Y colorín colorado, la fiesta en los balcones se ha terminado

Todo empezó como empiezan las cosas que valen la pena


Todo empezó como empiezan las cosas que valen la pena. Es decir, no se sabe muy bien cómo, pero sucedió. Es probable que fuera cosa de los italianos. Y si no es así, ellos dirán que sí. El asunto es que el covid-19 nos metió en casa y nos sacó a los balcones. Cada día a las ocho para aplaudir a los sanitarios por su esfuerzo y agallas y, a continuación, para que surgiera la fiesta. De todos los tamaños y colores las hemos visto. Más tímidas al principio y mucho más desparramadas luego, sobre todo durante el mes de abril. La gente tenía tiempo para pensar y ganas de quitarse el mono de esa juerga contenida. Sin vergüenza, sin tapujos y sin prejuicios. A veces, las menos, también sin la comprensión de algunos de los vecinos de puerta, o de calle, que por haches, por bes, por razones bien justificadas o porque ellos son así y hay que quererlos igual se convertían en el perro del hortelano. Esto sucedió sobre todo al principio, pero luego todo el mundo se fue acostumbrando y la música en los balcones fue una rutina. Para algunos, una dosis de caviar en medio de tanta tristeza, para otros una cucharada de aceite de ricino que se tenían que tragar cada día.

En todos los lados cocieron habas y se abrieron balcones. En Vilagarcía hubo varias zonas que se apuntaron al desparrame. En la plaza del Quinto Centenario y la rúa Arzobispo Gelmírez hicieron de todo: hubo procesiones de Semana Santa entre balcones, feria de abril, maios en los bancos y hasta una minifiesta de Santa Rita, con su noria y todo. Menchu Couso, en Vista Alegre, también la montó gorda, con su música y hasta con alguna sesión vermú. Por no hablar de Fran García, el Freddie Mercury vilagarciano, con sus conciertos de sábado. Y en Ravella, otro de los puntos neurálgicos de la movida balconiana, fue Jesús Bemposta el principal armadanzas. Ejerció de pinchadiscos, de animador y hasta de maestro de ceremonias de una boda entre balcones. Allí siguieron saliendo a aplaudir al balcón cada día a las ocho de la tarde. Una cita que se ha ido abandonando, pero que ellos siguieron queriendo mantener. Hasta ayer. ¿Y por qué hasta ayer? Pues porque la despedida de los balcones tuvo un epílogo muy especial.

Ayer fue el cumpleaños de Bemposta y sus vecinos pergeñaron una sorpresa muy especial. Hubo un discurso muy emotivo y hasta se desplegó una pancarta con un «Gracias Suso» enorme en homenaje al hombre que cumplía ayer 40. Hubo cumpleaños feliz personalizado y se escucharon una veintena de mensajes de agradecimiento de los vecinos de Bemposta. También hubo regalo, con entrega de balcón a balcón por supuesto, y el acto concluyó tal y como acababan siempre las sesiones de música en las que él era el encargado de la selección musical. Con A Rianxeira y Los Lunnis. Bueno, y con alguna lágrima también.

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Y colorín colorado, la fiesta en los balcones se ha terminado