Un niño cambia las reglas de la piscina

Yago, de 7 años, logra que se adecúe el vestuario masculino de la instalación de Vilagarcía a pequeños de corta edad


vilagarcía / la voz

De la mano de Julio Verne, Yago está en pleno Viaje al centro de la tierra. Le gustan ese tipo de libros: novelas de aventuras y de piratas en las que es fácil aprender lo que está bien y lo que no. Le gustan tanto como ir a la piscina para convertirse en un buen nadador. Todos los jueves por la tarde, este rapaz acude a clase en las instalaciones municipales de Vilagarcía. Allí rige una norma: a partir de los siete años, los niños no pueden cambiarse en el vestuario femenino. Y, aunque hay muchas familias que se saltan ese mandamiento, Yago no es de esos. «Cuando empezó el curso aún no había cumplido los siete años, pero dijo que prefería irse ya al vestuario de chicos», cuenta Griselda, su madre.

Pero, nada más estrenar su independencia, el niño se topó con un problema. Un pequeño-gran problema. «En el vestuario de mujeres hay percheros colocados a una altura a la que las niñas les llegan sin problemas, y yo pensé que en el de chicos pasaría lo mismo», cuenta Griselda. Pero se equivocaba. Durante dos meses, Yago rumió el problema sin hablar de él con nadie. «Cuando me ducho, tengo que colocar la toalla en donde se pone el jabón, y se me cae todo». Fue a fuerza de ver la toalla empapada y a su hijo vestido sobre mojado como en casa descubrieron el pequeño-gran problema: Yago no llegaba a los colgadores. Así que la familia entera se puso a discurrir qué podían hacer. «Lo primero que se le ocurrió fue llevarse un colgador de casa, de los que son adhesivos para poder colocar la toalla», cuenta la madre.

Pero eso no era una solución, era un parche. Así que, tras volver a darle un par de vueltas a la situación, Yago decidió escribir una carta al director de la piscina municipal de Vilagarcía planteándole su problema. «Le ponía cómo me llamo, que tengo siete años, y le pedía por favor que pusiese un perchero para niños en el vestuario masculino», resume Yago aquel escrito.

Javier Magariños, el director de Serviocio en Vilagarcía, recuerda perfectamente cuándo le llegó la carta. «Era una hoja de reclamación que habían cubierto los padres y que llevaba grapada la carta, escrita de puño y letra del niño en una hoja de un cuaderno», cuenta. Tras leer la historia del pequeño, no tardó en darse cuenta de que Yago tenía toda la razón del mundo. «De hecho, hemos encargado a nuestro proveedor un colgador. En estos momentos no está disponible, pero en cuanto llegue lo colocaremos a una altura adecuada». Y será entonces, explica Javier Magariños, cuando sea él quien escriba una carta a Yago, también de su puño y letra, «para agradecerle que nos avisase de ese detalle, porque gracias a él podremos corregir algo que no estaba bien y de lo que no nos habíamos dado cuenta».

Yago espera paciente a ver qué sale de una aventura que, al principio, lo ponía un poquito nervioso. «Tenía miedo de que no lo dejasen volver a la piscina», recuerda su madre. Pero no solo volverá, sino que habrá logrado convertirla en un sitio mejor para él y para los demás niños. Y habrá aprendido una gran lección: a los problemas hay que plantarles cara.

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