Canción triste del treinta por ciento (o del cincuenta)

Las cervezas que se toman en casa no saben igual


Vilagarcía / La Voz

Hemos estado en locales donde el 30 % era la cuota de miembros amputados del portero de turno. Problema de aforo solucionado. Imagínate la escena, muchacho. Si con un brazo o una pierna de menos seguía en la puerta, cómo debía repartir el tipo. Su «buenas noches» daba miedo. En realidad, quería decir «como te pases medio pelo ahí dentro, te reviento». Como para ponerle encima una mascarilla en la cara y un escarpelo en el bolsillo. La noche era así.

Cuentan que una vez contrataron a unos chinos especialistas en artes marciales para que colaboraran con la seguridad en una de las discotecas de moda. Las discotecas eran como los rings de la UFC de ahora, pero sin rejas. La gente aplaudía con el mismo furor ante un espectáculo que pocas veces se retrasaba y los matones de barrio no volvían contentos a casa si no la liaban en tres o cuatro locales distintos. Bruce Lee estaba en todo su esplendor, pero tan pronto como se gestó la primera actuación de aquella noche, los chinos se escondieron en el almacén. Cuando, diez minutos después de que acabara todo, vieron como uno de los que sus compañeros habían echado a patadas a la calle entraba con el coche hasta debajo de la cabina del pinchadiscos, pusieron pies en polvorosa y nunca más se supo de ellos. Muchacho, aquel tipo podía haber llegado a la luna sin esfuerzo con el combustible colombiano que llevaba encima.

Había locales donde, después de ver a John Balan y su puerta, la cantante del segundo turno tardaba menos en quitarse el sujetador que en rematar la primera estrofa de New York, New York. Locales donde al lado de la bayeta se instalaba el bufet libre. Con las rayas que se dibujaron en más de una barra hubiera Gaudí diseñado tres veces los trazos de la Sagrada Familia y le habría sobrado. Muchacho, con un paquete de tabaco y media hora en la mesa de alguno de aquellos locales, el viejo Alvite habría escrito historias como para ganar un Nobel. El cartel de abierto estaba estampado a bofetadas en las puertas. Allí nunca amanecía. Nunca era lunes, pero tampoco sábado.

Ahora todo ha cambiado. Hay peleas, pero el chaval que te quiere partir la cara ha diseñado su bíceps en el gimnasio de moda. Los bíceps de aquellos tipos se habían forjado a base de descargar atunes congelados. Los puñetazos seguro que no saben igual. Las cervezas que te tienes que tomar en casa por culpa del covid-19, tampoco. Y cuando toque volver a hacer una patrulla nocturna, ya saben: «Una última cosa. Tengan cuidado ahí afuera».

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