Nacho Salorio vuelve a casa a través de su pintura

El Pazo Municipal de A Coruña exhibe una selección de su obra

El comisario con algunas de las obras de la muestra
El comisario con algunas de las obras de la muestra

vilagarcía / la voz

Han transcurrido siete años desde que Ignacio Salorio del Moral (A Coruña, 1948-Carril, 2011) se fue. Se apagó en una madrugada de julio, de desamparo, orballo y brumosa incredulidad a orillas del mar de Arousa. Resultaba entonces muy difícil asumir que alguien tan comprometido con la vida de repente no estuviese. Pero el tiempo ha hecho su trabajo y, lejos de la tentación del olvido, le ha sentado muy bien a su recuerdo. Poco importa si la memoria se despliega sobre su labor como abogado laboralista desde el bufete de Españoleto 13, en Madrid, peleando contra la siniestra molicie franquista, o apunta al Loxe Mareiro, el refugio que supo construir en complicidad con su compañera, la feminista Emilia Graña, primero en Sada y a continuación en Carril, cuando pudo dedicarse plenamente a la pintura y a la cocina.

Nacho pintaba siempre y sobre cualquier cosa. De las muchas vías que encontró para expresar su manera de ver esto que somos y nos rodea y hemos convenido en llamar mundo, ninguna más directa. Desde mañana hasta el 29 de julio, la sala de exposiciones del Pazo Municipal de A Coruña da posada a una selección de su incesante trabajo con el color y las formas. Emilia ha contado, en su gestación, con la lúcida colaboración de Juan Ignacio Macua de Aguirre. «Hemos tratado -explica el comisario de la muestra- de no abrumar, de que cada cuadro se justifique y de reflejar ese cariño por la mar que él tenía, así como el compromiso que siempre mantuvo a lo largo de los años, igual que en su primera época como abogado».

Diálogo íntimo

Pequeño y gran formato, óleos, tablas, diversas técnicas y algo muy especial: «Dos vitrinas con sus cuadernos, que de alguna forma recogen su concepto de la pintura incluso mejor que sus cuadros, en un diálogo muy íntimo a través del que contaba sus cosas día a día». El color es vital, alienta su obra y en esto Juan Ignacio no duda: «El trazo no le interesa, como tampoco la técnica en sí misma, sino como herramienta, pero en la viveza de la luz, en el color de fuego, es hijo claro del fovismo». Pintura amistosa, con los amigos y para los amigos, preocupación constante por el bienestar de los demás, compromiso, un fraseo de Coltrane, espuma de mar, algo de bronca y una botella de vino para compartir. Nacho no necesita más equipaje para volver a casa.

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