Xancín y Chalán, tipos pintorescos de Ribadeo y Mondoñedo en la emigración


Federico Guisasola Lasala ?un funcionario vasco que falleció en Pontevedra en 1882- tuvo una brillante idea un año antes de morir. Era un gran dibujante y realizó, en diversas villas y ciudades de Galicia, 13 fieles retratos de tipos populares y grotescos, a cada cual más pintoresco y falto de sentido. Luego, encargó a escritores y poetas una semblanza, ingeniosa y veraz, de ellos y publicó un maravilloso álbum titulado La Menestra, tipos populares de Galicia copiados del natural por F. Guisasola, salpimentada por distinguidos escritores del país. A Mariña aporta a la publicación dos peculiares personajes: Xancín, de Ribadeo, y Chalán, de Mondoñedo. El éxito del cuaderno fue tal que en 1908 la revista Aires da miña terra, que se editaba en Buenos Aires dirigida por Manuel Nóvoa Costoya, llevó a su portada varias de esas ilustraciones bajo el epígrafe Tipos de Galicia.

La de Xancín apareció en el número 92 del 13 de diciembre de 1908. Bajo su foto se incluye un poema de Lamas Carvajal que lo describe: “Con un ser, más raquítica y avara/ no pudiera mostrarse ya natura/ pues, negándole gracias a la cara,/ tanto del cuerpo escatimó la altura,/ que no excede seis líneas de la vara./ Completa su ridículo pelaje/ estrafalario traje:/ gorra de piel, calzones y chaqueta/ con las mangas revueltas hasta el codo,/ y siempre, y sobre todo,/ lleva al cinto pendiente una corneta”.

Integrados y asimilados

Su poema es más largo y figura en La Menestra. Por él sabemos que con su corneta Xancín avisaba al vecindario de Ribadeo de la llegada del correo y que guiaba, desde la infancia, a los rebaños de cerdos que le confiaban. Y a veces, “cual si fuese comida regalada, /digno manjar a ser tan despreciable/, la ración a los cerdos destinada/ con apetito devoró insaciable/.”…

La cruda semblanza del autor del Catecismo do labrego recoge también la insólita reacción de Xancín cuando murió su madre. Solía llevar la cruz en los entierros y en el de su progenitora, al terminar, exigió su paga: “¡Cómo te atreves a pedirnos nada/ -dijeronle indignados-/ siendo tu propia madre la enterrada?/ Ah! ?murmuró Xancín, así, con cierta/ indiferencia vaga-/ Pues entonces ya estamos arreglados:/ si es mi madre la muerta/ ¡con darme la mitad ya se me paga!”…

Los personajes de La Menestra y Aires da miña terra son una muestra de tipos populares y marginales que estaban integrados y asimilados por la sociedad de entonces. Hoy, a alguno de ellos lo encerrarían en un manicomio, un asilo o una residencia. Manuel María dice del álbum que “é un documento vivo dun anaco da sociedade galega de hai máis dun século” y que sus dibujos y textos “fannos asomar un sorriso, agromar unha mágoa e comprender mellor cómo era a Galiza urbana dos devanceiros cando ainda non chegara a radio, a televisión, o fútbol ou Internet”.

El Chirivi «que emborracharse pudiera el infeliz que pusiera la nariz sobre su piel» y otros 13 personajes

Federico Guisasola era un gran dibujante y pintor. Hizo dibujos fieles de los personajes retratados y poetas muy conocidos en aquel tiempo completaron, en gallego y castellano, los picarescos rasgos del lápiz con los no menos ingeniosos de la pluma. Alguno de los escritores que colaboraron en ello fueron Benito Losada, Rodríguez Seoane, Emilia Pardo Bazán, Aureliano J. Pereira, Celso García de la Riega ?el autor de la tesis del Colón gallego- y otros desconocidos o muy poco conocidos y hasta alguno con seudónimo, como fue el caso del cura Chao Ledo.

Los tipos pintorescos de las ciudades reflejados en La Menestra y en la prensa emigrante fueron Juan Francisco y Don Pedro, de Pontevedra; Gatuta, de A Coruña; Antonio da Coya, de Lugo; O Coxo da Cerdeira, de Monforte; Campanachoca y La Pindonga, de Santiago; El Chirivi, de Vilagarcía; Teófilo Novás, de Vigo; Portela de Ourense; Bocanegra, de Tui; O Peixe, de Ferrol; Xancín, de Ribadeo; y Manuel Gómez O Chalán, de Mondoñedo. Del Chirivi, por ejemplo, escribió Luis A. Mestre Hernández: “Este es él. Un calavera/ tan arrimado al tonel/ que emborracharse pudiera/ el infeliz que pusiera/ la nariz sobre su piel”…

La prensa emigrante tuvo cierta querencia por personajes populares atípicos, distintos, que mostraban una cara de la personalidad gallega. Celestino Alonso, El Altruan, un viejo lobo de mar de Ribadeo, protagonizó varias páginas de algunos medios a través de un óleo que de él pintó Benito Prieto Coussent.

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El cura Chao Ledo fue al autor de la sátira contra Manuel Gómez

El otro personaje es el mindoniense Manuel Gómez, Chalán. Su semblanza es del 18 de junio de 1879 y está firmada por “Un ex parroquiano de Chalán”. Lence Santar, el cronista de Mondoñedo, reveló el nombre que escondía ese seudónimo: era el cura vilalbés José María Chao Ledo (1844-1894), tío del teólogo Xosé Chao Rego y del periodista Ramón Chao. Había estudiado en el Seminario de Mondoñedo, período en el que conoció ?y sufrió- a Chalán. Fue párroco de Rioaveso y Cuiña y autor de poemas recogidos en los libros Poesías (1930) y Poemas galegos (1976), y de la pieza Noite Boa de 1871 estrenada en Mondoñedo. Chao Ledo define así a Chalán: “Sórdido, chusco y zumbón/ siempre al hombro la chaqueta/ en Mondoñedo vegeta/ veterano remendón:/ artista de reflexión/ que se proporciona el pan/ de zaguán yendo en zaguán/ embadurnando zapatos./ ¿Su nombre?. Los mismos gatos/ le llaman así: Chalán”. “De mangas abajo atadas/ benemérita chaqueta/ (que valdrá media peseta)/ le acompaña en sus jornadas: / alforja do sus tajadas/ hunde, sumerge y entierra, / negra tumba que en sí encierra/ carne, pan, betún, cepillo…/ suculento batiburrillo/ que a pechos flojos aterra.”

En su poema, Chao detalla los actos y la personalidad del peculiar zapatero. Nunca pagó tributo alguno, no había sido inscrito en ningún registro ni archivo, andaba echando buenaventuras y maldiciones de tasca en tasca y era “duro con los renitentes/ con los generosos blando”. Y tenía un modo particular de trabajar: “Nunca mi artista fue largo/ en dar, por betún, dinero…/ ¡la tal masa pudre el cuero!/ prefiere salivaciones/ y las rudas frotaciones/ de sus manos pecadoras/ por lo chicas, seductoras,/ pero extrañas a abluciones…”.

El cura se la tenía guardada de sus años mozos. Y no se recata en decirlo al concluir su semblanza: “Cuando tu retrato veas/ en esta descripción fiel/ nada me mandes por él:/ lo tienes bien merecido/ pues sabe que me han cogido/ los responsos-profecías/ que allá, en más risueños días,/ a cientos me has dirigido.”

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