«El error más frecuente es enfadarnos nosotros porque el niño se enfade»

El jueves arrancará en Dalle que Dalle una escuela para padres que parece más necesaria que nunca


vilagarcía / la voz

Nathalie Lamarque (Burdeos, 1971) y Juan Manuel Salido (Burdeos, 1968) son psicólogos y llevan doce años en Galicia. Trabajan con los niños y los adolescentes, pero también con sus progenitores. El jueves arrancan una escuela para padres en el Coworking de Dalle que dalle.

Pregunta. ¿Por qué tenemos que ir los padres a la escuela?

Juan Manuel Salido. En la consulta pude observar que atendiendo a los padres obteníamos mejores resultados que atendiendo únicamente a los chicos. Les permitía adquirir cierta soltura a la hora de reaccionar en casa.

Nathalie Lamarque. Nos dimos cuenta de que un padre que entiende lo que pasa en la cabeza de su hijo va a poder guardar la calma mucho más fácilmente y resolver el problema del niño.

P. ¿Cuál es el error más frecuente?

N. L. El error más frecuente es enfadarnos nosotros porque el niño se enfade. Eso no resuelve nada. Lo que sí resuelve es guardar la calma y transmitírsela. Otro error es quizás no prepararnos antes. Reaccionamos en el momento del comportamiento inadecuado del niño. Preparando antes los momentos de tensión, que sucederán y son normales, se resuelven muchos problemas.

P. ¿Cómo se pueden preparar?

N. L. Con rutinas, buscando la solución juntos, incluyendo al niño en la resolución del problema. Así él también se responsabiliza y la acepta mucho mejor.

P. Con los adolescentes la discusión es más habitual...

J.M.S. Es mucho más habitual. Al adolescente le cuesta entender los cambios que está teniendo. Va a tener que construir nuevas referencias, pero no sabe cuáles y eso le angustia muchísimo. Las normas de los padres que recibió siendo niño ya no le valen. Le cuesta respirar el aire de los padres. Y a los padres eso nos genera mucha angustia. El error más frecuente es estar en uno de los dos extremos: o bien mantener o incrementar la rigidez de la infancia, o padres que van a intentar hacerse amigos de los adolescentes. Ellos no quieren que seamos sus amigos, para ellos somos ya los viejos. Quieren una autoridad, pero una autoridad que quieren negociar. El error más frecuente es que no queramos negociar, que seamos o amigos o tiranos.

P. ¿La negociación es buena?

J.M.S. Hay cosas que no se tienen que negociar. Todo aquello que represente un peligro para el adolescente o una violación de la ley no se tiene que negociar. Pero otras muchas cosas sí. Interviene el concepto de límite, pero el límite no es una raya, una línea, el límite es un espacio. Un espacio de negociación. Un ejemplo: «Tú fumas. Te prohíbo rotundamente que fumes porque es malo para la salud». Obviamente, la prohibición total hará que el adolescente siga fumando a escondidas. Negociemos: «Tú sabes muy bien qué pensamos sobre que fumes, pero sabemos que si te lo prohibimos seguirás haciéndolo. Nuestra responsabilidad es advertirte de que eso es malo para la salud y preferiríamos que no lo hicieras. Y en casa no podrás fumar». Vamos con el cuarto. El cuarto es la cueva de la fiera. A veces su desorden es una representación del desorden interno que tiene el adolescente y una forma de provocar a los padres. Uno de los errores que cometemos es hacer intrusión en un espacio que no deja de ser suyo. El espacio común es común y ahí sí se respetan las reglas.

N. L. La negociación puede ser que una vez al mes, por lo menos, el adolescente la ordene.

P. ¿Con los más pequeños también se negocia?

N. L. Sí. Podemos negociar las rutinas. Puede decidir él el orden en el que hace las rutinas antes de irse para cama, por ejemplo.

P. Ahora ha aparecido un nuevo miembro en las familias, el móvil. ¿Cómo lo gestionamos?

N. L. En la escuela de padres daremos una charla específica sobre eso. Se llama la regla del 3, 6, 9, 12. Antes de tres años nada de pantallas, ni siquiera son recomendables los canales de televisión especiales para bebés porque dañan los ojos y al niño no le interesa. Está hipnotizado pero no sigue lo que pasa en la pantalla. Hasta los seis años se pueden ver determinadas cosas en la tele y deuvedés que los niños quieren repetir y repetir. Es muy bueno porque aprenden que las historias tienen un desarrollo, un principio y un final. Antes de los nueve años se pueden introducir los videojuegos, pero siempre con un adulto al lado. Y la tele con un adulto al lado también. Si está solo no sabemos qué entiende de lo que está viendo y si ve algo que le sobresalta, está solo con su emoción. Y eso es muy malo. A partir de los doce, sí que un poco el móvil, pero sin un acceso total a Internet por supuesto.

P. ¿Y eso no es difícil? ¿No puede caer en la exclusión?

N. L. No, no es difícil. Eso es lo que piensan los padres. En Facebook, por ejemplo, no pueden tener una cuenta si son menores de trece años.

P. Pero mienten, está claro.

J.M.S. Muchos tienen varias cuentas. Una para que la vean los padres y otra para que no la vea nadie salvo quienes ellos quieran. Las nuevas tecnologías son un arma de doble filo. Hay muchos peligros: los ciberacosadores, el uso del teléfono puede crear adicción, los juegos online ya ni hablemos....

N. L. Cuando el móvil se vuelve un objeto de poder, los padres lo confiscan.

P. No sé hasta qué punto es bueno eso...

N. L. No, no es bueno.

J.M.S. Permisividad sí, pero con límites. Muchas veces toda la autoridad de los padres se cristaliza en el móvil.

P. Hablemos de los castigos.

N. L. Educar con castigos o recompensas hace que la valoración de lo que hace, al chico o a la chica le venga desde fuera. Intento transmitir a los padres que el chico debe valorarse por sí mismo, que no tema al castigo, sino que tema no poder conseguir lo que se propuso. Su recompensa será estar satisfecho por haberlo logrado. Es complicado llegar a hacérselo entender a los padres porque tenemos mucha costumbre del castigo y la recompensa y nos parece que fuera de esto no conseguimos nada, pero hay otras maneras. Conllevan más dedicación y también más presencia con los chicos.

P. ¿Y el chico se acostumbra a ese cambio?

N. L. Sí. Y se valorará por sí mismo.

J.M.S. Las recompensas y los castigos hacen que los niños vayan manejándose para obtener el máximo número de recompensas y el mínimo de castigos, pero no entiende la utilidad de hacerlo.

«La autoridad en la adolescencia tiene que basarse en el diálogo y la responsabilización»

Las drogas y el alcohol. Otro asunto que aparece en el guion de muchas familias al llegar a la adolescencia. «Los padres tienen que reconocer que el problema no es únicamente del adolescente. El problema no lo tienes tú, lo tenemos todos. A él le alivia que los padres lo reconozcan».

P. La hora de llegada a casa. Otro motivo frecuente de discrepancias.

J. M.S. Sí. La autoridad en la adolescencia tiene que basarse en el diálogo y la responsabilización. Los padres tienen que tener siempre argumentos que demuestren que las decisiones que toman son por el bien del chaval. Si los padres no saben cómo actuar el problema crecerá hasta que le señalen el límite al adolescente.

P. ¿Cómo debe ser la relación con el alcohol y drogas como la marihuana o el cannabis?

J.M.S. Hay padres que fuman porros con los hijos. Eso lo desaconsejo totalmente. Es clave la seguridad interna que haya adquirido el chaval durante los primeros años de su educación. Muchos jóvenes se meten en las drogas o el alcohol para huir de lo que podría ser una presión demasiado fuerte o, al contrario, de una dejadez demasiado importante. Muchas conductas son un llamamiento al límite. No creo que con los adolescentes el enfado sea una cosa adecuada. Lo que sí lo es es el diálogo y la responsabilización. Un paciente joven me decía que fumaba porros porque así se metía en un mundo en el que su madre ya no le tocaba las narices. Y efectivamente, la madre tenía un exceso de autoridad. Hay que intentar ver cuáles son los motivos por los que fuma o bebe, e insistirle en los riegos.

N. L. Cuando el chico llega a casa y está fumado o está bebido no es el momento para hablar con él, aunque sintamos el subidón de enfado o de decepción, porque está en otro mundo. Sí enseñarle nuestro enfado, pero nunca empezar a gritar porque eso no sirve de nada. Sí con calma y tranquilidad al día siguiente. Y nunca empezar con la pregunta, ¿por qué haces esto? El chico va a cabrearse porque ni él sabe muy bien por qué lo hace.

J.M.S. Y hay que apaciguar el enfado, porque el enfado genera enfado. A él le puede parecer en principio que le van a dar una lección de moral, pero le genera seguridad que los padres se tomen un tiempo para conversar. Y ahí es cuando hay que mostrarle la preocupación e insistir con los riesgos, tanto en el plano legal como los de la salud.

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