Mosteiro devora seis mil raciones de callos a 25 grados a la sombra«Falta o ano que non viñese á festa»

La contundente cita gastronómica del verano arousano, que cumple sus bodas de plata con sus entregados devotos, jamás defrauda


vilagarcía / agencia

«Dáme a min que imos quedar sen existencias», musita con gesto preocupado uno de los ochenta voluntarios, calculando a ollo de partilleiro, que cada verano hacen posible la proeza. No son todavía las dos de la tarde y la cola para hacerse con pan, vino y las correspondientes raciones de callos dan la vuelta a la esquina del Campo da Feira de Mosteiro. Esto es algo serio, no apto para estómagos remilgados. «Temos seis mil racións pero como isto siga así van ser escasas», concluye nuestro hombre. No tiene fácil solución el asunto, como bien saben Carmen Chacón, Pilar Castiñeiras y su hijo David. Los tres se han pasado la noche de ayer preparando arrobas y arrobas de viandas en el pabellón deportivo, transmutado para la ocasión en fenomenal cocina de campaña. Lo suyo, más que una costumbre, es ya un asunto de orgullo y familia, instaurado por Manuel Carvajal, quien encendió los fogones hace ya cinco lustros. El pionero falleció hace unos años. Y no hay mejor forma de rendir homenaje a su memoria, subraya Carmen, que seguir en la brecha.

Aunque a algún fino gourmet pueda sorprenderle, el calor es uno más de los alicientes que rodean la Feira dos Callos. «Hoxe non se está tan mal -opina sentado a la mesa Manuel Lucio Nieto, que no ha faltado un solo año a la cita- lembro algunha vez que estabamos a 40 graos á sombra». En efecto, el termómetro se mueve a mediodía en torno a los 25 grados. Poca cosa comparada con los sudores que recuerda el veterano Lucio. De alguna forma, combatir la canícula meneando el bigote atesora un especial atractivo para el comensal galaico. La organización, además, se ha portado y la carpa, que en anteriores ediciones dejaba algún que otro lugar expuesto al duro sol, cubre hoy la zona de banquete al completo. Este particular cuidado se agradece mucho, al igual que el vino fresco, tinto de aquí, al que un sediento paisano celebra con la mejor de las sentencias: «Baixa só».

Mientras los temores de la organización se van cumpliendo a medida que crece la cola, el dúo Media Luna le pone banda sonora a la enchenta, aderezado por un entregado versionador de Manolo Escobar. Un grupo de festejantes acuden al mostrador de los callos para llevar. «Aquí case non hai xente e ata teñen tápers, non tes nin por que traer ti o perolo», afirman recogiendo su menú. Seiscientos kilos de garbanzos, trescientos de estómago de vaca y 250 de cerdo, con su correspondiente panceta y su chorizo tentador, se esfuman a bocados. Como esto siga así, el año que viene habrá que reforzar las cazuelas y la lista de la compra.

"Falta o ano que non viñese á festa"

Si zamparse una buena ración de callos bajo el sol de julio tiene mérito, hacerlo sin perderse una sola de las ediciones de la fiesta, en sus 25 años de historia, entra ya en la categoría de lo legendario. Pero es posible. Y ahí está Manuel Lucio Nieto, vecino de Mosteiro, para demostrarlo. «Falta o ano que non viñese eu a esta festa, vintecinco anos un detrás do outro, consecutivos», afirma el meritorio comensal mientras da buena cuenta de los garbanzos en compañía de su esposa y otro matrimonio. Atención, porque su interés culinario va mucho más allá de una fecha única en el calendario. «O ano pasado fomos a 65 festas e degustacións gastronómicas e este pasamos xa das vinte». Se adivina el homenaje.

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