El Papá Noel que reparte chucherías todo el año

Comercial de una firma de golosinas, Benito Salgado Delgado es el alma máter una Papanoelada motera y de variopintas iniciativas


pontevedra / la voz

De mozo, Benito Salgado Delgado cogió su macuto y salió de su Verín natal para cumplir con la patria en Marín. Pudo ser una estancia temporal; lo justo para hacer la mili en la escuela naval y volver a la tierra del entroido. Pero Marín se le metió hasta el tuétano. Se casó con Mari, con la que se unió en la salud, la enfermedad y las más variopintas actividades. Y ya nunca dejó la tierra marinense. Benito, entre otras muchísimas cosas, es el alma máter de la Papanoelada Motera que mañana rugirá por las calles de Marín repartiendo caramelos a los niños. Se contarán por decenas los moteros que participarán. Entre ellos no faltarán Benito y su mujer Mari a lomos de una Chopper que les encanta. Benito recuerda que además del vistoso paseo lo importante es el lado solidario de la Papanoelada, ya que cada motero que participa dona alimentos.

Salvando las distancias, Benito es un Papá Noel todo el año. No en vano, siempre va con el saco a cuestas de golosinas. ¿Por qué? Porque tras la mili en Marín se empleó pronto como comercial en una firma de aperitivos y chucherías y ahí lleva treinta años. Así que día tras día coge el automóvil y reparte golosinas por los establecimientos de la provincia. Es habitual verle por la zona de Lalín y Rodeiro. No le sobran demasiadas horas a su día. Lo habitual es que llegue a casa con la noche encima. Pero, aún así, tiene tiempo para un sinfín de actividades. La de la Papanoelada, iniciada hace algunos años, es una de ellas. La otra es la moto. Dice que tanto él como Mari son felices a lomos de la Chopper, así que lo habitual es que los fines de semana se den un garbeo largo, como una reciente excursión a O Courel. Eso, cuando no tienen actuación musical.

Sí. Porque tanto Benito como Mari y sus hijos son músicos. Cuenta él que, precisamente, todo empezó llevando a clases a los pequeños. «Aí empezoume a min o gusaniño de tocar algo», dice. Se decantó por la percusión y empezó a tocar con el grupo Retrouso de Cela. Luego, con Mari y otros amigos formaron Os Saljariteiros. Con este grupo lograron algo que a Benito lo hizo bien feliz: «Recuperamos os cantos de taberna en Marín, este ano fixémolos todos os segundos venres de cada mes desde marzo ata xuño, a verdade é que foi moi bonito», cuenta. De bar en bar toca el la zanfoña o el bombo mientras que Mari, más tímida pero igual de activa, pone voz a las canciones. «É algo digno de ver, animo a todo o mundo a vir coñecer os cantos», dice.

Entre el cigarrón y la comparsa

Benito reconoce que no sabe decir que no. Así que simultanea actividades, sobre todo si tienen que ver con las tradiciones, algo que le encanta. De ahí que el 6 de enero ya tenga comprometida la participación en el cantar de Reis o que actúe en un espectáculo de cantares de ciego con su inseparable zanfoña.

Aunque Marín se ha convertido en su tierra, las raíces siguen tirando. Así que, llegado el entroido, desanda el camino y vuelve a su Verín natal. Lo hace, cómo no, para ponerse la vestimenta de cigarrón. «Iso non o perdo por nada do mundo. O meu irmán fai máscaras e eu aquí en Marín na casa teño varias. Levamos o entroido nas veas», indica. Reconoce, no obstante, que de un tiempo a esta parte está obligado a perderse al menos una jornada del carnaval ourensano. ¿Por qué? Por lo de siempre. «Porque me acabei liando con outra cousa máis», dice riéndose. Un día fue a llevar a uno de sus hijos a ensayar con la comparsa de los Solfamidas de Campo Lameiro, ya que les hacía falta alguien que tocara el saxofón «E ao final acabamos cun dous por un, porque eu tamén me quedei a tocar o bombo, así que en Carnaval saio con eles, e con gran gusto», cuenta.

Parece mucha actividad para un solo hombre. Pero Benito enseguida tira de fotos para enseñar que lo mismo se sube al escenario y se pone una capa marrón para los cantares de ciego que se viste de colorines para ir de charanga con los Solfamidas. «Unha tolemia de vida», resume él con entusiasmo. Luego, se prepara para acudir a un ensayo a tocar la zanfoña mientras Mari pone voz a una versión del Rodaballo que los Saljariteiros se inventaron. Y a cantar, que son dos días.

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