Los periodistas no influyen en el voto

Escribir en Vilagarcía era muy descansado porque los políticos no te hacían ni caso


redacción / la voz

En los tiempos del alcalde Javier Gago, si un periodista proponía alguna medida en Vilagarcía y el ayuntamiento la tenía ya prevista, el equipo de gobierno la aplazaba unos meses para que no pareciera que la prensa influía en las decisiones de los mandatarios locales. Era una regla no escrita, pero funcionaba y no estaba mal porque así, los periodistas y los colaboradores de los periódicos no nos engreíamos demasiado y no se nos pasaba por la cabeza algo tan peligroso como pretender cambiar el mundo con nuestros artículos.

Los periodistas tienen poder, pero lo pierden en cuanto lo ejercen. Mientras escriban sin pretender dominar, marcar el paso ni influir en el voto o las decisiones, todo irá bien, pero si pretenden demostrar poderío y marcar agendas, entonces pierden credibilidad y con ella, su capacidad, invisible y discreta, de moderar, moldear y modular.

Escribir en Vilagarcía siempre ha sido muy descansado porque sabías que no te iban a hacer ni caso y eso es bueno porque no te crea responsabilidades excesivas ni cargos de conciencia. Habituado a esa situación, cuando empecé a escribir en la prensa de mi ciudad, Cáceres, me llevé un susto tremendo: hice un artículo sobre su plaza Mayor y la lamentable situación en la que estaba, llena de toldos, sombrillas, sillas de plástico y veladores de colores con publicidad y comparé la situación con otras plazas emblemáticas de ciudades patrimonio de la humanidad, donde el mobiliario de las terrazas de los bares era obligatoriamente de madera o de metal y los toldos y las sombrillas eran de tela blanca sin publicidad.

Pues bien, al día siguiente, el alcalde de Cáceres anunció una ordenanza que obligaría a los bares y comercios de la plaza Mayor a cumplir con todo lo expuesto en aquel artículo. Les aseguro que no sentí ninguna satisfacción, sino mucho espanto. Acostumbrado a escribir con la tranquilidad de que en Vilagarcía no me iban a hacer ni caso, aquella decisión del alcalde cacereño, a quien no conocía de nada, me llenó de responsabilidad. En Cáceres, podría tener la tentación de escribir para cambiar el mundo y yo no quería nada de eso, prefería creer con Voltaire que un periodista no es capaz de tener influencia ni tan siquiera en su propio barrio. Y de tener influencia, que fuera en cuestiones entrañables y sencillas: provocar una emoción, un buen rato, una ilusión...

El pasado 26 de marzo, recibí en mi Messenger el mensaje de una chica desconocida. Se llamaba Teresa Jiménez y me contaba que, en octubre de 1992, me había encontrado con ella en el ascensor de mi edificio de la calle Juan Francisco Fontán (Callejón del Viento). Teresa había llegado desde Cuenca para jugar a baloncesto en el Cortegada, aquel equipo que Siña Abeijón, su capitana, definía así: «En el Inelga somos diez mocosas». Su nombre deportivo era Terry y yo había contado en El Callejón del Viento el encuentro en el ascensor, comentando su educación, sus estudios en el instituto de Carril, su 1.87 de altura, su sonrisa y lo contentos que estábamos los vecinos de la calle con aquella vecina tan encantadora.

Era un artículo sin mayores pretensiones, pero Terry lo recordaba porque entonces era casi una niña, pasaba a veces malos momentos alejada de su casa y de sus padres y aquel artículo la animó mucho y la ayudó a sentirse integrada y a ser feliz en Vilagarcía. Ella y sus amistades llevaban años buscando aquel artículo y, tras encontrarme en Facebook, se atrevía a pedirme si yo podía conseguirlo. Lo busqué en la hemeroteca de La Voz, se lo envié, ella se emocionó, me mandó «un abrazo XXL» (nunca había recibido un abrazo así) y me sentí influyente y poderoso en emociones.

De cuanta trascendencia hayan podido tener mis artículos a lo largo de 33 años, hay un caso que no olvido: el de Lorcho. Se llamaba José Rubianes Buceta, había sido camarero en el café de Poyán y en el Carballinés de Daniel Martínez Briones, había navegado bajo ocho banderas distintas y había acabado siendo funcionario del ISM en Vilagarcía, llegando a presidir el Club de Jubilados de la Casa del Mar en 1996.

José era un hombre muy simpático que me contaba anécdotas de sus viajes en petroleros y mercantes, como la costumbre de los marineros de Vilaxoán de motejar a los oficiales noruegos, daneses y suecos. «A uno de Oslo que llevaba el pelo muy largo, lo llamábamos A Choupina porque se parecía mucho a una señora de Vilaxoán. Un día se enfadó mucho, nos preguntó qué era eso de Choupina, yo le dije que un jugador del Real Madrid y se quedó tan contento. En otro barco noruego, el Bel Karin, el cocinero se llamaba Popeskos, pero los de Vilaxoán lo apodaron Semáforo porque le faltaba un ojo y llevaba unas gafas con un cristal ahumado en el ojo malo y sin cristal en el bueno», recordaba.

Era una delicia charlar con José Rubianes. A finales de los 90, enfermó gravemente y murió. Durante sus últimos días, pedía a su familia que le leyeran el Callejón del Viento por la mañana, cuando estaba más lúcido. Esa es, de verdad, la única influencia que me emociona.

Terry llegó a jugar en el Cortegada, le costaba adaptarse y le ayudó aparecer en La Voz

A José Rubianes, le reconfortaba que le leyeran La Voz durante los últimos días de su vida

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