Un alemán volador que ya es gallego al 95 %

Enseña a volar con parapente y, tras media vida en Galicia, bromea con que solo le queda un 5 % de germano


pontevedra / la voz

Un día, un técnico visitó la casa de Jurgüen Bott, un alemán afincado en Quinteiro, en la parroquia pontevedresa de Bora, para arreglar la lavadora. El profesional la dejó por imposible, dijo que el aparato estaba inservible. Pero la respuesta no convenció a Jurgüen. Echó horas y horas dándole vueltas a la lavadora, la desmontó por completo... y la arregló. Dice su compañera de vida, Elena, que él es así; capaz de arreglar con sus manos todo lo que se proponga, sobre todo si se lo toma como un reto. A su lado, Jurgüen, reservado y de gesto serio, replica que no es para tanto. Pero acepta lo de que le van los retos; lo de alcanzar metas y no caer en la monotonía. Una de esos objetivos le persigue desde pequeño: él siempre quiso volar. Fue niño de cometas. Y, cuando se hizo mayor, descubrió el parapente, que hoy por hoy centra su mundo laboral. Lleva encima unos 1.400 vuelos en biplaza y perdió la cuenta de los que realizó en monoplaza. Es, sencillamente, un volador nato.

Jurgüen llegó a Galicia con 28 años. Vino a ver a unos amigos germanos a los que les había fascinado el paisaje y la vida gallega y acabó, como ellos, queriendo quedarse. En Alemania se dedicaba a hacer cerámica de forma artesana y venderla en distintos mercados. Y durante años hizo lo mismo en Galicia. En una feria de artesanía un compañero le descubrió el arte de soplar vidrio. Y se propuso especializarse en ello. «Digamos que soy bastante autodidacta. Esa persona me enseñó la técnica y a partir de ahí fui perfeccionándola», indica.

De sus manos y de su taller de Bora salieron tantas copas de vidrio como historias. Porque la suya, como toda la artesanía bien hecha, tiene detrás un proceso de meditación y elaboración. «Son objetos con alma», señala. Jurgüen reconoce que se topó con un problema básico: la falta de demanda. Aguantó un tiempo considerable. Pero al final decidió dejar el soplete y centrarse en esa pasión que llevaba dentro desde pequeño; la de volar.

 Un club y una escuela

Lo cuenta sentado en el sofá de la casa donde vive, una vivienda rodeada de verde y llena de luz, y acompañado de Elena. La presencia femenina no pasa desapercibida. Porque, a menudo, Elena remata las frases que Jurgüen comienza o ella misma inicia la charla para que él la secunde. No es que él esquive preguntas. Las contesta todas. Pero no se explaya, como si le costase abrirse. No es un problema del idioma, que controla a la perfección aunque en casa decidieron hablar alemán para que su hija fuese bilingüe. Es que a Jurgüen no parecen incomodarle los silencios. Es de reflexionar antes de hablar. De pensarse las respuestas. Incluso puede levantarse, hacer algo y luego responder a lo que se le pregunta. A uno le da la sensación de que cumple bien con el tópico de alemán de rictus serio, callado. Pero Elena, que comparte vida con él desde hace 25 años, dice que no. Que él es prácticamente gallego. «Se le pegó nuestro carácter», indica. Ambos cuentan que sus amigos bromean con que, en realidad, solo le queda un 5 % de alemán, que el 95 % restante es ya gallego.

Indica Jurgüen que siempre le interesó volar. Y que, hace un cuarto de siglo, como aquí no había opciones para la práctica con parapente, se sacó los títulos correspondientes, fundó primero un club y luego, en Cerdedo, una escuela municipal que aún funciona. Aprendió también a arreglar parapentes. Hoy en día se dedica tanto a enseñar a volar como a la reparación de los aparatos, o a importar material de vuelo. ¿Qué siente cuando levanta los pies de la tierra? «Lo que me gusta de volar es que tienes que estar muy concentrado en lo que estás haciendo y por lo tanto te olvidas de todas las preocupaciones», dice él. «Tiene mucho de meditación», añade Elena.

Jurgüen es especialista en vuelos biplaza y señala que es impresionante, sobre todo, ver la reacción de quien se baja de su primer vuelo en parapente. «La gente siente muchísima paz», cuenta. Ayer mismo, si la meteorología lo permitía, iba a volar desde Oia, uno de los sitios fetiches para esta práctica. Señala que Galicia, desde las alturas, suele verse impresionante, sobre todo la zona de costa. Nunca logró que Elena se subiese con él a un parapente. «Es un poco ridículo, teniendo en cuenta que seguí muchos vuelos, pero no me interesa volar», dice ella. Luego, con humor, la muer cuenta que hicieron un trato: «Le dije que volaría con él el día que él viniese conmigo a un curso de baile latino. Hay quien dice que hice ese trato porque está claro que él en su vida a bailar absolutamente nada». Él la mira de reojo, resopla y una tímida sonrisa se refleja en su rostro. Aunque lo hace poco, cuando se ríe, se le ilumina la cara de ojos grandes que tiene y su imagen parece la de un hombre feliz con sus pasiones que, al fin y al cabo, son también su vida.

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