El puente de los Albertos y sus padrinos

Mujeres con problemas de gestación siguen yendo a Pontearnelas para tener descendencia


Vilagarcía / La Voz

Emilio Alberto Rey Nogueira está a punto de cumplir medio siglo, pero todavía no se le quita de la cabeza que su vida ha sido un regalo. «Unha extra -puntualiza-; moitas veces teño esa sensación». Porque en 1964, cuando un 1 de noviembre llegó al mundo, él no lo sabía, pero las peripecias que tuvieron que hacer sus padres para darle la bienvenida fueron de leyenda. Y nunca mejor dicho, porque este vecino de Caleiro es uno de los muchos Albertos que llegaron al mundo tras el ritual de la Ponte dos Padriños, en Pontearnelas.

Pilar recuerda ahora, a sus 77 años, la angustia que sentían ella y su marido por no tener descendencia, tras un aborto y un hijo muerto. Y aunque ella siempre fue escéptica, cuando por fin se volvió a quedar embarazada, su marido la convenció para que fuese a Pontearnelas, porque habían oído que otras mujeres con dificultades para gestar habían podido abrazar felices a sus hijos. «Unha tía miña -recuerda- tivera varios abortos, e logo tivo unha filla, e houbera un caso máis na familia. Eu dicía que niso non cría, pero que non fora por non ir. E fun».

Así que una noche, poco antes de las doce, una comitiva se presentó en Pontearnelas. Iba la que iba a ser la madrina de la criatura, una vecina de Caleiro, y un grupo de gente que tenía por misión que nadie, ni tampoco un gato o un perro, cruzase el puente mientras se hacía el ritual, porque entonces no valía. «Tampouco se podía falar, e como un dos que ían falou, tivemos que volver outro día», recuerda Pilar.

Y volvieron. Esperaron en el puente, esta vez sí «todos caladiños» y llegó un hombre «que saíu de detrás da capela de Santa Marta, vivía por alí». Y se ofreció a ser el padrino. «Démoslle a cuncha que traíamos con nós, foi buscar a auga ao río e botouma pola barriga abaixo, ao mesmo tempo que dicía un repertorio que xa non recordo». Luego sacaron la comida que llevaban -era parte del ritual- y montaron un banquete en medio del puente al que se sumaron los vecinos. «¡Había viño, costilletas, unha festa tremenda, e logo apareceu xente a monte e todos a comer!». Cuando llenaron la barriga, cumplieron con la última parte del ritual. «Collimos todos os cacharros que leváramos e os tiramos á ponte por riba das nosas cabezas, e logo fomos todos tomar o café; ¡aínda gastamos cartos!». Y a todo esto, Pilar embarazada de ocho meses.

Pero nació la criatura, y se le puso Emilio Alberto, porque la leyenda manda también que el niño que llegue lleve el nombre de Alberto, Alberta o Berta, en homenaje a un santo de piedra esculpido en el crucero que preside el puente y que hace unos años perdió sus brazos y se quedó en un monolito.

Aún así, sus padres creyeron que también a él lo perdían. «Estivo tres meses ingresado en Santiago a morrer -recuerda su madre-, pero sandou; logo eu quería ter unha meniña, xa lle tiña o nome e todo, íase chamar Araceli, pero aos dos anos e medio morreu o meu home».

Así que Emilio Alberto no recuerda a su padre, pero sí a su padrino. «Chamábase Gerardo e queríame moito, veu á miña Primeira Comunión e tamén á miña voda, e iso que estaba encamado. Agora xa morreu», recuerda con pena.

No puede sacarse de encima la sensación de que tiene una vida extra. «Pois si, xa teño case cincuenta anos, e logo enfermei de leucemia e non ía durar máis que catro anos e xa levo catro máis de regalo». Con razón no se atreve a decir que el rito de Pontearnelas sea solo una superstición. «Algo haberá -especula-; non é unha tolería».

La obra de teatro

Lo cree así toda la familia. Por eso cuando a su hija Fátima, directora de la compañía de teatro Valle-Innova, le ofrecieron hacer un montaje con motivo de la inauguración de la Feira Medieval de Pontearnelas, no lo dudó un momento y la centró en el ritual de los padrinos. La inspiración la tenía en casa. Y asegura que cuando la estrenó, los vecinos decían que todavía el año anterior -fue en el 2010- había llegado una joven desde muy lejos para ponerlo en práctica. «E ninguén sabía de ningún caso que fallara», asegura Fátima Rey.

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