«Estuve ocho días paseando al lado de la dinamita»

Los campistas no perdieron la tranquilidad cuando se les dijo que tenían que desalojar la zona


VILAGARCÍA / LA VOZ

El cámping Moreiras fue, junto a la playa de As Pipas y el acuario, el lugar donde se tuvo que producir el mayor desalojo de personas con motivo de la detonación controlada de dinamita que se realizó el sábado a última hora de la tarde en O Grove. Un día después, las personas afectadas por este desplazamiento en las cercanías de Punta Moreira cuentan que lo vivieron con absoluta tranquilidad. «El momento de más incertidumbre fue la media hora antes de que se supiese que era dinamita», explica Manuel Ochoa, responsable del cámping. Tan pronto la Guardia Civil explicó de qué se trataba, la gente se lo tomó con normalidad. «Fue desagradable y emotivo a partes iguales», resume sobre el primer desalojo del cámping en sus 36 años de vida.

Dos de los más veteranos de Moreiras coinciden con Ochoa al destacar la normalidad con la que se vivió el transcurso de las seis horas que pasaron entre que un hombre alertó de la presencia de un artilugio con cables que le parecía sospechoso hasta su detonación. Su fidelidad en el cámping les lleva a tener las mejores vistas de la playa, pudiendo Laureano Alado y Juan Rodríguez seguir todos los movimientos desde que, a las 14.30 horas, la Guardia Civil llegó a esta turística zona de O Grove. «No nos preocupamos en ningún momento, se barajaron muchas opciones pero nada de bombas o cosas por el estilo», explican. La apuesta por excelencia, dinamita utilizada por algunos marineros y abandonada por la presencia de algún agente, se tardó en desmentir. Ochoa explica que se les informó rápidamente de qué se trataba. Buen conocedor de la zona, vincula la dinamita con la construcción de un dique para alojar las tuberías de la piscifactoría entre 1987 y 1988. Una obra que fue arrasada por un temporal poco después.

Sobre el estruendo, Alado y Rodríguez discrepan. Mientras el primero dice que sí le impactó el ruido, el segundo, valenciano de nacimiento, asegura que «no fue nada comparado a lo que se escucha en las Fallas». Con serenidad, pero expectación, también vivieron el momento la familia formada por Juan Manuel Ruíz, Inés Roldán y sus dos hijos. «Hubo un despliegue increíble», relatan. La noticia les pilló en plena jornada de playa, encontrándose la más pequeña en una canoa en el agua. «Fue un agente a buscarla y decirle que había que salir del mar», explican. A un día de volverse a Burgos, el padre de familia afirma que la historia se queda en una anécdota. «Estuve ocho días paseando a lado del petardo», bromea.

Tras 25 minutos yendo tienda por tienda para asegurarse que no quedaba nadie en el cámping, los 300 campistas que se encontraban en las instalaciones se alejaron hasta la zona superior y una finca contigua para que los Tedax pudieran detonar la dinamita a las 20.45 horas.

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