Víctor Pérez: «Si hay que desbrozar, ahí estoy yo»

La lista de pívots que se han catapultado en Sar lleva el sello del santiagués, entrenador ayudante del Obradoiro, al que tira el campo


Cuando Moncho Fernández se hizo cargo del Obradoiro, una de sus primeras decisiones fue ofrecerle a Víctor Pérez, a quien conocía de mucho antes, una plaza como entrenador ayudante. Hace siete años implementaron en el día a día el trabajo específico con los pívots. Salah Mejri y Maxi Kleber están ahora en Dallas. Mike Muscala, en Philadelphia. Artem Pustovyi acaba de fichar por el Barcelona. Acertaron.

-En el colegio empezó como portero de balonmano, y dicen que no se le daba mal.

-Siempre digo que si hubiese nacido en Pontevedra, creo que hubiese sido jugador profesional de balonmano. También hice atletismo. Fui subcampeón provincial de salto de longitud. Y hacía la tercera posta en el relevo 4 x 100. Pero acabé decidiéndome por el baloncesto. Saltaba mucho, la metía para abajo.

-¿Es cierto que siempre jugaba con dos muñequeras?

-Sí, como las de Iván Lendl. Creo que era para autoexigirme, algo así como «ya puedo jugar bien para que no digan a donde va este tío con dos muñequeras».

-¿Recuerda su primer partido contra el Pontepedriña en el que se iniciaba como técnico Moncho Fernández?

-(Risas). Era mi primer año júnior. Creo que hice treinta y pico puntos.

-Pero en aquel momento no lo conocía.

-No. Fue al año siguiente, cuando Miguel Gómez lo fichó para La Salle. Las lesiones de rodilla me impidieron seguir jugando. Fui su ayudante en el júnior.

-¿Era igual de vehemente?

-Más. Pero la pasión por el baloncesto es la misma ahora que antes. Ya entonces lo preparaba todo a fondo, con los medios disponibles, igual de metódico.

-Aparte de Moncho Fernández, ¿qué otros entrenadores lo han marcado?

-Todos con los que he coincidido. Pero especialmente algunos que no son conocidos, pero que pertenecen a una generación apasionada del baloncesto en Compostela. He aprendido mucho de Mozan, de Miguel Gómez, que era de los pioneros en La Salle, de Peli Castro... De todos con los que he estado. Nuestra generación tenía muchas inquietudes. Muchas veces, al acabar los entrenamientos nos juntábamos a tomar un bocadillo y una cerveza. Allí salían las servilletas, los vasos y los palillos para hacer sistemas, cinco contra cinco... No había Internet, ni apenas libros de baloncesto. Nuestra manera de informarnos era la del intercambio de opiniones entre nosotros, compartir publicaciones de clínics, que eran como un tesoro, viendo entrenamientos...

-¿Lo de trabajar con los pívots fue algo casual?

-Casi le diría que sí. Parafraseando a Piqué, diría «gracias Salah, contigo empezó todo». Ese año dividimos el trabajo entre exteriores e interiores. Moncho quiso que lo tutelase. Así arrancó. Siempre me gustó el juego interior. Soy de los grandes defensores de los pívots y del juego interior. Nunca había entrenado a un jugador de 2,17.

-¿Cuál es el más completo?

-Salah fue el que abrió el camino. Con Artem la relación es de tres años, es con el que más tiempo y más horas he echado. La relación es muy estrecha. Es como un hermano.

-¿Cuándo le dijo que se iba?

-Me dijo que tenía dos opciones: o jugar en el Barcelona o cumplir el año que le quedaba. Era una gran oportunidad, deportiva y económica, la del Barça. Tenía mucha ilusión. Se alargó en el tiempo más de lo que hubiese deseado. Pero siempre tuvo claro que era necesario un acuerdo entre clubes. No forzó su marcha. Hasta el día que firmó con el Barça, en su foto de whatsapp tenía la de su último partido con el Obra.

-¿Cuáles son los dos o tres pívots que más le han impresionado, como rivales?

-De los actuales, me fascina Tomic, aunque a veces recibe más críticas que alabanzas. Es un superclase. A día de hoy, Tavares es impactante. No hay otro jugador gigante como él capaz de cambiar partidos.

-Este año le espera más trabajo que nunca.

-Hay menos experiencia en cuanto al conocimiento de la Liga Endesa, pero el potencial es muy interesante.

-¿Con Hlinason le va a decir aquello de «de granjero a granjero»? ¿Lo va a llevar a Lavacolla?

-Podría. En mi familia hay fincas y me gusta trabajar en el campo. Si hay que desbrozar o cortar leña, ahí estoy yo.

En corto

Quienes conocen a Víctor Pérez dan fe de su flema, de su carácter tranquilo.

-¿Es casi imposible que se enfade?

-No sé que le diría mi mujer o mi familia. Me enfado poco, pero cuando pasa creo que es con razón y me dura. Ni busco el enfrentamiento ni me generan ningún estrés las opiniones distintas.

-Tiene dos apodos. ¿De dónde viene el de Buchi?

-Me lo pusieron en A Estrada, cuando fui a entrenar. Me había roto la rodilla y aún cojeaba. Ese año, en un clínic en Pontevedra, había un entrenador italiano, Alberto Bucci, que cojeaba. Uno de A Estrada, al verme cojear, dijo: «Como Buchi». Y hasta hoy.

-¿Y lo de Ruso?

-Es de antes. Coincidíamos en el bar Peñas a jugar la partida. Nos conocíamos del baloncesto. Jugaba por pasar el rato. Si gano, gano. Si pierdo, pierdo. A diferencia de Moncho Fernández, que se enfada mucho si pierde. Todos tenían mote. Como no me cambiaba la cara, alguien dijo «este es frío como los rusos». Y me quedó.

-¿Una comida?

-Arroz.

-¿Una bebida?

-Agua. Y cerveza Estrella Galicia.

-Complete la frase. Un obradoirista es...

-Un apasionado del baloncesto.

-Otra. Si el Obra gana la Supercopa...

-Me rapo la cabeza, pero me echan de casa.

-Un chiste.

-¿Es aquí el curso para controlar la ansiedad? Sí, sí, pero empieza mañana.

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