Indignación en el desahucio de los empresarios ribadenses Hijos de Vivín

Decenas de vecinos arroparon y aplaudieron ayer a Pablo y a Salvador Rodríguez


RIBADEO / LA VOZ

Adiós a la histórica Librería Vivín de Ribadeo. Pablo Rodríguez, unidas las manos, las alzó en un paradójico símil de victoria y agradecimiento. Con su hermano, Salvador, agarró un carrito en el que se llevaban las últimas revistas y periódicos, los que habían estado vendiendo hasta el último minuto que el edificio fue suyo, y entre aplausos se dirigieron hacia su otro local, en la Avenida Rosalía de Castro, más alejado del centro, donde seguirán la actividad. Así habían dicho que sería. Y así fue. Frente a ellos, en la calle semipeatonal, en torno a un centenar de vecinos no ocultaban su indignación por el desahucio que estaban presenciando. Porque más allá de las razones objetivas que lo hayan desencadenado, más allá de que Salvador y Pablo se hayan sentido engañados por -dicen- un aplazamiento prometido que finalmente no se llevó a cabo, con el cierre a la librería Vivín se clausuró un establecimiento con 88 años de historia.

Sobre las diez de la mañana, la hora fijada para el desahucio, decenas de ribadenses comenzaron a congregarse frente a Librería Vivín para apoyar a los dos hermanos en un duro trance. Llegó el personal del juzgado y con él, Dositeo Rodríguez, el administrador de la sociedad de inversión ?según aseguraron los hermanos Vivín?, que adquirió el préstamo que ellos tenían con Banesto (ahora Grupo Santander). También acudieron cuatro agentes de la Guardia Civil.

No había tensión. La sensación era de resignación por un drama, el de los desahucios, en el que la sociedad Hijos de Vivín es una más, aunque ellos quisieron hacerlo público para criticar la actitud de las entidades bancarias y de los políticos «que no modifican las leyes de este país y que han conseguido que después de 88 años tengamos que cerrar el negocio».

El administrador se convirtió en el blanco de la indignación de muchos de los asistentes. «Dositeo, da la cara...», «Non te vas poder ir pola porta de atrás, que non hai...», le gritaban mientras estaba en el interior del local.

Salvador cumplió con los requisitos y finalmente, con Pablo, recogió lo poco que quedaba y se fueron. Antes incluso llegó a pedir disculpas, justificándose por los nervios que le provocaba la situación. «¿Lógico, no cree?», le decía al personal judicial. Finalmente se marcharon entre los aplausos de la gente. El administrador lo hizo entre insultos, sereno, rodeado de agentes de la Guardia Civil.

«Queremos agradecer o apoio da xente, que nos fixo levalo todo moito mellor»

Por la tarde, pasado el trago, Pablo y Salvador Rodríguez continuaban su trabajo diario en la librería de la Avenida Rosalía de Castro: «Estamos ao cen por cen, e con moitas gañas de seguir adiante. Xa reestruturamos todo e imos adiante», insistía Pablo, quien con su hermano quiso mandar un mensaje de agradecimiento a toda la gente que en estos momentos les hizo sentir su aprecio: «Gracias a todos os que estes días, e xa antes de facer público o desafiuzamento, nos estiveron apoiando. Sen dúbida iso fixo que todo fose moito máis doado de levar».

«Isto estalle pasando a moitos, pero non transcende porque hai unha impresión, penso que equivocada, do que pode pensar a xente. Se transcendese todo quizais as cousas cambiarían», añadió Pablo.

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