Vilagarcía, descubrimiento y nostalgia

El escritor dio ayer el pistoletazo de salida a unas fiestas que dedicó a «todas as mulleres que foron o celme desta vila»


vilagarcía / la voz

Decían las previsiones del tiempo que hoy el sol brillará sobre Arousa. Y que mañana las nubes y los claros bailarán, como tantas veces han hecho este verano. Ayer por la tarde, sin ir más lejos, sobre Vilagarcía se sucedían, sin pausa, los cielos plomizos y los de un azul intenso. Contra ese lienzo cambiante lanzó Marcos Calveiro, a las ocho y media, el pregón que marca el inicio oficial de las fiestas de San Roque. Desde el balcón del Concello, mirando a una plaza de Ravella a medio llenar, el escritor sobrevoló Vilagarcía y remontó el tiempo hasta su infancia en Os Duráns, «naqueles hoxe afastados anos setenta». Calveiro dejó hablar a la nostalgia sobre aquel viejo barrio y sobre quien lo habitaba, y lo habita aún en el territorio de los recuerdos. «Lembro a tenda de Marita, o taller de fundición dos Garabáns, a taberna de Sita, o obradoiro dun vello tapiceiro de nome esquecido». «Lembro as hortas, as casiñas baixas e humildes, as eiras onde roubabamos a froita no veráns, os partidos de fútbol nunha rúa sen coches».

Siguió recordando Calveiro. Desde el croar de las ranas en la xunqueira que dominaba el lugar que ahora ocupa la estación de autobuses, a los baños en O Ramal. Desde las tardes de juegos entre los troncos apilados en la estación de trenes, a las sesiones de cine en el Arosa, en el Fantasio o en el Cervantes. Su viaje hizo parada en la farmacia de Bermejo, en los almacenes Simeón, en la biblioteca municipal. Y también en aquellos «domingos de vermú e refrescos no café Central, no Dorna ou no California».

Aquella Vilagarcía, que puede parecernos tan lejana, tan remota, sigue viviendo en quienes, como Calveiro, la guardan en su memoria, «unha fraga húmida e vizosa ateigada de lembranzas que testemuñan unha escena case esquecida no remuíño do noso pasado». Calveiro asegura escribir para «manter no meu interior a aquel neno dos Duráns que fun». Un niño al que el camino acabaría apartando de su barrio, incluso de su ciudad. Aunque no de todo. Porque, «malia a distancia, descubrín outra Vilagarcía, a de García Lorca, a de Sorolla, a de Aquilino Iglesias, a de Plácido Castro». La Vilagarcía «que durante moitos anos os ingleses invadiron pacificamente, transformando as súas rúas, as súas xentes, embebedándose bailando, cantando ou namorándose». La Vilagarcía, en fin, que retrató en O xardineiro dos ingleses. Pero Calveiro descubrió, casi por casualidad, otra Vilagarcía, oculta a pesar de estar bien a la vista. La Vilagarcía de las mujeres. De mujeres que habían sido olvidadas de la memoria colectiva, de los libros de historia. «Milleiros de mulleres que foron o celme desta vila, que loitaron día a día, con esforzo e dignidade, por sacar as súas familias adiante contra vento e marea. Pastoriñas, costureiras, pescantinas, mariscadoras, mulleres das conservas, labregas... Nais que loitaron pola vida dos seus fillos contra os máis poderosos». A ellas quiso entregarles su pregón. A ellas y a Vilagarcía entera, y a los ingleses, y a San Roque. Tras sus palabras, la música de AC DC abrió el camino de la fiesta.

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