Los despedidos de Alúmina-Aluminio por el Cason: «Tuve que empezar de cero en la hostelería con 33 años y tres hijos»

Ramón González Rey

CERVO

Ramón Miguélez Tola, en el Bar El Puerto sancibrense
Ramón Miguélez Tola, en el Bar El Puerto sancibrense XAIME RAMALLAL

Treinta y cinco años después, delegados del comité despedido entonces explican cómo se buscaron la vida

08 dic 2022 . Actualizado a las 17:27 h.

El embarrancamiento del Cason en Fisterra, hace 35 años, provocó la muerte de 23 marineros chinos, que se echaron al mar ante la toxicidad de la carga que llevaba el buque. El suceso dejó otras víctimas, las miles de personas en la Costa da Morte desalojadas de sus casas ante la confusión sobre la peligrosidad de los bidones. Y finalmente, otros 23 náufragos, los sindicalistas del comité de empresa cesados por su oposición a que los misteriosos barriles entrasen en el complejo industrial de San Cibrao, a casi 300 kilómetros de distancia. Algunos de los despedidos cuentan cómo salieron a flote.

Ramón Miguélez Tola regenta el bar El Puerto, de San Cibrao, desde 1997. Desde su local ve cada día el complejo industrial al que llegó procedente de Valladolid. Cuando fue despedido tenía 33 años y tres hijos, y no tenía experiencia alguna en hostelería. «Tuve que empezar de cero. Hice unos cursillos en Foz para adultos. No veía otra solución», expone.

No la veía porque las recolocaciones prometidas para los 23 sindicalistas despedidos tenían trampa. En su caso, debía mudarse a Tui y cobrar casi la mitad de su salario en San Cibrao. Con la crisis del Casón se fueron a la calle cientos de empleados de forma temporal, «pero los únicos que nos quedamos atrás fuimos nosotros. Nos agarramos a lo que pudimos», afirma Tola, que antes de El Puerto regentó La Ría, La Concha o El Coral.

Lo más duro del conflicto del Cason, enfatiza el hostelero, «es que hay trabajadores de entonces que todavía nos dan la espalda. Nos echan la culpa de lo que ocurrió», ahonda. Javier Camba, viveirense que tenía entonces 27 años, se mudó a Madrid, la opción que le proponía su sindicato. «Conseguín volver á vida normal saíndo da comarca. Para min era un agobio falar sempre do mesmo. E na Mariña non había emprego para nós: tiñamos unha fama moi mala», resalta. Trabajó en una fábrica de rodamientos y después acabó produciendo aparatos de radiología.

Los sindicalistas coinciden en que fueron despedidos como chivo expiatorio para que las autoridades de la época pudiesen eludir responsabilidades políticas sobre la crisis. «El presidente de la Xunta o el capitán marítimo se libraron echándonos a nosotros, lo que fue una decisión de ese señor que vestía chaqueta de pana y ahora va en avión privado, Felipe González», manifiesta Tola.

«Fálase de que houbo unha folga pero non foi así. Foi o propio director da fábrica quen en primeira instancia se negou a acoller os bidóns, e nós apoiámolo. O noso erro foi non asinar ningún dos acordos verbais que había, porque logo a empresa desmarcouse», razona Camba, que recuerda la presión psicológica sufrida. «Pasamos varios días enteiros sen durmir e así é complicado negociar», admite.

«Llevar tan lejos los bidones fue una maniobra de distracción para apaciguar el lío en Fisterra. Los barriles provocaron por miedo un éxodo tremendo que veíamos por la tele, y después los teníamos a las puertas de la fábrica. ¿Tú qué harías?», pregunta Tola.

El cese del comité al completo, una medida insólita en España, «foi un pau para os sindicatos», abunda Camba. Algunos compañeros fallecieron ya sin ver resarcido su nombre.

Treinta y cinco años después, Tola está contento porque su local es «una referencia de buen pescado y marisco» en San Cibrao, «especialmente para los turistas». Camba lamenta que las cubas vuelvan a estar paradas y no confía en la reapertura de Aluminio. «Yo quiero que los trabajadores de Alcoa tengan de qué vivir, porque esta fábrica fue siempre un baluarte para A Mariña. No guardo rencor», expone Tola. Espera que la chimenea que ve cada día vuelva a humear.