Historias personales


Cada uno de los emigrantes de O Salnés vive su propio calvario. Estos son algunos testimonios:

Natividad Otero. Su tío, que murió hace un año, la nombró heredera. Poco imaginaba ella que con sus bienes iba a llegar la reclamación de Hacienda. Cargada de deudas e hipotecas, tuvo que pedir un préstamo para poder pagar los 8.000 euros que se le reclaman.

José Antonio Otero. Estuvo 22 años en Alemania, trabajando en un ferry de camarero. A la vuelta, en 1993, siguió trabajando en hostelería. Todos los años hacía la declaración de la renta y nadie le dijo que tenía que cotizar por lo de Alemania. Se le reclaman 5.500 euros.

Manuel Lorenzo. Trabajó en Francia en una fábrica de loza y en la construcción. En la gestoría le decían que no tenía que pagar. «Aznar, que era entón o presidente, dicía o mesmo na tele. ¿Como podía eu sospeitar que non era así?». Entre lo reclamado, las multas y los intereses, son casi 10.000 euros.

Milagros Oubel. Diez años en Francia, con su marido. Se quedó viuda y cada año pagaba a Hacienda 1.200 euros. El año pasado, cuando volvía de vacaciones se encontró con la carta. Optó por el pago voluntario de 12.600 euros, pero luego aún le llegó una multa de 2.700. Ahora, la declaración de la renta asciende a 3.000.

Nito Calvo. En los 60 se fue a Alemania, donde trabajó en una compañía de ferrocarriles. Volvió en el 1989. Preguntó si tenía que pagar en el consulado, a los sindicatos y de vuelta en España. Siempre le dijeron que no. Le reclamaron 10.000 euros.

Amparo Vázquez. Su marido fue emigrante en Suiza y ella se quedó viuda con cuatro hijos en el paro. Después de trabajar toda su vida, a duras penas tienen para comer. «¡Como para pagar los 3.000 euros que le reclaman!», dice su sobrino.

Antonio Padín. Este vecino de O Grove trabajó de carpintero treinta años en Francia, y luego nueve años más en España. Ahora le reclaman el pago de 15.000 euros.

José Antonio Ríos. Estuvo en Suiza ocho años trabajando de albañil. Cuando le llegó la carta de Hacienda, le reclamaban 8.000 euros. Cree que cuando proliferaban los homenajes a los emigrantes, les estaban tomando el pelo.

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