Todo el mundo sabía que Fernando Caldas estaba muerto y enterrado

Oficialmente estaba desaparecido, pero tanto los sospechosos como la policía y sus propios padres sabían que el joven raptado en el 2004 había sido asesinado


vilagarcía/la voz.

Antonia Vilar y Fernando Caldas se inquietaron aquel 16 de julio del 2004 cuando eran las dos de la tarde y su hijo Fernando, de 28 años, no había llegado a comer. Le llamaron al móvil y deba apagado o fuera de cobertura; lo buscaron en la tienda de telefonía móvil en la que trabajaba, y allí tampoco sabían nada. Fueron angustiosas las horas que pasaron hasta que los llamó un amigo de Fernando y se citó con ellos. Los hizo entrar en un coche en el que estaban tres personas a las que el matrimonio conocían bien; eran Marcos Vigo y Roberto, compañeros de su hijo, y Rosa Charlín, la dueña de la tienda en la que trabajaba Fernando. Le enseñaron un par de mensajes que Vigo tenía en el móvil y que supuestamente le había enviado Fernando: «Estoy en Maspalomas, me están secuestrando», decía el primero. Y el segundo especificaba: «Me llevan, me meten en un Audi A3 blanco. Por favor, avisa a Migui».

Lo que pasó en las siguientes horas no está muy claro, porque las declaraciones son contradictorias. Según los padres de Caldas, fueron al garaje del piso de Fernando, en el barrio de O Piñeiriño, porque los demás pensaron que podría estar encerrado en el maletero del coche. Según en su día declararon los ahora procesados, fueron los padres de Fernando los que subieron al piso de su hijo. El juez de la Audiencia Nacional encargado del caso, Eloy Velasco, se queda con el segundo argumento. Antonia y su marido, según dice en el auto de procesamiento firmado hace unos días, antes de denunciar la desaparición trataron de borrar las pruebas que relacionaban a su hijo con el narcotráfico y subieron a su apartamento para llevarse una máquina de contar dinero, 15.000 euros y una cantidad indeterminada de droga.

El 17 de julio del 2004 amaneció sin noticias de Fernando Caldas, y así amanecieron desde entonces todos los días para sus padres. Primero se rastrearon los montes buscando al desaparecido, más tarde se siguió la pista del coche en el que supuestamente fue secuestrado, luego se rebuscó en los vertederos para ver si se daba con el cadáver, y finalmente se detuvo a una serie de personas que ahora, seis años después, figuran en el auto del magistrado procesadas por asesinar y enterrar en cal viva a Fernando Caldas.

Para Eloy Velasco, los responsables del asesinato, con el agravante de alevosía, son los hermanos Migel Ángel y Marco Antonio Fernández Rodríguez, José Jorge Durán Piñeiro, Juan Marcos Vigo Fernández, Juan Berbel Briones, Roberto González Cuevas, Manuel José Pazo Taboada y Rosa María Charlín Martínez. Esta última es hija y también mano derecha del narcotraficante José Luis Charlín, y cuando desapareció Fernando Caldas ya estaba relacionada sentimentalmente con Jorge Durán, aunque este estaba en prisión cumpliendo una condena por narcotráfico. No son los únicos imputados relacionados con el famoso clan, porque Marcos Vigo es padre de una nieta del patriarca.

Según el juez, todos ellos, incluido el desaparecido, formaban parte de una red de distribución de cocaína al kilo que dirigía Durán Piñeiro, que daba las órdenes desde prisión y que, en un determinado momento, harto de que Fernando Caldas le desobedeciese y de que llevase una vida demasiado ostentosa que podía levantar sospechas sobre sus actividades, se dirigió por carta a Miguel Ángel Fernández y le ordenó que lo hiciera desaparecer.

El último viaje

El 14 de julio, Caldas, Miguel Ángel Fernández y Val se trasladaron a Alicante en un vehículo propiedad del primero y especialmente acondicionado para el transporte de droga, de tal manera que tenía dos habitáculos ocultos dotados de un sofisticado sistema de apertura con mando a distancia y con las cerraduras manipuladas para permitir el acceso y que cualquier persona pudiese recoger la droga, pero no ponerlo en marcha. En la ciudad levantina entregaron un paquete de diez kilos de cocaína por el que recibieron 300.000 euros, y regresaron a Bertamiráns -en clave interna Maspalomas-, donde tenían el piso franco.

Caldas acudió confiado, pensado que iba a recibir su parte del negocio, pero lo que ocurrió fue que, cumpliendo las órdenes de Durán y Vigo, Miguel Ángel Fernández, ayudado por su hermano Marco Antonio, Berbel, González y Pazo, capturaron a Caldas y lo introdujeron en el maletero del coche, desde el que el secuestrado todavía pudo mandar los mencionados mensajes a Vigo, quizás porque pensaba que nada tenía que ver con lo ocurrido o para que interceptase en su favor. Pero Marcos avisó a sus compañeros y le arrebataron el móvil. Luego se lo llevaron a un lugar todavía no determinado e hicieron desaparecer el cadáver quemándolo en cal viva. Llevaron el coche de Caldas hasta Vigo y allí lo hicieron desaparecer. Luego limpiaron las huellas del cadáver y de la cal del vehículo de la organización y pocos días después, cada uno cobró la parte que le correspondía del alijo de cocaína.

La pierna de Lousame

El cadáver nunca apareció. En el año 2007 se encontró una pierna en un vertedero de Lousame y se dispararon de nuevo las alarmas, pero los análisis descartaron que fuera de Caldas. Una de las hipótesis que se barajan es que fuera enterrado en las obras de construcción de la autovía de Brión, pero esa teoría no deja de formar parte de una leyenda urbana que ya se barajó en el año 1994, cuando el dueño de un taller de Meis fue detenido por matar y enterrar en cal viva en una fosa séptica a dos individuos con los que tenía una deuda por narcotráfico. Supuestamente después enterró los cadáveres en la vía de O Salnés, que se construía por esas fechas.

Pero aún sin el cuerpo del delito, el magistrado está convencido de que a Caldas lo mataron y lo enterraron el cal viva. Y no es el único que lo cree. En el 2005 ya lo dijo el jefe de la UDEV, José Luis Olivera. «Fernando Caldas está muerto, y sus asesinos, en la cárcel», aseguró. También lo sabían, por supuesto, los ahora procesados, y lo sabían además los padres de Fernando Caldas. Lo sabían todos, aunque no lo dijeran.

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