Ocho kilómetros de lana para la calle más cálida

Las bajantes de una calle de Pontevedra lucen bufandas como decoración impulsada por sus comercios


pontevedra / la voz

Hace frío. Pero en algunas calles menos, porque alguien se ha encargado de tejer bufandas para los edificios. Ahí están: en las fachadas, abrigando las bajantes que recogen el agua de la lluvia de los tejados, dando color al invierno. Los responsables son los dedos de Chely Rodríguez González.

Sus manos movieron como las alas de un colibrí durante algo más de una semana para tejer casi ocho kilómetros de lana. «Nunca me habían pedido nada parecido», confiesa entre risas. «Si te fijas, son todas distintas». Y es verdad. Solo coincide el tamaño: dos metros y medio cada una de alto y veinticinco centímetros de ancho. Tres ovillos por pieza, a doscientos metros el ovillo.

«A mí me gusta decir doce más una», confiesa supersticiosa. E igual no le falta razón. «Han robado alguna -en orden, contando desde calle arriba hacia abajo, la número trece, por cierto-, pero aun así queda muy bien», dice Chely.

La decoración, que nació como algo efímero para Navidad, se ha quedado -hurtos al margen- y ha tenido una gran aceptación en la calle Manuel Quiroga de Pontevedra, la de los edificios más abrigados de la ciudad.

Pero en realidad, la historia de las bufandas que abrazan edificios nació hace ya algunos años al otro lado del Atlántico. En Houston, Texas. Allí, en los Estados Unidos, en el año 2005, a Magda Sayeg se le ocurrió cubrir la manilla de la puerta de su boutique con una funda calcetada con algo de material sobrante. De ahí se empezó a contagiar por su impacto visual por todo el mundo, hasta ser asumido como una especie de grafiti. En ciudades de todo el planeta se hace alrededor de árboles, en barandillas, en estatuas, aparcabicis, bancos y en cuantos lugares se les ocurra a quien decide ponerse a calcetar a medida del mobiliario urbano. La manifestación cultural se ha dado en llamar yarn bombing.

La idea para importar el movimiento a Pontevedra nació en otra boutique. Porque las bufandas son una iniciativa privada de los comerciantes de la calle Manuel Quiroga. Allí, en Lagasca Vintage, se gestó la idea. Sus dos socias, ambas Mercedes, García-Nieto y Escauriaza, de apellido, buscaban un diseño de adorno navideño más vertical, en contraposición a la horizontalidad de los adornos clásicos que cuelgan tradicionalmente sobre las calles. De ahí a las bufandas solo medió aplicar a Pontevedra lo que ya habían visto en ciudades como Washington. Luego la abrazaron buena parte de los comerciantes de la zona. Y solo quedaba por localizar a quien lo hiciera realidad. Manos expertas capaces de tejer en tiempo récord.

Chely Rodríguez, que empezó primero con el ganchillo «a los diez años» y luego con la calceta, ha pasado así de calcetadora a grafitera. A pionera del yarn bombing en Pontevedra.. «Vi algunas cosas por Internet, me inspiré un poco en ello, como imágenes de árboles, y ahora estoy deseando hacer otra parecida».

Los grafitis textiles de momento se quedan ahí. No son agresivos con el entorno como lo es el espray sobre las fachadas. Y, además, todavía hace mucho frío.

Calcetó en tiempo récord unas bufandas que se han convertido en la decoración más comentada de la ciudad de Pontevedra

Comenzó a calcetar a los diez años, pero nunca había hecho «algo así». Es una manifestación cultural urbana, el «yarn bombing», una especie de grafiti con textiles que nació hace diez años en Houston, Texas

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