O Tío Benito cumple 45 años en Barrantes

El 8 de marzo de 1972 abría sus puertas todo un templo de la cocina tradicional


El 8 de marzo de 1974 abría sus puertas en Barrantes O Tío Benito. «Entonces alrededor no había nada. Solo estaba nuestra pequeña casa familiar, que decidimos convertir en taberna», recuerda ahora Saladina Abal. Fueron ella y su marido, Camilo Lojo, quienes emprendieron una entonces incierta aventura que, andando los años, se ha revelado más que un acierto.

Camilo acababa de retornar de Venezuela, donde el matrimonio había emigrado. Allí estudió hostelería y trabajó de barman en algunos de los más afamados restaurantes y grandes hoteles de Caracas. Con la llegada del primero de sus cuatro hijos sintió que era hora de retornar. E intentar poner en practica el oficio que mejor conocía. El oficio es el oficio y la sabiduría era mucha, así que no tardo Camilo en conquistar a la clientela. «La clave estuvo en el trato y en el ambiente familiar», comenta ahora Saladina. A su lado, su hija Irene, al frente ahora del negocio, asiente con la cabeza.

Los clientes son de la familia

Irene también cursó en Santiago formación en hostelería. Pero reconoce que su verdadera escuela fue O Tío Benito. «Aquí hacíamos y aquí seguimos haciendo nuestra vida», recuerda Saladina. «Nuestros clientes son como nuestra familia. A ellos hemos dedicado nuestra vida».

No exageran. En O Tío Benito la atención a la clientela alcanza la categoría de devoción. De hecho, no cierran ningún día por respeto a ellos. Recuerda Saladina que hace ya unos cuantos años «habíamos cerrado un día y apareció un grupo de gente que venía a comer desde Santiago. Se me cayó la cara de vergüenza por no poder atenderlos. Y pensé esto no podía volver a pasar». Y no pasó.

A la pregunta de qué es de lo que más orgullosas se sienten de estos 45 años, Saladina e Irene responden al unísono. «De la clientela. Es fiel y muy buena». Les inquiero acerca de cuál ha sido el secreto para conseguirlo. Y de nuevo asoma el argumento del trato familiar. «Comer bien se come en muchos sitios. Pero el cliente cuando viene a comer o a cenar tiene que sentir que no está en una farmacia», comentan. De propiciar ese ambiente acogedor y familiar se encargó desde aquel 8 de marzo de 1974 Camilo Lojo, hoy ya jubilado. «Mi padre nunca quiso lujos», reconoce Irene. El lujo era la limpieza -local y cocina siempre impecables- y el producto con el que se trabaja en cocina. «Id al mercado y comprad siempre lo mejor. No os preocupéis por la caja. Preocupaos por hacer clientes», fue su principal lección.

O Tío Benito conserva en buena medida la esencia de aquella taberna de pueblo que abrió hace 45 años. Incluso en su oferta culinaria. Recuerda Saladina que cuando abrieron el bar no tenían intención de dar comidas. «Sí que hacía callos los domingos y algunas noches preparaba jamón asado o unos pinchos en el horno». Y hete de nuevo ahí que dieron con la piedra filosofal de la gastronomía de O Tío Benito. «Siempre hemos comido en el bar y la gente que nos veía nos decía si podían comer también. Así que empezamos a hacer un poquito más de comida por si acaso, y si alguno de los clientes habituales nos lo pedía le dábamos también de comer», recuerda Saladina. Ahí siguen los callos, los pinchos y el jamón asado. Aunque ya otros platos hayan alcanzado también la condición de clásicos del local como el pulpo con patatas o el bacalao.

El tío que nunca existió

Antes de despedirme pregunto, ingenuo, quién era el tío Benito en cuestión que dio nombre al local. Saladina e Irene de nuevo me desarman con otra lección de sabiduría popular. «No era nadie. No existe». Antes de abrir el bar, Camilo escribió una lista de nombres propios en un papel y se los enseñó a sus amigos para ver cuál era el que más y mejor recordaban. El nombre más recordado fue Benito. Hoy, 45 años después, resulta del todo punto imposible olvidarse ya de él.

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