Tropezando en las barreras invisibles

En la comarca de O Salnés solo hay un columpio que pueden usar todos los niños, incluso los que van en silla de ruedas. Y es que el mundo sigue lleno de obstáculos

<span lang= es-es >Diversión sin excepción</span>. En el colegio Torre-Illa está el único columpio accesible de la comarca. «La biblioteca isleña también organiza muchas actividades de ocio inclusivo», dice Rial.
Diversión sin excepción. En el colegio Torre-Illa está el único columpio accesible de la comarca. «La biblioteca isleña también organiza muchas actividades de ocio inclusivo», dice Rial.

vilagarcía / la voz

Saber hasta donde podemos llegar. Ese suele ser un buen punto de partida. Saber hasta donde podemos llegar para evitar frustraciones estériles y, también, para no ponernos excusas. Saber dónde está la frontera entre lo posible y lo imposible es fundamental, incluso, para poder saltarla. «Es obvio que las personas con discapacidad tienen unas limitaciones. Hay cosas que no podemos hacer, no se pueden pedir milagros», sentencia José Ángel Abraldes, director del centro de recursos educativos de la ONCE en Pontevedra, con esa seguridad que da hablar con conocimiento de causa. Pero las personas con discapacidad, apunta acto seguido, tienen «muchos potenciales», tantos como todos los demás. Sin embargo, se encuentran con muchas más trabas para poder desarrollarlos. Y eso es inaceptable.

A pesar de ello, de que todos reconocemos que es injusto, el mundo sigue lleno de barreras. Aceras estrechas, rampas inexistentes o imposibles, puertas de los establecimientos públicos que se cierran en nuestras narices... Están ahí, sí, aunque la mayor parte de nosotros no las percibamos hasta que nos torcemos un pie o tenemos que pasear a un bebé en su sillita.

En el terreno de lo puramente físico parece que se va avanzando, pero también se han dado pasos atrás, así que el mundo sigue lleno de muros. Y aunque la Diputación, desde que diseñó el proyecto Pousadas, parece empeñada en convertir O Salnés en una comarca accesible, la tarea es ingente. De ello puede dar fe Nicole Rial, de la coordinadora de padres de niños con diversidad funcional que ha nacido este año para dar la batalla por la construcción de una sociedad inclusiva.

La idea de que el mundo debe ser para todos «es una de las grandes víctimas de la crisis», explica Nicole. La coordinadora de la que forma parte nació a raíz de un problema con los cheques para la compra de libros escolares. El conflicto se solucionó, pero dejó claro que la Administración no siempre piensa en quienes, de alguna manera, se salen de la norma general. Lo cierto es que el terreno educativo está plagado de barreras más o menos visibles. «En realidad, la Lomce es como la gran barrera», dice Nicole, ya que priva a los alumnos con diversidad funcional de muchos de los medios a los que antes tenían, por lo menos sobre el papel, derecho. Los recortes afectan al día a día y afectan, también, a las «actividades inclusivas entre coles» que antes se organizaban y que, ahora, se organizan menos.

Los problemas no se quedan en las clases. Las actividades extraescolares son otro quebradero de cabeza para los niños con diversidad funcional, «porque los monitores no suelen estar preparados y nadie manda a su hijo a una actividad para que acabe como un mueble en una esquina». Igual que nadie lleva a su hijo al parque para que vea como juegan los demás: «En la comarca solo hay un columpio adaptado, y te aseguro que hemos recorrido todos los parques». Quizás eso cambie pronto. La mancomunidad se ha interesado por este asunto y, tal vez, a partir de ahora cuando se renueve un parque infantil se haga pensando en que pueda ser disfrutado por todos.

Eso es lo que piden la coordinadora de padres, la ONCE, y todo aquel que tiene un poco de sentido común: que lo que se haga, sobre todo aquello que se financie con fondos públicos, sea desde el principio accesible para todos. «Si no, después hay que adaptarlo y eso, normalmente, cuesta más», explica desde la ONCE José Ángel Abraldes.

Si se pensase en todos, en las instalaciones deportivas habría un vestuario mixto al que las personas con discapacidad pudiesen acceder con su acompañante «sin tener que sentirse fuera de lugar». Si se hiciesen las cosas para todos, los ciegos no tendrían que dar su número secreto a un desconocido cuando quieren hacer un pago con tarjeta. Y los niños con necesidades especiales no necesitarían un transporte especial para ir al colegio.

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