«Limpiando escaleras y pisos he salido muerta, sudando, y en el mar también»

Inés Gómez Fernández, marinera jubilada por enfermedad y aún copropietaria del Nai Alicia, asegura que no cambiaría sus experiencias en la pesca de bajura en el Cantábrico


redacción / la voz

Concluye la concentración del Día da Muller en la Praza Maior viveirense. Ahí, en una cafetería, Inés Gómez Fernández (Viveiro, 1971), quiere hablar «mucho» de lo que ha vivido como armadora y marinera del Nai Alicia, un barco de diez metros de eslora de Celeiro (Viveiro). Su bisabuelo apodado Pes es el único marinero de su familia. Aún así, «desde pequeña, no sé por qué, siempre me atrajo el mar». Al conocer a Javier Díaz, hijo de armadores, su marido, copropietario y también patrón, empezó a palpar «experiencias, vivencias que no cambiaría por nada». No es un lobo de mar en el sentido estricto, pero doce años después, con el barco en venta, una hora le sabe a poco para contarlas.

«¿Qué si trabajar en el mar es más duro que en tierra? Según, limpiando escaleras y pisos he salido muerta de los riñones, sudando... Y en el mar también. Lo malo es trabajar en lo que no te gusta, porque si no lo llevas mejor». Madre de dos hijos, el tiempo le llegaba a poco hasta que hace casi cinco años «me obligaron a jubilarme por una enfermedad congénita». Trabajó con su hermana en un salón de belleza, con su suegra en una pescadería, cuidó niños, limpió pisos, escaleras y playas, fue dependienta, socorrista en verano... «Con 32 años, casada, con mis hijos Javi y Andrea, y trabajando» completó su titulación de marinera con otras también vinculadas al mar.

Tras ser socios en la armadora del cerquero celeirense Modesto Díaz Santiago, su suegro y dueño se jubiló. Dos años después, «hace unos doce», Inés y Javier compraron el Nai Alicia.

Primero colándose a bordo con ayuda de su novio y después con el título de competencia marinera que su suegro le pedía para permitirla embarcar, conocía la pesca como invitada. Hasta que los dos marineros que faenaban desde junio con su marido en el Nai Alicia cayeron de baja, primero uno y después otro. Comenzaban como empresarios y, aunque compraron el barco con la ayuda de sus suegros, debían pagarlo. «No podía desentenderme, el mar me gusta, me duele mi marido y le propuse embarcar». Empezó en septiembre y durante un año «me mareaba todos los días, era horroroso, pero nunca quedé en tierra». Entonces «gobernaba mi casa e iba al mar, hubo algún período en que lo dejé, pero siempre volví».

Más pronto de lo esperado llegaron las vacas flacas a la pesca artesanal, que cuando compraron su barco era «rentable y además ibas y venías todos los días a casa». Pero tocó seguir los pasos del cerquero de la familia de su marido: navegar de Celeiro a Santoña 32 horas en un barco de diez metros para pescar xarda. Con profusión de detalles relata Inés sus recuerdos de una pesquería que ensalza como marinera, aunque personalmente «era un sufrimiento porque dejaba a mis hijos toda la semana».

Ella y Javier a bordo, marinera y patrón, en algo que vivía con tanta pasión «que mi hija decía que nos íbamos de vacaciones, imagínate cómo nos oía hablar. Fui varias campañas, para mí era lo más bonito y lo mejor; lo malo es que no lo decidimos nosotros, no quedaba opción porque empezábamos y teníamos unos pagos enormes pendientes».

Ahora que el Nai Alicia está en venta, «entre otras cosas por cómo está la pesca de bajura con las cuotas y la prohibición de los descartes», Inés ratifica su compromiso marinero reiterando que la flota de artes menores «es la más dañada por leyes que se recrudecen cada vez más, pero a nosotros nadie nos defiende en Bruselas». Ella sí tuvo opción. En el 2016 fue invitada a exponer en el Parlamento Europeo su experiencia y no calló: «Los barcos pequeños tenemos que estar exentos de cuotas y de la prohibición de los descartes, porque así no podemos vivir».

«Gobernaba mi casa e iba al mar, pero el primer año me mareaba todos los días»

«La flota de artes menores es la más dañada por leyes que se recrudecen cada vez más»

«He trabajado como cualquier marinero, nunca me he sentido discriminada»

A Inés Gómez le «dolió mucho» y se sintió «enfadadísima» cuando, en mayo del 2014, «el neurocirujano me obligó a operarme, pese a que le pedí que ese año me dejase ir a la xarda, porque económicamente nos hacía falta y yo disfrutaba». Pasó por quirófano y, en julio, al acudir a la farmacia a por un medicamento, «me dicen que soy pensionista: el Instituto Social de la Marina me había dado la baja de oficio, pero la carta no me llegó hasta septiembre». Ahora admite haberlo «asimilado», pero entonces «me dolió muchísimo, porque me gustaba mucho mi trabajo, nos hacía mucha falta el dinero, pero ya no quedaba opción».

Justo en el Día da Muller, inevitable preguntarle por la igualdad en la pesca: «He ido al mar integrada al cien por cien, nunca me he sentido discriminada, porque nunca he pedido un trato diferente, he trabajado como cualquier marinero y me han visto como un igual».

Pescar en el Cantábrico, en la ría de Viveiro y en su entorno, incluida la Estaca de Bares, puede resultar muy duro con mal tiempo. Inés recuerda «algunos sustos navegando, pero siempre confié en mi marido». Especialmente uno, «con un nordeste muy grande», navegando hacia la Estaca con temporal para recoger los aparejos. «Nunca le había oído decir ‘esto es peligroso, no podemos seguir; vou a contar los mares, agárrate, tenemos que dar la vuelta’. El mar nos sacudía...».

Cuando vendan el Nai Alicia, «del que nos deshacemos con gran pena», se propone seguir vinculada a la pesca. Inés, que le entusiasma, «solo la aconsejaría con un apoyo económico muy grande, porque la recomendaría como manera de vida, pero es vergonzoso cómo está».

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«Limpiando escaleras y pisos he salido muerta, sudando, y en el mar también»