Miles de kilómetros y una cerveza por el camino

Un cambadés y un ourensano acaban de llegar de Malasia y sus próximos «periplos» serán en Japón y Omán


cambados / la voz

Una hora de conversación y una página de periódico se quedan cortas, muy cortas para dar cuenta de sus historias sobre dos ruedas. Baste decir que Lisardo Quintas lleva veinte años viajando en bicicleta y ha visitado 103 países. Su último «periplo», como le gusta llamarlo a él, ha sido de 1.500 kilómetros por Tailandia, Malasia y Singapur con el que es su compañero de fatigas desde hace tres años, el cambadés Íñigo Silva. Porque, aunque los dos están en plena forma física, después de hacer cien kilómetros al día, se acaba fatigado. «Ao chegar a noite, o corpo pide cama», relata Lisardo. Nada que no se arregle con un buen desayuno y una cerveza al mediodía, y si es Estrella Galicia, mejor que mejor. Claro que eso es un lujo cuando se cruza África o Hispanoamérica. Pese a todo, Íñigo puede presumir de haber bebido una estrella nada más y nada menos que en Sudán, pero esa es otra historia.

La cerveza puede resultar un buen hilo conductor para descubrir las andanzas de este dúo. ¿La más barata que compraron? En Vietnam y en Ucrania, a diez céntimos; ¿La más cara? En Noruega, por no menos de diez euros. Para dos trotamundos expertos en interquinencias -acepción que usan para referirse a las incidencias que le salen al paso-, conseguir una caña en un país musulmán no es nada insólito. ¿Cómo va a serlo después de haber bregado con la maraña burocrática de un sinfín de aeropuertos y aduanas y hasta con controles militares? Para lo que nunca han tenido problema es para conseguir una Coca Cola. Confirman la leyenda: la chispa de la vida llega a los lugares más insólitos. Quizá Sudán se siga resistiendo en favor de la Pepsi, pero si algún producto define la globalización, ese es el refresco de la felicidad. Y el fútbol, por supuesto.

El idioma universal

Nada mejor que sacar a colación a Messi, Iniesta, Casillas o Xavi para ganarse la complicidad de un policía hostil. El Madrid y el Barça forman parte de ese idioma universal que supera fronteras y abre puertas. Incluso el Dépor, en sus buenos tiempos de Primera, era un buen pasaporte en África, según narra Lisardo.

Las televisión, primero, y las nuevas tecnologías, después, han cambiado la geografía humana. «Xa podes ver en calquera país aos rapaces no recreo comendo as mesmas trapalladas ca os de aquí». Y solo en Asia Central se vio Lisardo sin señal de móvil. Aunque para él no es un problema. Este ourensano con casa en Allariz es de los que todavía viaja con planos desplegables. Íñigo prefiere el Google Maps, de modo que el tándem es perfecto.

No siempre es posible cruzar océanos. Entre aventura y aventura entre el Pacífico y el Índico nuestros protagonistas se dan un garbeo por su tierra, disfrutando de los paisajes, de unos percebes y luciendo entre pecho y espalda un contestatario «Asocial». No, no es una provocación, aclaran, son las siglas de Asociación Ciclista Alaricana.

Este detalle refleja el espíritu con el que afrontan los viajes, y la vida. Recorrer mundo les ha dado unas experiencias increíbles, pero sobre todo les ha servido para desacralizar occidente y conocer mejor a la especie humana. «A xente pobre é moito máis feliz, iso vímolo en Tailandia, por exemplo», cuenta Íñigo. Y tira por tierra otros mitos, como que África es un lugar peligroso. «As persoas máis hospitalarias atopeinas en Sudán. Lonxe do que se pensa, o máis perigoso é Sudáfrica. Tiña máis medo aos boers ca os negros».

Al pie de la carretera, cruzando poblados, la realidad es distinta a la que pintan los telediarios, afirma el cambadés. Por supuesto hay que sopesar los riesgos. «Non somos tan descerebrados como para ir a Somalia ou Afganistán, aínda que eu estiven cerca», apunta Lisardo. Pero sacando aquella vez en Kosovo que alguien le recibió pistola en mano o la agresividad de los conductores en Nueva Zelanda, no ha pasado por grandes apuros, sostiene.

Sus paraísos son Cuba y Canadá y su deuda pendiente, Corea del Norte. Todo se pedaleará. De momento, este verano toca Japón, y posiblemente sean tres, porque Jaime, el hijo de Íñigo de quince años, quiere seguir la rueda de su padre. Después, a principios del 2020, Lisardo e Íñigo se irán a hacer la ruta Omán-Emiratos Árabes-Katar-Dubái, y sin planificar demasiado. Se compenetran tan bien que lo dejan casi todo al azar, aunque eso suponga tener que dormir al raso. Es lo mejor del viaje. Lo otro, dicen, es turismo «e nós non somos turistas».

Como si no iban a contar anécdotas tan jugosas como aquella en la que cuando quisieron cambiar 300 euros en la moneda nacional les dieron papel para llenar una bolsa de viaje. O aquella otra, cuando el cambadés se hizo 500 kilómetros en Egipto con una escolta que se le plantó en el hotel y no lo dejó a sol ni a sombra.

Perro y rata en el plato

Y si hay que comer perro, rata o insectos, se comen. Para dos sibaritas de la cocina como ellos, que lo son, es imposible subir el listón de la gastronomía gallega, pero el viaje obliga y hambre no pasan, aunque algún kilo se quede por el camino. Con tres ironman en su haber, respectivamente, y haciendo bici casi todos los días, huelga decir que son grandes defensores del ciclismo. Como deporte y como disciplina de vida. Se mueren de envidia al ver las calles del norte de Europa tomadas por las bicis, «e aquí hai quen colle o autobús escolar para facer 150 metros», se lamenta Lisardo. Este profesor quiere ser ejemplo para sus alumnos -él pedalea a diario veinte kilómetros para desplazarse al instituto-, «pero cos rapaces non hai maneira», se lamenta. Descubrió el ciclismo hace mucho, de la mano de Marcos López, que, casualidades de la vida, es hermano de Fausto, el compañero de Íñigo en su recorrido por África. Hay más coincidencias. Nuestros protagonistas compartieron años de universidad cuando estudiaban Farmacia, pero entonces sus destinos no se encontraron. La bici los juntó dos décadas después.

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