Unas vacaciones gallegas para niños de Ucrania

Una oenegé trabaja para que un grupo de rapaces de orfanatos e internados puedan disfrutar aquí en verano


vilagarcía /la voz

Anastasia tiene la mirada azul. Con sus bonitos ojos, esta niña de trece años ha visto la peor cara del mundo. Nació en una familia pobre y desestructurada en un país pobre y desestructurado. En un país en guerra. Al igual que sus hermanos, ha crecido en un internado, a unos pocos kilómetros de la tierra maldita de Chernóbil. Pero Anastasia sonríe. En 2017, la vida le dio una oportunidad. Ella y Nykola, su hermano pequeño, pasaron el verano en Galicia, en la casa de Enrique y Julia. Ella acaba de volver aquí: su familia española se ha empeñado en abrirle la puerta del futuro y está preparándolo todo para que el año que viene pueda estudiar aquí. El pequeño Nykola espera impaciente su turno: el 2 de junio vuelve a Galicia, donde disfrutará de un largo verano. Este año no llegará solo: al menos catorce rapaces más viajarán desde Ucrania para pasar unos meses en esta esquina verde en la que «no nieva nada, pero llueve mucho», a juicio de Anastasia.

La horrible espera

En estos catorce milagros tienen mucho que ver Enrique y Julia. Esta pareja lleva años queriendo hacer algo por los niños de Ucrania. De ese país llegó, siendo niña, Nyka, su hija. Ella ha crecido, y sus padres han decidido seguir ayudando a los miles de niños que viven sin oportunidades ni esperanza. «Llevábamos mucho tiempo pensando qué podíamos hacer, dándole vueltas. Y finalmente decidimos asociarnos a una oenegé, Niños de Ucrania en Andalucía, de la que estamos en proceso de constituir una delegación en Galicia». Su trabajo ha dado sus frutos, y ya hay muchas familias preparándolo todo para ofrecer a los niños ucranianos un verano feliz. Aunque hay un problema. O, más bien, dos. «Hay dos niñas para las que aún no tenemos casa. Tenemos los papeles arreglados para que puedan venir, pero necesitamos familias», explica Enrique. Es urgente. «En uno de los casos, la niña sería la única de sus hermanos que no podría venir. Y en el otro, se trata de una chiquilla que el año pasado no pudo venir porque el día que tenía que marcharse, su tía se lo impidió», relata.

Habla con urgencia. Es importante, dice. «Las familias son seleccionadas, obviamente. Pero el requisito fundamental es querer ayudar a esas niñas», recalca. Y es que «lo que necesitan estos rapaces es cariño. Como no tienen nada, no echan nada de menos».

Los rapaces que llegarán a Galicia a principios del próximo mes apenas saben hablar español. Pero aprenden pronto los rudimentos de esta lengua, dice Julia. La oenegé ha preparado las cosas para ponerles las cosas fáciles a las familias de acogida. Educación permitirá que vayan al colegio durante las últimas semanas del curso para «por lo menos aprobar el recreo» y, sobre todo, para relacionarse con otros rapaces. También hay un convenio con el Sergas que garantiza la atención sanitaria a los recién llegados. «Y se van a organizar actividades conjuntas, además de que la oenegé tiene a disposición de los acogedores monitores, una psicóloga y una intérprete», detalla Enrique.

Saben que tomar la decisión de acoger a un niño durante un verano no es una decisión que se pueda tomar a la ligera. «Hay que tener disponibilidad y posibilidad de atenderlo». A la familia acogedora le corresponde hacer frente al traslado del niño desde Madrid a Galicia, y a un seguro. Pero, más allá de las cuestiones económicas -que pesan, y pesan mucho- hay muchas otras cosas a tener en cuenta. «Mucha gente se pregunta qué sentirán los niños al volver a Ucrania al acabar el verano. ¿Cómo van a pasar el invierno allá después de haber estado en verano aquí? Pues lo pasan bien, precisamente pensando en que van a volver. Les da fuerzas», asegura Enrique.

Él estuvo en Ucrania hace unas semanas, formando parte de una embajada que viajó hasta allí para hacer entrega de ayuda humanitaria. «Recorrimos tres mil kilómetros y repartimos 30.000 euros. Con 6.000 euros compramos dos casas con huerta para dos familias que estaban en situación crítica -familias con once miembros viviendo en una habitación-. El resto lo gastamos en comida y en animales de cría», relata Enrique. Julia, a su lado, toma la palabra. «Hay que pensar que el sueldo medio en Ucrania es de 72 euros. Comprar una casa de ladrillo con una hectárea de terreno cuesta 3.000 euros. Con muy poco dinero se le puede arreglar la vida a una familia», relata. «Quien quiera echar una mano y no pueda acoger a un niño, puede realizar donaciones. Lo que aquí es muy poco, allá puede resultar muchísimo», apuntan.

La fruta y los mejillones

Anastasia los escucha hablar con su mirada azul bailando de uno a otro. Todos los niños que ella conoce «están muy contentos de venir a España». De hacer pequeños grandes descubrimientos, como los embutidos rojos. De darse un buen banquete de fruta -en su país, un plátano es un lujo-. Aunque, a ella, lo que más le gusta de Galicia son los mejillones. «Le encantan, es una gran comedora de mejillones», dicen Enrique y Julia al unísono. Anastasia ríe. Y su sonrisa nos devuelve cierta confianza en este mundo de locos.

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