un venado.

Por el contrario, el controlador conservador en Rubiáns era un señor que regentaba un humilde colmado en la carretera y en las otras aldeas, los jefes del PP eran un vendedor de neveras, un distribuidor de gaseosas, un mariscador manco, un antiguo portero de fútbol... Gente normal a la que lo último que se les ocurriría en esta vida sería untarse el pelo con Patrico. Eran de ideología conservadora y no lo escondían, pero obraban con prudencia, huían de los radicalismos como de la peste y, aunque rechazaban el nacionalismo, lo cierto es que no le hacían ascos a un galleguismo castizo, suave, folclórico, pero que iba creando una cultura política regionalista conservadora que casa mal con el nacionalismo español exacerbado.

En estos días de campaña electoral y encuestas, en la prensa madrileña y también en la de Castilla, Extremadura o Andalucía, se intenta entender por qué Vox no tiene ni un diputado ni un concejal en Galicia, por qué solo aquí, en La Rioja y en el País Vasco la extrema derecha no consiguió ni un escaño en las últimas elecciones generales y por qué las encuestas les auguran unos resultados poco halagüeños. Los politólogos razonan que es la negación del hecho diferencial lo que impide que Vox penetre en el tejido político gallego. Es más, el propio Abascal debe de pensar eso porque, en un paradójico rasgo de pureza galeguista, ha criticado a Feijoo por emplear vocablos castellanos cuando habla gallego, sin entender que eso es lo normal aquí, aunque no sea lingüísticamente correcto.

«Los gallegos son cuidadosos»

Creo que todo es más sencillo que los hechos diferenciales. La clave está en el Patrico. Ni en Vilagarcía, ni tampoco en el resto de Galicia, triunfó nunca la derecha engominada, ostentosa y displicente. Aquí, la prudencia, la moderación y la baja intensidad son marca de la causa conservadora desde hace 40 años. Como me explicaba una perspicaz profesora italiana a la que entrevisté hace años en Santiago: «Los gallegos, no son desconfiados, son cuidadosos». Y tener cuidado quiere decir rechazar el aventurerismo, apostar por la sensatez, huir de los profetas y dudar de quienes llevan la ideología al extremo de vestirse y peinarse como piensan.

En Vilagarcía, un votante conservador preferirá siempre dejarse orientar por un administrativo canoso y prudente vestido de gris antes que emocionarse con el verbo exaltado y patriótico de un mozo fornido vestido de verde. La derecha vilagarciana no usa Patrico, como mucho, unas gotas de Varón Dandy.

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