Cosiendo barreras contra el fuel del Prestige

El Gobierno centralizó en el puerto de Marín el dispositivo por si llegaba el fuel. Envió apenas mil metros de barreras anticontaminación. Los marineros ya habían confeccionado cuatro kilómetros


pontevedra / la voz

Hacía días, en aquel noviembre del 2002, que los marineros habían tomado la delantera al Gobierno. Pero tal día como hoy, hace 17 años, con el petrolero Prestige zigzagueando remolcado a las puertas de las Rías Baixas, el Ejecutivo central decidió centralizar en el Puerto de Marín las defensas anticontaminación ante una eventual marea negra que los marineros ya daban por segura. Fuentes portuarias explicaron que este envío era parte del plan de emergencia ante la posibilidad de la llegada de cualquier mancha a las rías de Vigo, Pontevedra o Arousa. Sin embargo, estas mismas fuentes precisaron que no existía ningún riesgo inminente de que la marea negra pudiese tocar las costas de la provincia. «La llegada de estas protecciones no significa que las cosas vayan a mejor o a peor, solo es para poder tenerlas y si hace falta usarlas en cualquier punto de las Rías Baixas», señalaron desde la Autoridad Portuaria entonces.

La cantidad de barreras recibidas en Marín tal día como hoy hace 17 años se antojan, con la dimensión de la tragedia posterior, casi ridículas. Oscilaban entre los 500 y los 1.000 metros. Entraron en el puerto cargadas en camiones y con punto de salida en Santiago de

Compostela. Marín fue el único punto de la provincia que recibió este contingente. Vilagarcía seguía sin ninguna y Vigo contaba con un número de barreras propiedad de su Autoridad Portuaria para un incidente de las dimensiones de los que se pueden dar en el interior de un puerto por un vertido.

Pero las gentes del mar no se habían sentado a esperar la ayuda. Llevaban de hecho ya días tejiendo sus propias defensas. De forma muy activa en el puerto de Combarro, donde a esas alturas ya llevaban confeccionados cuatro kilómetros de barreras anticontaminación artesanales, a base de redes y boyas.

Hacía ya cuatro días que las cofradías trabajaban sin descanso. Mientras los ecologistas solicitaban barreras flotantes de contención para todas las Rías Baixas, los pósitos de Bueu, Cangas, Moaña o Combarro comenzaban a confeccionar sus propias estrategias para contener el vertido.

Desde las cofradías de O Morrazo se urdió un plan para poner toda la flota frente a la mancha vertida por el petrolero en caso de que esta hiciese presencia en la boca de la ría, como así fue a la postre. La estrategia consistía en articular dos líneas de contención utilizando las propias embarcaciones que emplean habitualmente para faenar. En una avanzadilla se colocarían los mejilloneros, que, provistos de contenedores a bordo, recogerían la capa más densa de fuel para después transportarlo a tierra. En una segunda línea, los barcos de bajura utilizarían las redes con una malla más pequeña para contener la mancha. En este sentido, varias cofradías solicitaron a la Consellería de Pesca que les facilitase redes decomisadas por presentar una malla demasiado tupida. El dispositivo continuaría en tierra, donde la empresa Urbaser facilitaría los contenedores para contener los productos contaminantes.

Fueron algunas las voces que tomaron la medida entonces por ocurrencia. Pero cuando apenas unas semanas después el fuel asomó por las islas Ons, este método se reveló como mucho más efectivo que el que ocasionó un coste millonario en contratación de una flota de barcos anticontaminación holandeses, fondeados en las Rías Baixas, pero sin capacidad de acción ante un fuel tan denso que les era imposible succionarlo con sus grandes aspiradoras. Fue, efectivamente, mucho más operativo la recogida con las grúas de los mejilloneros y la cooperación de cientos de pequeñas embarcaciones, donde el fuel se recogía incluso con las manos de los propios marineros.

Pero el 26 de noviembre del 2002 eso no se sabía. Y la Administración aseguraba tenerlo todo controlado y pretendía imponer su criterio sin anticipar el caos que se avecinaba. El cierre de la ría de Pontevedra con barreras flotantes realizadas por los marineros requeriría, ante la hipotética llegada de una mancha de fuel del Prestige, un plazo de 24 horas. Los productores de mejillón de Combarro y Bueu, impulsores de la medida, se vieron obligados a pactarlo con la directiva del puerto. El plazo era necesario para poder advertir con garantía a los barcos que tuviesen Marín como destino. Además, cualquier despliegue con excesiva antelación podría ser fatal para las barreras, tanto las del puerto como las artesanales confeccionadas en Combarro.

En las reuniones y contactos entre Autoridad Portuaria y bateeiros, se acordó que la Administración facilitase asesoramiento técnico para los puntos idóneos de las balizas, e iluminación nocturna, las tareas de control de las redes y barreras o un pasadizo de un cuarto de milla para permitir la entrada y salida de los mercantes del puerto.

Luego todo se precipitó, llegó la mancha, la ría no se cerró, las barreras enviadas por el Gobierno se antojaron ridículas para la dimensión de la tragedia y los marineros, ellos sí, hundieron sus manos en el fuel y pelearon.

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