Manuel Cheda: «Sar es nuestra catedral y Moncho nuestro obispo»

Son do Obra Apenas se ha perdido cuatro partidos en casa en más de ocho años


SANTIAGO / LA VOZ

Manuel Cheda, periodista de raza ahora centrado en el frente de la consultoría de comunicación, en Incis, es uno de los asiduos de Sar, fácilmente reconocible por su vehemencia. Tomó contacto con el Obradoiro el año del estreno en la ACB, al siguiente se abonó y desde entonces solo se ha perdido cuatro partidos en casa, por causa de fuerza mayor. Dos de ellos, porque coincidieron con el nacimiento de sus hijas.

Quienes lo ubiquen en el pabellón podrán dar fe de que es la antítesis de un comepipas, tan incapaz de aquietarse en su asiento que correría dos riesgos: atragantarse y/o derramar las semillas de girasol. Él mismo lo reconoce: «Fuera de Sar soy un tipo muy tranquilo, pero dentro me transformo». Es oír el Miudiño y entrar en combustión: «Como si me tomase la pócima, y hasta que acaba el partido». También añade otro ingrediente, los arbitrajes: «En general, no es para estar muy contentos».

A una barandilla pegado

A tal punto llega su vehemencia que optó por cambiar de ubicación: «Estaba pegado al banquillo visitante». Y buscó otra, más alejada de la cancha, «pero con una barandilla cerca. Necesito tener cerca una barandilla». Porque de él se puede decir aquello de «érase un aficionado a una barandilla pegado».

Cheda pertenece a la larga lista de hinchas del baloncesto que encontraron en el Obradoiro una referencia y acabaron identificándose con su idiosincrasia. «Nací en Ferrol, a finales de los setenta -explica-. Mis primemos recuerdos son los del Oar de Lavodrama. En los noventa nos trasladamos a vivir a Santiago. Estaba empezando la travesía judicial del Obra. Y, cuando consiguió su plaza en la ACB, vi la oportunidad de volver a disfrutar del baloncesto. El primer año venía a algunos partidos con mi padre. Al siguiente, nos abonamos». Y desde entonces son dos fieles.

«Durante años -apunta- era, en ocasiones, la única oportunidad de vernos durante la semana». Ahora trabajan juntos, pero mantienen la costumbre de tomarse las cañas antes de los partidos, casi como si fuese un ritual.

En todo este tiempo, casi ya una década, se ha identificado con la manera de disfrutar del deporte de la canasta en el Multiusos: «La gente entiende de baloncesto. Lo que se vive aquí es de otro mundo. Es compartir. Es las cañas de antes, la afonía de después. El Obradoiro es una religión, Sar nuestra catedral y Moncho nuestro obispo».

Paradójicamente, cuando se le pide que rescate una vivencia de estos años, sin tiempo para pensar, la primera que se le venga a la mente, no duda. Y el escenario no es Sar: «El Miudiño de la Copa fue increíble. También el partido, con opciones hasta el final, aunque acabamos perdiendo». En el otro lado, el de las vivencias que duelen, hay «algún día de irse de mala leche, pero se pasan con la afonía, a las 24 horas».

Puesto a escoger un cinco inicial ideal de estos últimos cursos, tampoco tiene que pensar apenas: «McConnell, Matt Thomas, Wazcynski, Muscala y Salah. También podría entrar Kleber por Salah. Con ese cinco estaríamos en semifinales de la Liga Endesa. Ese es el drama y la grandeza del Obradoiro. Por aquí han pasado jugadores de la leche, pero es imposible retenerlos».

Es una reflexión que le lleva «a la desazón de cada verano» y, particularmente, de este último: «Al acabar cada temporada toca reconstrucción. La pasada campaña el equipo promedió 78 puntos. Con la marcha de Bendzius, Thomas y Artem se quedó sin el 50 % de esos puntos. Si añadimos a Radovic, sin el 60 %. ¿Qué empresa puede aguantar si de repente se queda sin tanto capital humano?».

Es un razonamiento le lleva a otro, más en perspectiva diacrónica: «Aguantar en la Liga Endesa año tras años con un presupuesto que no llega a tres millones es para decir olé. Y creo que la gente, a veces, no es consciente de la dificultad que entraña. Proporcionalmente, es como si el Huesca, en fútbol, consigue enlazar tantos años seguidos en Primera División».

Y del razonamiento salta a una reflexión orientada al futuro: «Estamos en un punto en el que el club debe decidir si sigue igual o trata de intentar ese salto a Europa que sería un nuevo aliciente. Pero para eso hace falta más dinero y en una ciudad pequeña como Santiago, sin más apoyo institucional, frente a clubes que compiten hiperdopados con dinero público, es muy difícil».

Le cuesta pensar en un futuro del Obradoiro sin Moncho Fernández: «Quizás porque me hice socio cuando él llegó. Creo que es la cabeza del Obra y el corazón de Santiago, todo en uno, la comunión perfecta. Soy muy del Obra y muy de Moncho».

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