Tres asesinatos en O Valadouro, Ourol y Viveiro para quedarse con dinero de emigrantes

MARTÍN FERNÁNDEZ

VIVEIRO

El cadáver de José Durán apareció en un tojal, cerca de la iglesia de Miñotos, en Ourol
El cadáver de José Durán apareció en un tojal, cerca de la iglesia de Miñotos, en Ourol Archivo Martín Fernández

Los oropeles de la emigración deslumbraban más de lo debido

27 abr 2026 . Actualizado a las 09:32 h.

En 1932, el gobierno republicano de España tenía un presupuesto anual de 4.200 millones de pesetas y la Diputación de Lugo, alrededor de 6. Ese mismo año, el Balance de Pagos Internacionales del Banco de España cifraba en 195 los millones remitidos a sus familias por los emigrantes españoles en Argentina y en 95 los procedentes de Cuba. Los datos de solo estos dos países de acogida muestran el enorme peso de las remesas del colectivo migrante en la economía general y en la familiar.

Pero todo tiene un lado de sombra, a veces un lado tenebroso. En O Valadouro, Ourol o Viveiro hubo asesinatos para robar dinero de los emigrantes en la creencia de que tenían mucho. Los oropeles de la emigración deslumbraban más de lo debido. Jim Thompson, el célebre guionista y autor de novela negra, decía que la gente cree que mata por odio. Y no. Mata por lo que cree que va a ganar....

El 6 de diciembre de 1912, La Voz de Galicia informaba que una anciana había sido apuñalada y estrangulada en Ferreira do Valadouro y que sus asesinos habían prendido fuego a su casa. La noticia, firmada por Jesús Lombardía y fechada en Mondoñedo, daba cuenta de que, en la noche del sábado, algunos vecinos notaron un gran olor a chamusco. Temían que hubiera ocurrido un incendio y se dirigieron a la casa de Manuela Cora de donde parecía salir humo.

Franquearon la entrada y, en medio de la oscuridad, notaron que algo ardía. Sofocaron el fuego con mantas y baldes de agua y, tras encender luces, un horrible cuadro apareció ante sus ojos. En una de las dependencias estaba el cadáver de la infortunada Manuela, sobre un camastro, envuelto en un cobertor que aún ardía...

Mujer, anciana y sola

Al principio, los vecinos creyeron que su muerte se había producido por asfixia. Pero, tras reconocer el cadáver, el forense apreció en su cuerpo siete heridas de arma blanca, varias de ellas mortales por necesidad. Dictaminó también que los asesinos la habían estrangulado y, después, prendido fuego a la cama para borrar las huellas. Los muebles de la casa estaban abiertos, forzados y en completo desorden. La mujer, de avanzada edad, vivía sola y se dedicaba al tráfico de granos. Tenía dos hermanos en América que, de vez en cuando, le enviaban algún dinero.

Pocos días antes del crimen, había recibido una pequeña cantidad procedente de Argentina. Y tenía fama de poseer cierto capital como resultado de una vida de trabajo y austeridad y de custodiar el efectivo de sus hermanos.

El Juzgado de Mondoñedo instruyó diligencias y la Benemérita practicó gestiones. Pero del caso nunca más se supo, no se informó de más pormenores ni si se había descubierto o no al autor o autores del crimen. Tan solo se dijo que la víctima era una mujer anciana, sola y con su única familia en América. Toda una explicación de un tiempo y de un país, por cierto...

En Galdo, el padre malgastó el dinero del hijo y lo mató

Si pesar e indignación produjo el crimen de la anciana de O Valadouro, mayor fue la conmoción que recorrió A Mariña años después -el 11 de septiembre de 1921- tras el llamado crimen de Galdo (Viveiro). Un joven de 23 años, llamado Adolfo Piñón Salgueira, había regresado de Cuba a casa de sus padres, labradores de la citada parroquia. Los vecinos lo suponían dueño de una regular fortuna, ahorrada en la emigración. Nada más llegar surgieron diferencias y discusiones en el seno familiar a causa de cantidades de dinero que el hijo había girado y que el padre malgastó y utilizó como propio. A los pocos días, el joven desapareció sin que sus familiares se interesaran por él o por su paradero. Hasta que un día, un vecino «encontró su cadáver putrefacto y deshecho por perros y alimañas, entre zarzas y malezas de un barranco» en O Penedo do Corvo, cerca de una galería de las minas de Galdo.

Los restos del infortunado joven fueron analizados por los médicos Quintana y Ozcarberro, de Viveiro, que apreciaron una fractura del hueso temporal en la base del cráneo «con hundimiento y restos esquiriosos alojados en su cavidad». Del informe se dedujo que «un agente contundente de gran violencia» había causado su muerte. El juez López Vilar y los actuarios Rodríguez Meire y Cándido Cao ordenaron la inmediata detención de los padres. Y en el juicio celebrado en Lugo el 27 de junio de 1923, el fiscal relató los hechos y fueron procesados los padres del muerto, José Piñón Castelo y Josefa Salgueiro, y sus hermanas María Antonia e Irene.

Los progenitores fueron acusados del delito de homicidio y sus hermanas, de encubridoras. Para el padre se apreciaron cuatro circunstancias agravantes y dos para la madre, motivo por el cual correspondía imponerles la pena de muerte. Y para las hermanas, el fiscal pidió cuatro años, dos meses y un día de prisión. El jurado no apreció los agravantes para el padre y el Tribunal de Derecho le impuso la pena de cadena perpetua. La madre y las hermanas fueron absueltas.

La disputa por una herencia en Miñotos provocó que un retornado se suicidara tras matar a su hermano

El dinero y la codicia también estuvieron detrás de la noticia publicada por «El Correo de Galicia» en 1924. Relataba que el joven Manuel Durán había regresado a su parroquia de Miñotos (Ourol) tras una estancia en América. Desde su llegada, los desencuentros y riñas con su hermano José eran frecuentes y cada vez más violentas. Manuel quería repartir la herencia de sus padres para disponer de su parte y regresar a América y José, en cambio, era partidario de esperar a que sus progenitores falleciesen. A tal extremo llegó la tirantez de las relaciones, que José amenazó más de una vez a su hermano.

El conflicto tuvo un final sangriento. El 9 de octubre de 1924 apareció en una finca de la localidad el cadáver de Manuel con una pistola en la mano y el cráneo destrozado por un balazo. A su lado, había una carta en la que explicaba la causa de su suicidio: el temor de que su hermano José cumpliera las amenazas que con frecuencia le profería. La aparición del cadáver causó una gran conmoción al coincidir con la desaparición de José al que nadie había visto en los últimos días.

Ese cúmulo de circunstancias hizo que las autoridades barajasen la hipótesis de que el suicida, antes de quitarse la vida, hubiera matado a su hermano.

Diligencias

El juzgado de Viveiro instruyó diligencias y los guardias civiles de los cuarteles del entorno rastrearon la zona en busca del desaparecido. A los cinco días de búsqueda, se confirmaron las sospechas y el cadáver de José Durán fue hallado en un tojal, cerca de la iglesia de Miñotos, cuidadosamente envuelto en una manta, como si el asesino hubiese querido protegerlo del frío...