«Hacerles compañía me levanta el ánimo, salgo de allí y no siento los mofletes de todos los besos que me dan»


vilagarcía / lA voz

Ayudar a los demás acaba siendo una autoayuda. Y si no que se lo pregunten a Mari. Ella es una de las voluntarias de Cruz Roja y lleva cuatro años visitando la residencia de ancianos Divina Pastora. «Al principio no estaba muy animada. Era un momento de mi vida en el que disponía de tiempo, pero estaba algo desganada. Cuando me dijeron que podría haber un hueco con los mayores dije: ¡Eso es lo mío!» Y no se equivocó. Cada jueves es una alegría para Mari, reconoce que a veces «no hay muchas ganas de salir de casa», pero estar con ellos le devuelve la sonrisa. Dice que es un público más que agradecido. La relación suele ir más allá que la de voluntario y usuario, se vuelven confidentes. «Hablamos mucho. Bueno, ellos hablan mucho y a mí me encanta escucharlos. Cuentan desde anécdotas de juventud hasta problemas y preocupaciones que les rondan por la cabeza». Quizás por esa unión que se acaba forjando, lo más difícil sea verlos marchar. «Sé que es ley de vida, pero bueno, algún jueves llegas y falta una cara conocida». Nuestra protagonista acaba de encontrar un nuevo trabajo y teme que peligren sus visitas a la Divina Pastora, por eso intentará hacer lo imposible por sacar una hora y media semanal para dedicársela a quien tanto cariño necesita.

Hace falta más personal

Mari no cambia la experiencia der ser voluntaria por nada del mundo. «Salgo de allí feliz. Me duelen los mofletes de todo los besos y caricias que me dan». Por eso invita a que más personas se animen a sumarse al voluntariado. Asegura que es una experiencia de las más gratificantes que ha tenido en su vida «Al principio es como todo, tienes que adaptarte. Pero enseguida se coge ritmo, y solo ver sus caras de felicidad porque les hagas compañía, no tiene precio», indica la mujer.

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«Hacerles compañía me levanta el ánimo, salgo de allí y no siento los mofletes de todos los besos que me dan»