La ingeniera feliz que ayuda dando clases gratis

Elena colabora con Meniños y ofrece apoyo escolar a niños o adolescentes de familias en riesgo de exclusión


pontevedra / la voz

Cantaba un desenfadado Loquillo que él para ser feliz le bastaba con un camión. Y creería el roquero que era poco. Pues debe saber que hay quien se conforma con bastante menos, quien asegura que no le hace falta prácticamente de nada para «ser muy feliz». Esa es Elena Español, una viguesa afincada desde hace muchos años en Pontevedra cuya vida daría para varias decenas de titulares. Porque todo en ella es bastante especial, irreverente incluso. Se queda con ella para una entrevista a cuenta de que es voluntaria de Redeaxuda. Concretamente, colabora con Meniños, dando clases de forma gratuita a niños o adolescentes de familias en riesgo de exclusión. Pero la charla no se queda ahí. ¿Quién no querría saber más de la vida de una mujer que empieza contando que a los dos años se marchó a dar una vuelta en solitario por su calle del centro de Vigo, mientras su madre buscaba desesperada a la bebé que todavía era?

La anécdota de esa traviesa Elena nos sirve para que empiece a contar su historia, que tiene mucho que ver con la de su familia. Porque la madre de Elena, aunque seguramente entró en pánico cuando ella se marchó a explorar a los dos años, no la recibió ni con gritos ni con una reprimenda. Lo dejó pasar. Como si no quisiese cortarle las alas a la pequeñuela. Eso sí, le puso un pestillo alto a la puerta. Cuando ella logró encaramarse para abrirlo, la madre decidió que había llegado la hora de sentar a Elena al piano «para evitar que siguiera haciendo travesuras». Eso le hizo descubrir la música que ya tocaba buena parte de su familia y aprender a ser disciplinada. «Cuando tocas, ves que si repites una cosa una y otra vez te acaba saliendo, es una disciplina. Si eso lo aplicas a otras materias de estudio, lo tienes hecho también».

Investigadora en distintos sitios

Aunque insiste en que fue traviesa y que se dejó seducir por la movida, Elena fue también una buena estudiante. De las que podían salir hasta las tantas -agradece infinito que nunca le pusieran trabas para hacerlo, que la libertad fuese una asignatura obligatoria en su familia- pero luego aprobaba sin problemas. Estudió con becas Biología e Ingeniería Química. Hizo una tesina sobre el besugo. Y fue investigadora en diversos ámbitos. Por ejemplo, estuvo en Alemania y Canadá con un proyecto de biología molecular. Cuando se marchó al país germano, para el que solo tiene buenas palabras, se fue dejando aquí a su marido y «con treinta lecciones de alemán de Planeta Agostini, nada más». Estudió el idioma y, como ella dice, dio «cuenta del recado». En su currículo figura también el paso por empresas como Elnosa o Ence, donde se encargó de las evaluaciones de impacto ambiental. Y el haber trabajado en el Centro de Investigación Forestal de Lourizán, con un proyecto sobre los árboles más resistentes al frío.

Desde hace un tiempo Elena es autónoma. ¿Qué hace? Diseña jardines y elabora restauraciones paisajísticas. Eso, dentro de lo que sería su horario laboral. Fuera, un mundo de cosas. Desde mermelada de camelia a calceta pasando por las reivindicaciones de todo tipo. Sí. Hay que decirlo así. Porque Elena ejerce de rebelde. No mira para otro lado en cuanto algo no le gusta. Veamos un ejemplo. Cuenta que donde vive escuchaba ensayar a una pianista. Y que otros vecinos protestaban por el ruido. Ella se encargó de hacerles callar. Gritó por el patio que la música era arte, que era paz. Hay muchos más casos. Para al alcalde, a Lores, por la calle para insistirle en cosas que hay que cambiar en Pontevedra. E incluso se metió en política: está en UPyD.

En ese afán suyo por no mirar para otro lado, un día se topó de frente con Redeaxuda. Algo le llevó hasta esta red de oenegés. Fue en Meniños encontró algo en lo que podía ayudar: «Decidí darle clases gratis a jóvenes que les hiciese falta». Lleva varios años. Dice que la experiencia es gratificante. Pero también dura: «Te das cuenta de que hay niños y jóvenes que pasan por barbaridades. Pero también ves que a veces puedes ayudar, hacer que adquieran hábitos y disciplina de estudio», indica ella. Se deshace en elogios para los técnicos de Meniños, dice que «su paciencia es infinita y maravillosa».

En el avión de los celestes

Elena, que debe ser inquieta hasta cuando duerme, también sabe disfrutar de la vida. Le gusta la música, el cine, el arte, una buena canción de los Rolling Stone, escuchar a Beethoven y, por supuesto y ante todo, el Celta de Vigo. Ahí otra de las curiosidades de esta mujer. Cuenta que desde pequeña su padre la llevaba a Balaídos, y que nunca dejó de acudir a animar a los celestes. Es más, durante un tiempo, y gracias «a un amigo», solía viajar en el autobús de los jugadores a los partidos fuera de casa. Viajó con ellos a encuentros de la UEFA, estuvo en el mismo avión que ellos cuando le tosieron al Liverpool o al Aston Vila. De hecho, uno de los partidos que más le emocionó fue el de Anfield. No es fácil sonsacarle anécdotas de los celestes. Se acuerda de Manolo. Pero dice que «cada uno iba bastante a lo suyo». Sí se le vienen a la memoria técnicos como Víctor Fernández. Cuenta una anécdota de un viaje en el que el comandante la conocía de su época universitaria y quería llevarla a la cabina. Ella le pidió que mejor metiese a los jugadores en ella. Y acabaron todos allí. Lo cuenta y se ríe. Se ríe de eso y de muchas cosas más. Dice que es feliz a cada minuto. Y que el día que no lo sea será porque se haya muerto. ¿Cómo lo logra, cómo logra disfrutar tanto? «Porque tengo claro que la vida son dos días, y mañana es domingo», remacha.

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