Veranear a ocho kilómetros de casa, tierra adentro y dejando atrás la playa

Médico en San Roque, Marisa Casal y su familia cambiaron por seguridad su viaje anual a las islas por un mes en una vivienda de alquiler


vilagarcía / la voz

El de Marisa Casal García y su marido Nito es el típico álbum de fotos de vacaciones de muchas parejas gallegas. Una sucesión de estampas que arranca con una joven pareja conociendo mundo más allá de las fronteras de España, con la energía de cuatro piernas inasequibles al desaliento en largas jornadas quemando suela. Hasta que llegan los niños, y toca cambiar el encuadre, con los escenarios de sol, playa y piscina hotelera copando las nuevas instantáneas de la familia y dos más. La secuencia habitual lleva a imaginar en dos o tres años a los chavales de la casa, hoy de 10 y 14 años, con ganas de empezar a descubrir las maravillas de ver mundo con sus padres. Mas este verano no disfrutarán ni de lo uno, ni de lo otro, sino de una experiencia que, pasen los años que pasen, no les costará ubicar cuando repasen sus libros de fotografías compartidas. Porque el 1 de agosto Marisa y su familia cogerán los bártulos en su piso en la céntrica calle vilagarciana Rey Daviña, a menos de 1 kilómetro de la playa, para mudarse durante un mes entero 8,5 kilómetros tierra adentro a Casa Calveiro, una vivienda de alquiler vacacional en la parroquia vilanovesa de Baión. El motivo, explica Marisa: «La situación por el covid-19».

«Cuando nació nuestro primer hijo nos pasamos dos años sin viajar. Después volvimos a hacerlo, turismo nacional, sobre todo a las islas, 8 ó 10 días. El año pasado fuimos a Lanzarote», recuerda Marisa. Pero vino lo que vino. «Nosotros planificamos siempre las vacaciones en marzo, cuando sabemos los días que tenemos disponibles mi marido -ingeniero industrial- y yo. No sabíamos si íbamos a poder viajar, pero en esta situación tampoco lo haríamos», nos cuenta Marisa, desde el 2011 doctora en el ambulatorio de San Roque, donde le tocó vivir el mal trago de ver a una decena de compañeros contagiados de covid-19 en acto de servicio en las primeras semanas del estado de alarma sanitaria.

Así las cosas, «cuando empezó el confinamiento empecé a mirar webs, pero era todo compartido, y se me hace complicado. Por seguridad, pensé que lo mejor era una casa para nosotros solos. Vivimos en un piso, y los niños necesitaban espacio, porque vamos a tener que convivir con este coronavirus muchos meses. Queríamos una casa con jardín y piscina», explica Marisa. Entonces, a través de conocidos comunes, supo de Casa Calveiro, con sus tres habitaciones dobles, un gran salón, cocina y baño en 100 metros cuadrados; además del disfrute de otros 5.000 de una huerta ajardinada con cocina exterior ofertada también para celebraciones, con una piscina de 12x6 metros.

Reencontrarse con los abuelos

Es seguro que hay casas de alquiler vacacional similares mucho más lejos, refugios en tiempos de coronavirus que permitiesen a la familia de Marisa seguir viendo mundo un verano más sin perder la seguridad buscada. Pero en la elección de Casa Calveiro, nos cuenta la doctora, primó algo más que el confort y la tranquilidad de los cuatro. «Quiero tener a mis padres cerca. Él tiene 86 años y está mal, ella 76. También viven en un piso en el centro de Vilagarcía. Quiero tenerlos cerca por si pasa cualquier cosa, y si la desescalada lo permite, traérnoslos con nosotros a Baión en agosto, para que puedan moverse sin el agobio de la gente».

Sería lo justo con quien ha estado en primera línea de lucha contra el covid-19 desde el principio. Una entrega que ha obligado a Marisa a tener que sobrellevar la lejanía con sus padres: «Estamos distanciados desde el 13 de marzo. Les llevo la compra al portal y les digo hola con la mascarilla. Por eso busqué algo para estar juntos».

«Hay gente que está buscando casa también y cuando les cuento me dicen: ‘Es muy buena idea’»

«Nosotros somos de playa, sobre todo los niños. El tiempo que no viajamos fuera, la mayoría del verano, vamos a la playa, sobre todo al Terrón y A Illa. Pero de momento, no veo la opción de ir a la playa. ¿Y si en agosto hay un rebrote del covid-19? La incertidumbre es esa», comenta Marisa Casal quien, no obstante, abre una rendija en su esquema de protección mental frente a la pandemia: «A lo mejor podemos seguir haciéndolo», ir a los arenales este verano. Y lo bueno es que su inusual destino vacacional, a 8,5 kilómetros de su hogar y de la costa tierra adentro, renunciando a una plaza con tanto atractivo estival en otro año cualquiera como la capital arousana, resulta de lo más compatible «Vilagarcía y Baión están a 20 minutos corriendo a buen ritmo», dice la matriarca a modo de nota de humor.

Tanto es así que, desvela, «me está surgiendo gente de Vilagarcía que me comenta que está buscando casa y cuando les cuento me dicen ‘Es muy buena idea’».

Tal es el respeto que tiene quien ha visto de cerca en las personas de varios compañeros la facilidad del contagio del covid-19, que Marisa Casal confiesa que «yo todavía estoy en fase 1. Yo vivo en base a la fase anterior que marca el gobierno, y no avanzo hasta que veo los nuevos datos» de contagios una vez pasados catorce días tras cada nuevo bloque de la desescalada.

La irresponsabilidad de la gente

«Dependemos de la responsabilidad de la gente. Veo gente que se comporta bien y otra que no. Veo las medidas de seguridad de ciertos bares, que las distancias de seguridad no se cumplen, que hay gente que no se pone mascarilla», declara Marisa con una mezcla de denuncia y llamamiento a la concienciación ciudadana. Alguien que sabe bien de lo que habla.

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