Cuando los contrabandistas traían libros

El siglo XX en Vilagarcía pasa por la imprenta Celta y por la saga de los González Rollán


redacción / la voz

El domingo pasado les contaba que nunca había entendido por qué en el cine Fantasio costaba más la entrada de gallinero que la de patio. El lunes, mi amigo Quico Redondo me transmitía un mensaje de Manuel González Rollán que me recordaba lo que siempre tuve claro en Vilagarcía, pero había olvidado: cuando no sepas algo, pregúntaselo a Manolo Koso. Según Manolo, en el Fantasio costaba más arriba que abajo porque en ese cine no había gallinero, sino platea, y, además, la pantalla estaba bastante alta para se pudiera ver mejor desde esa platea.

Al recibir la explicación, recordé la saga de los González Rollán, tan importante en la historia reciente de Vilagarcía de Arousa. En lo político, un hermano del PP en Algeciras, dos hermanos del PSOE en Vilagarcía, otro familiar vicepresidente socialista del Gobierno asturiano y, finalmente, Manolo, el último militante vilagarciano del CDS de Suárez. Un hijo de Manolo, Gaspar González, ha sido concejal y candidato de En Común.

Además de la política, esta familia ha tenido una relación muy estrecha con la empresa, la banca y la cultura vilagarcianas. El último eslabón artístico es otro hijo de Manolo, Tacho, al que he visto por última vez en Néboa ejerciendo de silencioso abogado que llenaba la pantalla con su presencia. Pero la piedra angular de los González Rollán fue la recordada librería-imprenta Celta, que estaba en el número 5 de la calle Ramón y Cajal.

Los González Rollán provienen del pueblo vallisoletano de Torrecilla de la Abadesa. El padre, Severino González Lazán, sacó unas oposiciones para subjefes de la policía municipal y fue trasladado a Lugo en 1928. Como era republicano de izquierdas, al estallar la Guerra Civil se tuvo que esconder, fue expedientado, lo echaron de la policía y se empleó en la imprenta Celta de Lugo, cuyo dueño compró la imprenta donde se editaba el periódico vilagarciano Galicia Nueva y envió de encargado a Severino en 1938.

El nuevo dueño vio que aquel periódico no era negocio y lo cerró, pero don Severino estimó que la imprenta sí podía ser negocio, la compró por 50.000 pesetas en 1940 y así nacía la Celta vilagarciana, donde se editaban las entradas del fútbol, los billetes de autobús y libros como Cómaros verdes, el primero en gallego publicado tras la Guerra Civil (1947), escrito por Aquilino Iglesias Alvariño, a la sazón director del mítico colegio León XIII.

Chuchi el negociador

En la Celta se hacía contrabando de libros prohibidos y el encargado de negociar con los contrabandistas era Severino hijo, más conocido como Chuchi, que trataba con un señor de Zaragoza que traía ediciones argentinas de obras prohibidas escritas en gallego como Sempre en Galiza de Castelao o Longa noite de pedra de Celso Emilio Ferreiro y libros perseguidos de Lorca y Blanco Amor. Dámaso Carrasco, Valentín Briones o Celso Callón iban a la Celta a finales de los 40, principios de los 50 y se llevaban los libros prohibidos envueltos en papel de periódico.

Poca gente sabe que Chuchi González Rollán fue un gran escaparatista. En 1960, ganó el primer premio nacional de escaparates que organizaba la editorial Aguilar para presentar al público los misales de Fray Justo Pérez de Urbel. Ese año se casó precisamente Manolo y a su boda acudió don Aquilino Iglesias Alvariño, que falleció al año siguiente. Una de las joyas que guardaban en la Celta era un folletito ajado donde anunciaban los juegos florales vilagarcianos de 1968 con Otero Pedrayo de mantenedor, Luis Bouza-Brey de pregonero, Mari Carmen Rey de reina y Celia Pita y Dolores Redondo, entre otras, como Corte de Amor.

En los años 90 del siglo pasado, la Celta mantenía un espíritu singular de cultura resistente y tertulias entretenidas. Cada día, entre las 18.30 y las 18.40 horas pasaba por allí el pintor Antón Rivas Briones camino del Liceo y se paraba a charlar con Antonio González Rollán, que regentaba la librería en los últimos años. Antonio era muy grande en todos los sentidos. Cuando murió, un 1 de diciembre de 1993, titulé su necrológica El hombre que nunca tenía frío porque se abrigaba siempre con un blusón salvo en los días crudos del invierno, que usaba un jersey de lana. «La gente me pregunta que si no tengo frío y yo les contesto que no, que si lo tuviera, me abrigaría», me comentaba divertido en su librería mientras en la trastienda algunas señoras de ironía fina como su hermana Magdalena o Ángela González hacían tertulia bajo las fotos sepia de una corrida toros que organizó en A Lomba, en una plaza portátil, Petinal, el delegado de transportes de La Camerana. Al lado, una estatua de la Libertad y un gran macetero de fundición adornaban el patio trasero: en eso se convirtió la maquinaria con la que se editaba el periódico Galicia Nueva.

La esquela del deudo anónimo

Recuerdo que al día siguiente de morir Antonio, La Voz de Galicia publicó una curiosa esquela de un deudo anónimo con la siguiente leyenda: «A Gaspar Antonio González Rollán, Antonio el de la Celta. O seu compañeiro de jugasca non o esquecerá»

Los González Rollán se enfrentaron a Vioque, crearon gaseosas, participaron en la ruptura vilagarciana de un pacto bancario y derrotaron al refresco KAS. Pero eso lo contaremos la próxima semana.

Un señor de Zaragoza traía ediciones argentinas de obras prohibidas de Castelao

Un anónimo «compañeiro de jugasca» dedicó una esquela a «Antonio el de la Celta»

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