Aulas que vieron pasar a sagas familiares de abuelos, hijos y nietos

Ramón Padín estrenó el centro cuando aún se escribía en pizarra; la tercera generación usa pantallas digitales


cambados / la voz

La familia Padín es un buen exponente de la evolución que ha tenido el colegio Antonio Magariños de Cambados. Lo estrenó Ramón Padín Vieites en 1967, su hijo Ricardo Padín Charlín empezó allí la EGB en 1985 y el tercero de la saga, Brais Padín Pouso, termina hoy quinto de Primaria bajo el mismo techo que sus mayores. Son historia viva del primer colegio de enseñanza graduada que hubo en Cambados y, por supuesto, cada uno tiene la suya.

Los recuerdos de Ramón nada tienen que ver con los de su nieto. Quizá lo que menos ha cambiado en medio siglo haya sido el centro. Se hicieron mejoras, por supuesto. Ahora hay un pabellón y un patio cubierto, en la entrada del colegio ya no se forma una polvareda y los viejos pupitres de madera hace años que quedaron aparcados. Pero el edificio sigue siendo reconocible tal y como se estrenó hace cincuenta años.

Los principales cambios se produjeron en el modelo pedagógico. La didáctica era muy diferente entonces, y los métodos, también. Ramón no esconde su resentimiento contra algunos profesores que tenían la mano muy larga y sacaban la vara con demasiada facilidad. «Facíanse moitas salvaxadas», señala. Tiene reproches para Antonio Magariños, aunque reconoce su valentía a la hora de defender los valores republicanos y leer y escribir en gallego en clase, algo que por entonces no era bien visto.

La época del «Cara al sol»

Pero es de otro profesor, Luis de Sa, del que guarda mejor recuerdo porque, con él, ir a la escuela no le resultaba tan duro y porque el hecho de haber estado preso despertaba su solidaridad. «

E que eu vivín a época de cantar o Cara ao sol

».

Para Ramón, como para casi todos los chavales de su edad, el Magariños supuso su último contacto con los estudios. A los catorce años, en cuanto obtuvo el certificado de estudios primarios, se puso a trabajar. Entonces no le gustaban los libros, había que ayudar en casa y sus problemas con la vista le empujaron a tomar ese camino. Hoy piensa que, si pudiera volver atrás, le hubiera gustado haber sido profesor de Historia.

Quizá vea colmado ese deseo a través de su nieto. A Brais la asignatura que más le atrae, con el permiso de la Educación Física, es la de Ciencias Sociales. «Neste curso primeiro estudamos o espazo e logo a Idade Media e a Idade Moderna. Gustoume moito», comenta. Y a sus diez años ya tiene claro su futuro pasa por la Arqueología.

El pequeño se ríe cuando escucha a su abuelo contar como sonaban las bofetadas en clase o que había escribir en la pizarra. No hace tanto de eso, pero a él le suena casi a ciencia ficción. Por supuesto, en el cole ya no pegan y las tizas han sido sustituidas por pantallas digitales.

Otros juegos, otra vida

Han cambiando también los juegos. Los compañeros de clase eran los mismos de la pandilla con la que quedaban para jugar a las chapas, a los trompos o a aquel temerario «huevo, pico, araña» que tantas espaldas soportaron. «

Hoxe polas tardes están cheos de actividades extraescolares, é demasiado

.

Os amigos eran os mesmos que os da escola, pasabamos moito tempo xuntos»

, recuerda Ricardo, al que le tocó la época de don Paco, don Juan, don Pedro... «

Non me lembro dos apelidos, e que daquela aos profesores lle chamabamos así».

 

Para entonces, en los años ochenta, niños y niñas compartían aula, porque, al principio, en el Magariños todavía se hacía la separación por sexos; los chicos estaban en una clase con Don Clemencio y las chicas, en otra, con Carmen Brañas.

Lo que no ha cambiado tanto es esa rivalidad eterna entre el Magariños y el San Tomé. «Iso non só pasaba cos colexios, era algo que viña dos barrios; os de Fefiñáns eran os señoritos e os de San Tomé, eran outra cousa, era o barrio dos mariñeiros», cuentan. Aunque depende. Ramón, viviendo al norte de Catro Camiños, trabajó en el mar durante veintidós años, hasta que decidió quedarse en tierra y conducir un camión. Y su hijo Ricardo también fue marinero hasta que a los 24 años tuvo que dejarlo por una lesión de espalda.

No parece que Brais vaya a seguir estos derroteros, aunque el mar no le es ajeno. Para algo está su abuelo enseñándole a hacer esas maquetas de barcos en miniatura que tanto le gustan.

Hoy comida de despedida y en julio se presentará un vídeo y un libro

Por cuestiones de trabajo, la saga Padín no podrá estar hoy al completo en la comida que ha organizado el colegio para despedir el curso y, con él, las bodas de oro del centro. Pero sí habrá representación de la familia porque Brais irá con su abuela, que también fue alumna. Ese es el espíritu de la comida; reunir a varias generaciones, a aquellos que construyeron medio siglo de historia de un colegio que ha marcado la vida de miles de cambadeses. No obstante, con la empanada no se acaba todo. Queda pendiente el estreno de un vídeo conmemorativo y la presentación de un libro escrito por Antonio Magariños Compaired, nieto del maestro que da nombre al centro, sobre el propio colegio y las escuelas que le precedieron, como la del convento y la cofradía.

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