O Fuciño do Porco, las nuevas Catedrais

Cientos de personas visitan el mirador natural de O Vicedo, tan espectacular como peligroso en su último tramo

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O Fuciño do Porco, las nuevas Catedrais Cientos de personas visitan el mirador natural de O Vicedo, tan espectacular como peligroso en su último tramo

o vicedo / la voz

Aprovechando que ayer, Día das Letras Galegas, era festivo en la comunidad, cientos de personas procedentes de A Coruña, Pontevedra, Melide, Lugo, Ferrol o Santiago de Compostela circularon como hormiguitas por los empinados y serpenteantes senderos de los acantilados de O Fuciño do Porco, un mirador natural de O Vicedo que va camino de convertirse en un referente turístico de la talla de la playa de As Catedrais, situada en Ribadeo, a escasos 80 kilómetros de distancia, o del banco de Loiba, «el más bonito del mundo», emplazado en Ortigueira, a algo más de 10 kilómetros. «É un sitio precioso, impresionante. Viñemos atraídos pola publicidade que lle fan, polo que sae nas fotos, e a verdade é que non decepciona», destacaron Celeste Casal y José Ignacio Montero mientras se fotografiaban en el tramo intermedio de la senda con el Cantábrico de fondo batiendo con toda su fuerza en las rocas y en la playa de Pereira. «'¿Adónde vas, Vicente?, Adonde va la gente'. De aquí iremos para el banco de Loiba», manifestaba él, natural de Bilbao, que comparó este paraje con el de San Juan de Gaztelugatxe.

Hasta hace un par de años, a O Fuciño do Porco, también conocido como punta Socastro, solo acudía de manera habitual el personal encargado del mantenimiento de la baliza marítima que se sitúa en el extremo del saliente natural. Pero todo cambió cuando se construyó una pasarela de madera sobre los acantilados para mejorar el acceso y La Voz de Galicia lo publicó, O Fuciño do Porco se hizo viral y.... comenzó el aluvión de visitantes.

«Nosotros somos de montaña, de la provincia de Corrientes, en Argentina, y allá para ver un paisaje así tenemos que hacer mil quinientos kilómetros», comentaron Sergio y Marcelo, dos argentinos afincados en A Coruña desde hace tiempo. «Galicia es una tierra particular, que te engancha. Dicen que las meigas no existen, pero siempre van con uno», señaló unos metros más adelante Teresa García, pontevedresa de 75 años en plena forma. «A este fociño de porco só lle falta unha cacheira», bromearon Malen, Juan, Oliva y María, recién llegados desde Melide.

Todo es atrayente

Las vistas sobre el mar, el sonido de los pájaros, los toxos en flor, el intenso olor a salitre que carga de energía y de salud las vías respiratorias, el azul del cielo, las rocas y las piedras... todo es atrayente en el enclave, que en su último trecho, el que conduce a la baliza marítima, es casi tan espectacular como peligroso, puesto que no hay valla ni pasamanos.

Aunque más preocupante que la falta de seguridad es, como reconocían ayer algunos visitantes, la imprudencia de quienes apenas tienen en cuenta los riesgos que existen de por si en un enclave natural como este: que se adentra en el mar y donde el viento sopla con ímpetu muchas veces. Actitudes temerarias que llevan, por ejemplo, a abandonar el camino y las escaleras para fotografiarse al borde del acantilado. Pero también a encaramarse a los enormes bloques de cemento que hay al final para hacerse selfis. En ocasiones, incluso con niños.

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