«Veo a los refugiados y me veo a mí»

Prudencia Martín, de familia republicana, relata a sus 90 años cómo escapó siendo niña de dos guerras


pontevedra / la voz

Prudencia Martín Hernández recibe en su casa de la Rúa de Cobas de Pontevedra. «A ver, ¿qué quieres que te cuente?», dice con una sonrisa mientras se acomoda con dos cojines en el sofá del salón. A sus 90 años y aunque lleva 53 en Galicia no ha perdido el acento vasco que delata su origen y del que se siente muy orgullosa. Las peripecias que vivió junto a su familia republicana siendo una niña las tiene muy presentes. Ayuda, sin duda, su buena memoria y que es una mujer fuerte y positiva. De esas de tirar para adelante siempre. La Guerra Civil, primero, y la Segunda Guerra Mundial, después, provocaron una huida con sus padres y sus siete hermanos por España y por varios países europeos para salvar sus vidas.

«Yo tenía 10 años cuando estalló la Guerra Civil. Vivíamos en un pueblo de Guipúzcoa. Eran las fiestas de San Fermín. Estábamos mirando los fuegos y alguien gritó ‘‘Ha estallado la guerra’’. Recuerdo a los hombres con palos y escopetas», relata. Ahí empezó todo. Cuenta que el cambio obligado de residencia comenzó en Bilbao, «donde estuvimos evacuados dos años». «Después fuimos a Asturias, también evacuados a Arriondas. De ahí, a la provincia de Barcelona, a Roda de Ter, donde estuvimos otro año».

Prudencia, al igual que sus hermanos, fue una niña de la guerra. El drama de los refugiados que hoy saca los colores a Europa se parece demasiado a lo que ella vivió hace ochenta años. Tanto que cuando ve las imágenes en la televisión se ve a ella y a los suyos. «Veo a los refugiados y me veo a mí. Lo que vivimos es igual que ahora con los refugiados. Familias que escapan con lo puesto dejando todo atrás», señala.

Sigue el viaje

De Cataluña la familia se trasladó a Francia. «Las cosas estaban feas y fuimos a Francia porque allí teníamos familia. Las carreteras y los transportes no eran como ahora. Anduvimos mucho e íbamos atados con una cuerda para no perdernos». Prudencia recuerda que en el país galo vivieron «bastante bien», aunque allí murió su padre de una angina de pecho. El estallido de la Segunda Guerra Mundial y la invasión alemana de Francia vuelve a complicar la situación de la familia. «Éramos refugiados y teníamos una tarjeta. Nos metieron en un tren, íbamos muchos hombres, mujeres y niños. Había de todo, maestros, médicos... Teníamos miedo porque no sabíamos a dónde íbamos, se suponía que a Rusia». Pasaron por Italia, Berlín y Austria. «De Berlín recuerdo una estación preciosa, y de Austria, un teatro. Había gente que solo tenía piel y huesos y muchos hombres vestidos de presidiarios, de gris y blanco».

La familia no llegó finalmente a Rusia. Prudencia asegura que aquel tren dio vuelta y que después de andar mucho y pasar mucha hambre alcanzaron Irún, la frontera entre España y Francia. Era el año 1942. «Cuando vimos a la Guardia Civil nos pusimos a temblar», sentencia. De vuelta en la España de la dictadura les tocó empezar de cero. «Nos fuimos a otro pueblo, Pasajes San Pedro, cerca de San Sebastián, y montamos una fonda. No había que comer, pero íbamos tirando. Recuerdo una Nochebuena que no teníamos que comer pero cogimos dos tapaderas para hacer ruido como si hubiera fiesta». Dice que Gregoria, su madre, fue una luchadora.

Vivencias y anéctodas darían para varios libros. Rememora una visita de Francisco Franco: «Un guardia me dijo que o levantaba la mano derecha o que me encerrara en un portal, y me metí en un portal». La abuela Pruden, como la llaman sus nietos, ya no sueña con aquellos años. «Era muy niña y lo tengo grabado como una película, ahora ya no sueño con ello, antes sí... Es que pasamos mucha fatiga, hija».

En Pasajes San Pedro conoció a su marido y por trabajo volvieron

En aquella fonda de Pasajes San Pedro está la conexión gallega de Prudencia Martín. ¿Y cómo acabó en Pontevedra?, se le pregunta. «Por un huésped». Ese huésped al que le lavaba la ropa y le hacía la cama acabó siendo su marido. «Primero hubo una amistad, luego nos hicimos novios y después nos casamos, allí estuvimos 21 años», explica. Joaquín Pesqueira, su marido, que era contramaestre en un barco, decidió aceptar una oferta laboral en Pontevedra, en la fábrica de Ence.

Prudencia y Joaquín, que tuvieron seis hijos, residieron en las viviendas que Ence tenía para el personal de la factoría y después se hicieron una casa en la hoy Rúa de Cobas. «Yo prefería comprar un piso en Pontevedra», deja claro. Y es que Prudencia, que se quedó viuda en 1987, es urbanita. Le gusta ir «a la capital», como se refiere a Pontevedra. «Me cojo un taxi y voy a dar un paseo. La ciudad está muy bonita y me gusta ver escaparates».

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