Moncho, el Alquimista vehemente

El entrenador del Obradoiro dejó ante el Murcia varias secuencias de su perfil más pasional


Cuando Moncho Fernández ve algo que no le gusta, lo comen los demonios, puede llegar a desmelenarse, a veces ni siquiera aguanta ese flequillo que siempre lo acompaña y parece planchado, casi pegado y plegado a su suerte. Cuando ve algo que le gusta, también lo exterioriza, con idéntica pasión. Es la antítesis de entrenadores como Aíto García Reneses, capaces de metabolizar las contiendas sin apenas mover un músculo.

El Alquimista de Pontepedriña no solo gesticula sino que hace kilómetros, y el partido ante el Murcia es un ejemplo que dejó varias secuencias, con algunas de esas miradas que hablan.

En ocasiones llega a perder la perspectiva de su situación a pie de campo y se mete en la cancha. Sucedió en una acción en la que Kostas Vasileiadis se tiró al suelo con habilidad para salvar un saque de fondo. El escolta griego se levantó de inmediato e inició el esprint, fuera del campo. Y para entonces ya había recibido la primera felicitación, además del aplauso de la grada. Moncho Fernández corrió en sentido inverso, un metro dentro de la pista.

Unos minutos más tarde volvió a verse dentro de la cancha, esta vez para intentar corregir un desajuste. El árbitro lo recondujo con naturalidad, lo cogió por la cintura y no necesitó más para hacerle ver que estaba fuera de sitio. A veces el enfado y el movimiento alcanzan tal grado que el flequillo se convierte en cresta.

Así es Moncho Fernández en estado puro desde que suena el Miudiño hasta que regresa al vestuario, a la conclusión de la contienda. Y lo asume, porque en el fragor de la batalla no hay mucho margen para protocolos. Es el Alquimista vehemente, el mismo que nada más acabar el partido ante el Murcia, con victoria, atajó al ver a Sito Alonso dirigiéndose a Singler para recriminarle la manera de proceder en la última canasta. Primero le recordó a su colega que el alero lo único que había hecho era cumplir las órdenes que le trasladó desde el banquillo. De inmediato los dos entrenadores se fueron camino de los vestuarios charlando como si acabasen de tomar un café.

Porque a Moncho Fernández se le pueden buscar y encontrar ejemplos varios, y a menudo superlativos, de vehemencia. Pero no de ardor sin riendas, con mala baba, porque el mismo Alquimista capaz de alborotar el flequillo es el que sabe encauzar esa pasión sin traspasar lindes, sin soflamas, con algún que otro taco, en inglés y en español, muy claro en las dos lenguas. Muy Moncho.

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