«Yo nunca pude bajar la cabeza»

Ser nieta de un guerrillero antifranquista forjó el carácter de una mujer que sigue queriendo saber


vilagarcía / la voz

«La genética es tremenda». Tras pronunciar esas palabras, Fernanda Cedrón sonríe. Ella es nieta de O Gardarríos, un símbolo de la guerrilla antifranquista en Galicia. Y de una mujer de la República, libertaria y luchadora, que pese a estar separada del padre de sus hijos le dio cobertura cuando fue necesario y soportó años de cárcel -propios y de su familia- antes de traicionarlo. Fernanda es, también, nieta de un «médico dos pobres» de Chantada, que también sufrió la represión tras la Guerra Civil. Así que, en su caso, la genética ha hecho su trabajo, y ella se ha convertido en una activista de la Memoria Histórica, en una especialista en el mundo de la guerrilla y en una mujer con principios sólidos, rotundos, que no tiene miedo a poner en palabras las verdades incómodas, ni a romper los discursos oficiales de las izquierdas. Fernanda estará el viernes en el Salón García, en la mesa de experiencias organizada por Ravella con motivo del 8M. Hablará de la longa noite de pedra, de familias rotas, de política. Y hablará en primera persona.

-«Yo nací en el año 1946, a mi abuelo lo mataron en el 48. Mi infancia transcurrió en los años más duros de la represión, que se prolongaron hasta, más o menos, la década de los sesenta».

-Una niña en medio de una represión feroz...

-Los niños son niños, pero no son tontos. Absorben todo, se empapan de lo que pasa a su alrededor... A veces hacíamos de enlace sin saberlo. A mí me mandaban a la tienda a hacer un recado y al salir de casa me decían que se me había descosido la bastilla del vestido y me la arreglaban, y al llegar a la tienda me decían que se me había vuelto a descoser. Claro, llevaba mensajes sin ser consciente. Pero de otras cosas sí que nos dábamos cuenta, y en circunstancias como aquellas los niños maduran de una manera diferente... Escuchábamos aquí y allá, observábamos, y aprendíamos a ser como tumbas. Mi tía abuela me contó que una vez, en uno de los registros que hacía la Guardia Civil en nuestra casa cada poco, uno de ellos me cogió en el colo y me llevó a un lado. Yo recuerdo vagamente, como si fuese un sueño, a mi abuela de rodillas, llorando, diciendo «á meniña non, á meniña non»... Me llevaron de vuelta al cabo de un rato y les dije, siendo una niña de colo como era, que estuviesen tranquilas, que yo no había dicho nada. Para nosotros la vida era así, era nuestra normalidad. Los niños rojos, los apestados, nos preparábamos para ser tumbas jugando a las torturas... Te digo todo esto, y te digo también que fui una niña feliz.

-¿Y qué sabía de su abuelo?

-Yo de mi abuelo sabía lo que iba descubriendo poco a poco. Bajaba con mi abuela a Viveiro y las peixeiras me hablaban de él, y para mí acabó siendo un poco como el guerrero del antifaz. Llevo toda mi vida detrás de él, descubriendo distintas facetas. Porque era mi abuelo, era el Gardarríos y hace unos años descubrí también que para muchas personas era simplemente Luis, un vecino que era un ecologista cuando aún no había ecologismo. Este año, por fin, he podido acceder a los archivos del Ejército de Ferrol. Mi abuelo tenía abiertas medio centenar de causas. En el año 49 aún estaba en busca y captura, y lo habían matado en el 48.

-¿Y las mujeres de su familia, cómo vivieron aquellos años de represión?

-Mi abuela, sus hermanas y sus hijas hicieron un recorrido por varias cárceles, tanto en Galicia como en Asturias, y acabaron en el campo de concentración de Ribadesella. Estaban allí como rehenes, para conseguir que mi abuelo se entregase, porque contra ellas no hay causas abiertas. Lo pasaron muy mal. A mi abuela le dieron muchas veces documentos para que firmase contra mi abuelo, nunca lo hizo. Lo único que firmó fue, cuando él murió, uno en el que decía que se alegraba mucho de que hubiesen matado a aquella alimaña... Yo le pregunté a mi tía por qué había hecho eso mi abuela. Me dijo: «Tu abuelo ya había muerto, y había que pensar en los que veniáis detrás». En cualquier caso, yo no conocí mucho a mi abuela. Crecí con ella, pero siempre estuvo distante, creo que nunca acabó de volver de la cárcel.

-La represión destruyó a muchas familias...

-Eso es algo que yo también reivindico, el proceso de desintegración de muchas familias que se vivió entonces. Nosotros éramos una familia apestada. Recuerdo, de pequeña, ir de la mano de mi abuela y pasar delante de una farmacia de una familia de camisa azul... Mi abuela me decía «baixa a cabeza». Pero yo nunca pude bajar la cabeza, al contrario, aún la levantaba más. Tampoco pude aguantar el silencio. Una vez, con nueve años, me enteré de que en una aldea próxima vivía un señor que había sido enlace de mi abuelo. Me escapé y me presenté en su casa para preguntarle por el Gardarríos. Para que me hablase de él. Se asustó, me preguntó quién me mandaba y me llevó de vuelta a casa en una mula. Pero yo necesitaba saber. Llevo muchos años intentando saber.

«Hubo una generación de libertarias, que eran mujeres sin perjuicios»

«Cuando se casaron, mis abuelos se fueron a vivir a casa de mi bisabuela. Pero mi abuelo no soportaba aquel clima, y le pidió a mi abuela que se fueran. Ella no quiso. No se atrevió a lanzarse al mundo no por ella, sino por sus hijos». Aún así, recuerda Fernanda, su abuela siempre apreció al Gardarríos. «Hubo una generación de mujeres de la República, de libertarias, que eran capaces de entender que una relación podía terminarse sin que eso significase romper todos los lazos y llevarse a matar». Su abuela fue una de aquellas mujeres, quien por ser la esposa reconocida de Gardarríos sufrió un auténtico tormento. Pero estaba dispuesta a todo no solo por Luis Trigo Chao, sino por unos ideales de justicia y libertad compartidos. «Aquella gente, la gente de la guerrilla, eran personas muy consecuentes... El mundo de hoy no los entendería», reflexiona Fernanda, que ha visto como con el paso de los años los ideales y la lucha se han difuminado.

Desde pequeña ella ha ido reuniendo las piezas para reconstruir la historia de su abuelo. Pero, de nuevo, no solo de su abuelo. «Yo reivindico no la memoria de mi abuelo, sino la memoria de este país, de la guerrilla». De aquellos hombres y mujeres que desafiaron a sus propios miedos y que siguieron luchando pese a saber que la guerra había sido perdida, que los aliados los habían dejado solos. «Me interesa el lado político de esta historia. Saber por qué lucharon y porqué vendieron tan caras sus vidas», relata. Y reconoce que enloquece en estos tiempos en los que «los políticos no hacen más que poner paños calientes» sobre una herida que sigue abierta, y con los discursos en los que se habla de devolverles la dignidad a los represaliados. «¿Cómo que devolverles la dignidad? La dignidad nunca la perdieron».

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