1991: Mil pesetas de multa por tirar a una poli a la fuente

Antonio Garrido Viñas
antonio garrido VILAGARCÍA / LA VOZ

AROUSA

MONICA IRAGO

La Festa da Auga de Vilagarcía tuvo unas primeras ediciones muy convulsas en las que imperaba el vale todo. De aquellos excesos de los jóvenes no se libraba casi nadie y uno de los incidentes acabó en juicio

04 feb 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Hay quien ahora se rasga las vestiduras por todo lo que trae consigo la Festa da Auga de Vilagarcía. Miles de personas convierten la ciudad la noche anterior en un botellón gigante y otras tantas -y no necesariamente las mismas- disfrutan de la celebración pura, caldero en mano, por la mañana. Cierto es que tal aglomeración de gente provoca incidentes, pero la mayoría de ellos son leves y la cifra es mínima teniendo en cuenta el altísimo número de participantes que tiene el evento.

Aunque parezca mentira, la fiesta está mucha más ordenada ahora que en sus inicios, cuando imperaba el todo vale. Aquello arrancó de manera espontánea y en las primeras ediciones era un auténtico sindiós. Las fuentes públicas, que ya desde hace años se vacían para evitar desmanes, se convertían en improvisadas piscinas en las que acababa cualquiera que se acercara por la zona de guerra. Había especial querencia por los uniformados y los integrantes de la banda de música que acompaña la subida de la imagen de san Roque a la capilla eran víctimas propiciatorias de un desfase que no tiene nada que ver con lo que sucede ahora en la previa de la procesión, donde todo está bastante ordenado.

La plaza de España, enfrente de la iglesia de santa Baia que es desde donde parte la procesión previa a la Festa da Auga, se convertía en un pequeño Woodstock, donde el barrio reinaba. La mezcla de la tierra del parque con el agua de la fuente lo impregnaba todo. Y fue en aquella fuente donde acabó una policía local. Y quienes la lanzaron al agua, en el banquillo de los acusados.

El suceso tuvo lugar en la edición de 1988 y la sentencia se conoció un 15 de febrero de 1991. Mil pesetas de multa, con arresto sustitutorio de cinco a siete días en caso de impago, fue la condena fijada por el Juzgado de lo Penal número Dos de Pontevedra para ocho de los nueve vilagarcianos. La sentencia absolvió a una de las procesadas de todos los cargos, y a sus compañeros del delito de atentado del que eran acusados por el fiscal. La sala entendió que los hechos eran constitutivos de una falta de ofensas leves a los agentes de la autoridad.

«A por el municipal»

La sentencia declaraba como hechos probados los siguientes: «El día 16 de agosto de 1988, sobre las doce y media de la mañana, en plena efervescencia de la denominada fiesta del agua, actividad lúdica que se celebra durante la festividad de san Roque, los acusados, en compañía de una tercera persona no juzgada, al grito de ‘a por el municipal’ se dirigieron a una agente de la policía local, la auparon y, a pesar de su tenaz oposición, la trasladaron en volandas hasta la fuente-estanque de la plaza de España, donde la arrojaron al agua».

En la carrera de los jóvenes hacia la fuente, y al margen de la agente de la policía local, hubo un damnificado más. Un vecino que fue arrollado y que sufrió heridas que tardaron diez días en curar.

El juicio tuvo su miga, al margen de lo polémico que ya era el caso de por sí, puesto que los letrados de la defensa alegaron ineficacia en las ruedas de reconocimiento celebradas en las dependencias policiales, pero la Sala fue contundente al respecto y consideró que se habían hecho con todos los requisitos «según asevera -decía la sentencia- el letrado que con su firma garantizó la pureza de la prueba». Dicha garantía, según la Sala, «está por encima de las alegaciones de los acusados que ahora, transcurridos dos años y medio, se acuerdan de que no estaban asistidos por un letrado, de que la declaración ya estaba redactada, de que no leyeron sus manifestaciones y de que en el Juzgado tampoco supieron qué firmaban. Afirmaciones -apuntaba el fallo- que incluso podían suponer la imputación al letrado asistente de un delito de prevaricación». El abogado de los jóvenes, por cierto, era Pablo Vioque.

El asunto abrió un profundo debate en Vilagarcía y algunas voces llegaron a lanzar el mensaje de que se tenía que prohibir la Festa da Auga que, para cuando se celebró el juicio, ya había comenzado a adquirir una velocidad de crucero tan enorme que parecía difícil de detener. El debate se extendió también a la Iglesia puesto que, en alguna ocasión, el párroco incluso amagó con prohibir la salida de la imagen hacia la capilla de san Roque porque el respeto durante el camino tenía ciertos lapsus y no era extraño que cayera agua de los balcones durante la procesión religiosa.

Poco a poco, las aguas fueron volviendo a su cauce, nunca mejor dicho, y la fiesta se fue regulando. Desde hace años tiene incluso una comisión organizadora que vela porque todo discurra de la mejor manera en los momentos anteriores y posteriores al inicio oficial de la celebración. Antes y después, ya es cosa del sentidiño de cada cual. De todas formas, y por si acaso, las fuentes del centro de la ciudad se vacían unas horas antes.