Las ruinas de un sector estratégico para la costa gallega

Quienes construyen y reparan mejilloneras lo tienen claro: la flota de viveros se ha quedado vieja


Vilagarcía / La Voz

Las desgracias nunca vienen solas. Bien lo saben los bateeiros gallegos, que llevan años encadenando malas noticias. La última, los daños que los temporales están ocasionando no solo en su producción -los desplomes de bivalvo se multiplican- sino también en las propias mejilloneras. «Está a haber moitísimas averías», reconocía ayer Juan Ordóñez, Latero, que se dedica normalmente a realizar trabajos de mantenimiento en las plataformas y, en estos momentos, a reparar todo tipo de desperfectos.

Según explica, los últimos temporales han llenado la ría de mejilloneras que se han soltado de los muertos y que acaban colisionando con las estructuras vecinas. Los golpes son los responsables de que los puntones se rompan, de que las casetas de laboreo que aún existen en algunas bateas se hayan derrumbado y de que las vigas que sostienen las parrillas de madera se hayan quedado, en muchos casos, en precario.

Los efectos del temporal no habrían sido tan intensos si las bateas se encontrasen en buena forma. Años atrás, los propietarios de estas infraestructuras las mantenían a punto. Pero la aguda crisis a la que hace frente el sector -se vende poco mejillón y se cobra tarde y mal- ha provocado que los gastos en mantenimiento de los viveros flotantes se viese reducido a la mínima expresión. Así que, en estos momentos, la flota de bateas que puebla las rías está vieja, destartalada. Y cada temporal se convierte en una nueva tortura.

Y, como suele ocurrir, todas las heridas que no se curaron en su momento, se agrandan en situaciones críticas como la que estas Navidades se han vivido en el mar. «Hai moitísimas bateas danadas en todas as rías», reconoce O Latero. Arousa no es una excepción, y «na zona de Meloxo, sobre todo, hai moitos problemas».

Arreglarlos tiene su coste. Sustituir un puntón -las vigas de madera de las que cuelgan las cuerdas de mejillón- puede costar entre 15 y 20 euros. Y si lo que hay que cambiar es una viga principal, la inversión puede llegar a los 2.000 euros.

Dice el refrán, que el mar revuelto suele traer ganancia a los pescadores. Pero Juan Ordóñez no está de acuerdo con ese dicho. «O que está pasando non é bo para nós. Nós temos aos bateeiros como clientes, e se a eles lles vai mal, a min tamén», sentencia, contundente. Y tiene claro que a los mejilloneros -eje de uno de los sectores estratégicos de la economía gallega- las cosas no les van pero que nada bien. «O sector, nestes momentos, está afundido. Non venden, non cobran, o mexillón non engorda...». No es de extrañar, pues, que cada vez haya un mayor número de mejilloneras en venta. Lo malo es que no hay quien las quiera.

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