La cosa política
14 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.?ay políticas urbanísticas que se encomiendan a la proliferación de edificaciones, y modelos de ciudad bien pensados y establecidos, que guían el crecimiento de una urbe con criterios económicos, sí, pero también sociales y estéticos. De la misma forma, hay bares en los que uno no se deja más que la cartera y la salud, y otros que, con personalidad y calor, se ganan un pedazo del alma de cada cliente. El Mariño pertenece a esta segunda clase. Lamentablemente, las consecuencias de una estrategia urbanística de la primera categoría se lo llevarán por delante. Un daño colateral más para una Vilagarcía cuyo espíritu antiguo resulta ya muy difícil de rastrear tras tanto despropósito hecho de hormigón. Cuando José y Manuela abrieron sus puertas, en 1959, los usuarios del ferrocarril todavía podían recorrer el camino de la estación sin más sombras que las que proporcionaba la arboleda. En la actual plaza de Galicia no existía ningún mastodóntico Lara, y el mar de Arousa aún bañaba la avenida de A Mariña. El tiempo trajo más palos que zanahorias. La calle vio crecer bloques de viviendas que, de haber experimentado en su día un leve retranqueo, hoy dejarían espacio suficiente para trazar una hermosa avenida. Los rellenos portuarios alejaron la ría definitivamente, un daño que, si no remediado, sí al menos ha paliado la creación del parque Miguel Hernández. Las villas y rúas que habían hecho de Vilagarcía un núcleo bello y singular fueron cayendo bajo el compás del urbanismo montaraz del desarrollismo. El Mariño aguantó y fue testigo de cambios y convulsiones durante 47 largos años. Hasta ahora. Los últimos tiempos fueron duros. A la pérdida de José pronto se unió una fortísima presión para que la familia vendiese su finca y permitiese que, en lugar de su bar y su vivienda, se construyesen rentables pisos de cinco alturas y plusvalías millonarias. Mariví , Manuela y Lidia resistieron una ofensiva que sí se cobró, en cambio, la casa del doctor Moreira Casal. Medio siglo frustrado Llegamos, así, a la verdadera razón de que el Mariño cierre hoy, domingo, 15 de enero del 2006, sus puertas sin que Mariví y Lidia puedan ver cumplido su deseo de redondear el medio siglo de historia. El todopoderoso grupo inmobiliario Proínsa, el mismo que construyó y gestiona el párking de Xoán XXIII, planificó su desembarco en Vilagarcía con una urbanización envolvente de extraña factura. Uno de sus vértices, de cinco plantas de altura, está pegado, pared con pared, al antiguo bar. Es un edificio de patio interior, crecido a la sombra de otra mole mayor, que culmina un desquiciante espacio urbanístico capaz de desconcertar a cualquiera que lo observe desde la calle de A Escardia. Lo malo del asunto, consideraciones estéticas al margen, es que su construcción afectó a la estructura del Mariño. Los daños alcanzaron tal calibre que la familia propietaria no tiene más remedio que echar el cierre contra su voluntad inicial y sufragar, de su bolsillo, una importante obra de consolidación para garantizar el futuro de su propio hogar. De acuerdo, podrían haber acudido al juzgado y plantear una demanda. Pero algo así requiere dinero y tiempo, y ni lo uno ni lo otro son suficientes cuando el contrincante es un potente grupo empresarial y el tejado amenaza con venirse abajo. En definitiva, todo el proceso ha discurrido de forma perfectamente legal, pero manifiestamente injusta. La cultura de un bar De esta forma, Vilagarcía pierde un latido más de su pulso colectivo. Quienes hemos disfrutado de bocadillos, calamares, cervezas y conversaciones al calor de un local insustituible perdemos un lugar privilegiado de encuentro y relación, un punto de anclaje irrepetible dentro de esa geografía sentimental en la que siempre se acaba convirtiendo el espacio en el que uno habita. Y, con él, la oportunidad de enseñar a nuestros hijos que un bar de verdad es mucho más que una simple oportunidad para beber, que un bar con raíces en su gente es cultura eficaz contra el botellón. La parra seguirá cubriendo un patio en el que, sin embargo, el presidente de la Autoridad Portuaria, Jesús Paz, no podrá despachar como lo hacía en tiempos difíciles con Julio y Pío Carrasco . La pulpeira que cada martes cocía allí sus delicias se va con Patxi al Como en Casa. Mariví, Lidia y Manuela tal vez guarden alguna sorpresa para sus muchos amigos. Pero el Mariño habrá desaparecido. Como O Pernil, por grave enfermedad de Antonio, su entrañable tabernero. Como está a punto de sucederle al Piccadilly, otro pequeño pero apetitoso bocado urbanístico. Es un día triste. Ojalá llueva.