El Mediterráneo llega a San Tomé

«Cambados é inesgotable, é un lugar perfecto para vivir», dice el pintor Eduardo Baamonde


Cambados / La Voz

Aunque la plaza de Fefiñáns funcione como la mejor tarjeta de presentación de Cambados, la villa ofrece otros muchos rincones merecedores de este reconocimiento. Para nuestro protagonista, el pintor Eduardo Baamonde, no hay discusión: el barrio marinero de San Tomé. Y lo dice alguien que conoce el municipio como pocos, aun no siendo cambadés de cuna. En su retina guarda un vastísimo álbum de imágenes de la localidad que registró con su pincel a través de unas 150 acuarelas. Una muestra de ellas ilustran el cuaderno de viaje de Cambados que editó el año pasado Kalandraka y que, según comenta el autor, se agotó.

De San Tomé destaca Baamonde su entramado arquitectónico, «asimétrico e anárquico» y ese «encanto» que todavía conserva, pese a algún que otro desmán urbanístico. La sinuosidad de su costa -que deja un paisaje de «proas» de tierra rompiendo el mar- y la atmósfera que destila este lugar le evocan el Mediterráneo, pese a ser territorio Atlántico por excelencia. Pero si tiene que elegir un aspecto de San Tomé, por encima de los demás, se queda con su luz. «Cabanillas acertou de cheo cando dixo que Cambados estaba deitado cara ao sol. É un privilexio respecto doutros pobos. A luz invernal en San Tomé é un prodixio», señala. Este enclave costero le ha proporcionado una amplia gama de matices. Desde la luminosidad de un diciembre soleado a los violáceos y naranjos que dejan en el horizonte los atardeceres de verano. Pero sigue buscando. «Persigo a luz desesperadamente e non consigo atrapala». Y en esas está cada vez que pone rumbo a la Torre de San Sadurniño, bien sea pedaleando bien sea andando, buscando el abrigo de los vientos del norte y esa estampa insólita que todavía no ha llevado al papel. «Non sei saír sen o meu caderno».

En su caso descubrió ya hace tiempo que Cambados es un buen lugar para vivir y para pasear y lo recomienda siempre que puede, especialmente su San Tomé del alma. Y se ve que no es el único que opina de este modo porque cada vez son más los que asoman por Ribeira da Mouta para ver y respirar la ría.

Las mejoras que recibió el barrio en los últimos años mediante obras de urbanización y la rehabilitación de viviendas tradicionales contribuyen a aumentar su atractivo.

El artista no oculta que es un enamorado de esta tierra. Ya antes de instalar su residencia en la localidad, allá por 1989, se sentía atraído por este enclave de la ría de Arousa. Y cuando fue destinado al instituto de Vilalonga para dar clase de dibujo, no lo dudó. Fijó su casa en Cambados. Primero en O Pombal y ahora en la calle Santa Margarita, a un tiro de piedra de San Tomé, donde también tiene su estudio. Allí pasa muchas horas y apura estos días su último trabajo: un cuaderno de viaje de Ribadeo. Pero aún le queda mucho por explorar. Tiene pendientes las orillas del Umia y las parroquias para colmar su vocación de cronista gráfico, al más puro estilo que marca el fenómeno mundial Urban Sketchers.

«Cambados é inesgotable», comenta. De modo que lo seguiremos viendo con su bicicleta de aquí para allá, buscando el lado más mágico de la villa y esa luz inasible.

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