Hay muchos asuntos que convierten el tiempo que vivimos en una tormenta perfecta, de esas a las que nos tiene acostumbrados el Cantábrico de nuestra Galicia desde la infancia. Lo que no podemos aceptar es la falta de preparación en los patrones que van gobernando el barco donde somos tripulación asustada, por el temporal y por la ineptitud en el puente.

Como experto que he sido en Salud Pública, sé lo que conlleva una pandemia, sus oleadas, mutaciones del agente causal, fuentes de infección silentes, transmisión por el medio, enfermos, tratamiento y graves consecuencias para el sistema Nacional de Salud, para la integridad de los afectados y para las cifras de mortalidad.

Por cierto, sabemos que la segunda oleada -en la que estamos, es la peor- y que habrá una tercera que dependerá de los anticuerpos que hayamos adquiridos la población, bien por contagio o por vacuna. Pero hay algo que nos sorprende y supera. Se trata de una enfermedad social. Tanto por su cadena de transmisión, como por los medios a gestionar y las consecuencias que cambiarán nuestra calidad de vida presente y futura. Y lo más urgente, ¿cómo hacemos para que la población incrédula, rebelde, resistente al autoconfinamiento para con la sociabilidad y la movilidad, se den cuenta que están jugando con su vida y la de los demás?

Pongo tres ejemplos: 1) ¿qué hacer para que la juventud universitaria deje de festejar en calles, pisos, residencias o cualquier otro local más o menos evidente, su ocio, alegre o totalmente incompatible con la garantía personal y social de la seguridad frente a la pandemia? 2) ¿Qué hacer para que los residentes en otras comunidades infectadas, no salten los controles y emprendan viajes hasta nuestra comarca contribuyendo a que los fines de semana y puentes festivos, se conviertan en un punto negro para nuestra seguridad? (Ahora se están adoptando medidas, cada comunidad anexa condiciones al estado de alarma, misco con cierre perimetral, como en el caso de Asturias). 3) ¿Cuándo y cómo habrá un Plan General a modo de Protocolo Básico Nacional para afrontar la pandemia, realizado y seguido por expertos a los que obedezcamos todos, incluidos los políticos?

La palabra clave es RESPONSABILIDAD. Y forma parte del credo individual. Y debería ser núcleo intangible desde los medios para la comunicación: prensa, radio, televisión y redes sociales. Educar para la salud, siempre indispensable ante cualquier enfermedad, en este caso, superior a la farmacología y a los equipos de atención sanitaria, pues no tenemos mejor remedio a nuestro alcance. Si para conquistar niveles óptimos de responsabilidad colectiva hay que suspender determinados derechos, ¡téngase valor y hágase! Nos va la vida. Entre el toque de queda y el toque de las campanas a muerto, sin duda me quedo con el primero.

Este puente de Santos

Espero, deseo, exijo, que el próximo Puente de Todos Los Santos o Difuntos, no sirva

para que, por poner un ejemplo, los de Ponferrada o Valladolid vengan a mi pueblo, para tomarse los vinos con los colegas que presumen de segunda residencia...Todos quietos, parados, en sus domicilios, más preocupados por lo que cuentan desde la comunidad científica que desde los periódicos y programas dedicados al balompié o al zafio cotilleo.

Hagámoslo. Mejor pronto que tarde. Se lo debemos a los trabajadores del Sistema Nacional de Salud. Nos lo debemos como gentes civilizadas.

* Pablo Mosquera. Médico y exparlamentario. Exgerente del Hospital da Costa.

Por Pablo Mosquera Médico

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Responsabilidad: del ruego a la exigencia